Menos alquiler, más compra: la vía por la que se sostiene que subirán los pisos
Subir los pisos no exige que nadie compre más. Basta con que nadie quiera alquilar. Esa es la paradoja que atraviesa el análisis del nuevo marco regulatorio de la vivienda: cuanto más se protege al inquilino, más se expulsa al propietario que oferta, y menos pisos quedan disponibles en alquiler. La consecuencia, sostiene uno de los participantes en el debate, es un trasvase de demanda hacia la compra que presiona el precio al alza.
El diagnóstico más repetido es un efecto dominó. La nueva ley Maricarmen funciona, en esta lectura, como la puntilla al mercado de alquiler: da igual que alguien pueda pagar
3.000€ al mes, porque no habrá nadie dispuesto a ofertar una vivienda en esas condiciones. Sin oferta, la demanda no se evapora. Se muda. Quien necesite un techo tendrá que comprar, y esa demanda añadida empuja el precio de la compra. La pregunta de partida —si van a seguir subiendo los pisos— se responde casi sola.
¿Por qué se seca la oferta de alquiler?
El argumento se repite con pocas variantes: el mercado de la vivienda está sobrerregulado, y la respuesta política a cada problema es regularlo todavía más. El resultado no es un alquiler más barato, sino un alquiler más escaso. Cada capa normativa nueva reduce el número de propietarios dispuestos a asumir el riesgo y el stock disponible se contrae. En ese escenario, el alquiler que sobrevive sube; el precio de compra, también. Es la
puntilla que algunos describen sin eufemismos.
¿Cuánto pesa la llegada de población en el precio de la vivienda?
Mientras siga entrando más de
medio millón de personas al año, se sostiene, la tensión sobre el parque residencial no se relaja. Un participante lo resume sin rodeos: «si no hay sitio para los que entran y siguen llegando, te terminarán echando». Conviene mirarlo como lo que es, un fenómeno demográfico y de oferta, no como una guerra entre vecinos.
El problema no empezó con este decreto
Hay una lectura que sitúa el origen mucho antes del Gobierno actual: el problema de la vivienda viene gestándose
desde 1986. Y, según otro participante, hace cuatro décadas la moneda perdía valor a un ritmo parecido, o peor, y la vivienda era asequible. Si la pérdida de poder del dinero explicara por sí sola el precio del metro cuadrado, el argumento no cuadraría.
¿Es la vivienda un refugio frente a la caída del dinero?
Para una parte del análisis, la pregunta relevante no es si suben los pisos, sino si el dinero sigue bajando; ambas cosas serían la misma. Enfrente, el escenario más escéptico niega el mecanismo: la vivienda no sube al ritmo de la inflación o de la expansión monetaria, sino que es un mercado manipulado y empujado hacia arriba. Y en capitales y zonas de costa, se apunta, daría casi igual: una caída del
50% del precio seguiría exigiendo una deuda a
30 años para el comprador medio. El terreno, añaden, es otra película y probablemente la interesante.
Con la oferta de alquiler en retirada, la demanda empujada a la compra y centenares de miles de personas al año buscando techo, la cuestión que sobrevuela el debate es cuánto tendría que construirse —y quién— para que los pisos dejaran de subir.