El Falla abuchea a la chirigota que se salió del guion
En el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas de Cádiz, una chirigota que se salió del guion oficial fue recibida con gritos y abucheos, y la prensa local la etiquetó como «negacionista». El público, según varios relatos, empezó a protestar antes de que el grupo terminara de cantar. La agrupación había cambiado de integrantes tras la salida de varios miembros, y en sus letras se burlaba de la gestión de la pandemia, de los medios y de los políticos. El episodio reabrió la discusión sobre qué se puede decir en el carnaval y quién decide el reparto de aplausos.
Qué pasó en el teatro Falla
La escena fue confusa. Una chirigota subió al escenario del Falla con un mensaje que, según quienes siguieron el concurso, se metía con la vacunación, con los medios de comunicación y con el poder municipal. El respetable respondió con abucheos y gritos, y la actuación quedó marcada por la bronca. En la prensa local se habló de una reacción «legítima» del público, mientras que desde otros sectores se denunció una censura previa organizada. La directora de la agrupación admitió que hubo un «caballo de troya» interno que provocó la salida de varios integrantes y obligó a rehacer el grupo.
La periodista que cubría el concurso justificó los gritos: «el mismo derecho que tienen ellos lo tiene el público». Esa frase, recogida en la discusión, resume el choque de relatos. Para unos, el público ejerció su libertad de expresión; para otros, se trató de un boicot coordinado para que la chirigota no pudiera terminar. El resultado fue el mismo: la actuación quedó tapada por la bronca y el mensaje no llegó a escucharse con claridad.
La etiqueta «negacionista» como arma
El adjetivo «negacionista» funcionó como una losa. Quien se sale del consenso sobre la pandemia recibe ese sambenito y, con él, la condena pública. En el caso del Falla, la etiqueta sirvió para desviar el foco: en lugar de discutir el contenido de la letra, se discutió la legitimidad de quien la cantaba. Varios intervinientes señalaron que el término nació al calor de la pandemia para descalificar cualquier crítica a las medidas sanitarias y que, desde entonces, se aplica a cualquiera que discrepe.
La ironía es que la chirigota no negaba nada: se burlaba de los símbolos del poder, de los medios y de los políticos. Eso, en el carnaval, siempre fue el pan de cada día. Lo nuevo es que ahora hay temas intocables. La libertad de expresión, en la práctica, tiene un perímetro: se puede criticar a Franco, a la Iglesia o a los políticos de siempre, pero no tocar la gestión de la crisis sanitaria. Quien lo hace se expone a la bronca y al titular.
El papel de la prensa y del «respetable»
La prensa local no solo informó: participó. Según varios relatos, el cronista oficial del festival arengó al público para que abucheara a la chirigota. Esa connivencia entre medios y respetable explica por qué la bronca empezó antes de que el grupo pudiera defenderse. El público del Falla no es un jurado imparcial: es parte del espectáculo y, a menudo, del sistema. Cuando alguien se sale del guion, el respetable actúa como un mecanismo de control.
Hay quien sostiene que el boicot estaba organizado por redes clientelares y que los abucheos no fueron espontáneos. Otros defienden que el público tiene derecho a protestar si el espectáculo no le gusta. La discusión derivó hacia la calidad musical de la chirigota: se dijo que desafinaban y que no iban a ritmo. Ese argumento, esgrimido por algunos, sirvió para justificar la bronca sin entrar en el fondo. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿se abucheó por desafinar o por lo que decían?
La censura que no se llama censura
En un programa de la televisión autonómica se debatió el asunto y se planteó la necesidad de establecer filtros para que no se cuelen actuaciones como esta. Se negó que fuera censura, pero se habló de «calidad» y de «respeto al público». El eufemismo es viejo: llamar calidad a lo que es control ideológico. La consecuencia es que el concurso se convierte en un espacio cada vez más domesticado, donde solo cabe lo que no incomoda al poder.
La chirigota, mientras tanto, quedó marcada. Algunos de sus integrantes abandonaron el proyecto antes de la actuación, y los que quedaron tuvieron que lidiar con la bronca y con el relato de que eran unos mamarrachos. El episodio deja una pregunta incómoda: ¿qué queda del carnaval cuando el respetable decide quién puede cantar y quién no? La respuesta, por ahora, la da el silencio de los que prefieren no meterse en charcos.
El concurso sigue, pero el mensaje ya está claro: hay temas que es mejor no tocar. La chirigota no volverá a subirse al Falla con esas letras, y los que vengan detrás ya saben lo que les espera. La libertad de expresión, en el carnaval de Cádiz, tiene un precio: el abucheo del respetable y el titular de la prensa amiga.