Von der Leyen propone usar los beneficios de activos rusos para comprar armas
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quiere que los rendimientos de los activos rusos congelados en Europa paguen munición para Ucrania. Lo planteó ante el Parlamento Europeo y lo envolvió en un eufemismo de manual: «ganancias inesperadas». El mismo discurso dejó la cifra que explica mejor el momento: las adjudicaciones previstas bajo el programa europeo de apoyo a la producción de munición permitirán doblar la capacidad europea hasta superar los
dos millones de proyectiles al año a finales de 2025. El motivo declarado es el riesgo de una guerra más amplia. La paradoja es otra: cuanto más se habla de defenderse, más se normaliza la idea de un conflicto que nadie ha votado.
Qué pidió exactamente Von der Leyen en el Parlamento Europeo
«Es hora de iniciar una conversación sobre el uso de los beneficios inesperados de los activos rusos congelados para comprar conjuntamente material militar para Ucrania», afirmó. La propuesta no llega sola: va pegada a una primera estrategia industrial comunitaria de defensa, con compras militares conjuntas al estilo de las que se hicieron con las vacunas del Covid o con el gas natural para rebajar la dependencia de Rusia. El argumento de la presidenta de la Comisión es de simetría: no habría «símbolo más fuerte ni mayor uso para ese dinero que hacer de Ucrania y de toda Europa un lugar más seguro para vivir».
Traducción: si el plan sale adelante, los rendimientos no se devuelven, se reciclan en artillería. Y las primeras adjudicaciones se anunciarán en las próximas semanas, según ese mismo discurso. No hay todavía texto aprobado, ni cifra cerrada de cuánto se destinaría, ni detalle de qué se compra y a quién. Solo la dirección.
De plan de defensa a declaración de guerra: cómo se leyó el anuncio
Una parte de la conversación no vio un plan de defensa, sino un aviso en toda regla. Se sostiene que las palabras de Macron sobre enviar tropas europeas hasta Moscú no son un globo sonda, sino una declaración de intenciones, y hay quien recuerda que el dirigente alemán inauguró una fábrica de armamento hablando de atacar primero por si acaso. En el lado opuesto, la lectura es la contraria: Rusia es el agresor, la OTAN provoca, pero quien ha invadido es Moscú, y una alianza con Rusia convertiría a Europa en un Estado satélite al estilo de Bielorrusia.
Entre ambos bloques flota una tercera tesis, más cínica y bastante repetida: no habrá ninguna guerra contra Rusia porque todo es una pantomima para justificar el gasto en defensa, subir impuestos y recortar libertades. Se apoya en el precedente de la pandemia como ensayo de restricciones aceptadas sin rechistar.
Alemania, la recesión y la sospecha de que la guerra tapa la factura
Hay quien sostiene que Alemania comparte el fondo del discurso pero prefiere no decirlo en voz alta. El razonamiento:
recesión, burbuja inmobiliaria desinflándose a cámara lenta y una banca expuesta. La conclusión que se extrae en la conversación es que necesitan una guerra. Es una hipótesis sin prueba aportada, pero circula con la soltura de un dato.
En el mismo saco entran las versiones que sitúan a Bruselas como correa de transmisión de Washington. La cadena causal no se sostiene con el material disponible, aunque explica el clima: cualquier anuncio europeo de rearme se lee como una factura que alguien de fuera ha pasado a Europa.
¿Quién pone los soldados y quién firma los cheques?
Nadie ha votado nada de esto, y ese es el eje que atraviesa el descontento. Se pide un referéndum sobre pertenencia a la OTAN y sobre el envío de tropas, y se repite el viejo axioma de que los gobiernos hacen la guerra y el pueblo pone la sangre. La prueba de fuego que muchos proponen es sencilla: ver a los dirigentes y a sus familias en el frente. Mientras eso no ocurra, el debate sobre el gasto del
2% en defensa se queda en un tecnicismo presupuestario.
Hay, incluso, quien plantea una alternativa técnica: invertir más del 2%, sí, pero en sistemas propios en lugar de comprárselos a terceros, empezando por la disuasión nuclear. Es una opinión, y quien la formula lo admite: depender menos no es tan fácil.
El objetivo de dos millones de proyectiles anuales para finales de
2025 es verificable. Lo que no aparece en ningún programa publicado es cuánto de ese esfuerzo se queda en la industria europea y cuánto se va en compras de urgencia fuera. Y queda la pregunta incómoda: si los beneficios de un dinero congelado financian munición, ¿quién paga el siguiente tramo cuando ese dinero se agote?