Pacto del agua: trasvasar excedentes entre cuencas o dejar que se sequen
Un litro de agua embotellada a un euro. Ese es el precio que, según una de las voces más ácidas de la discusión, acabaremos pagando los ciudadanos mientras seguimos discutiendo si el agua de una cuenca puede o no cruzar la frontera de otra. El planteamiento que abrió el asunto era simple y ambicioso: conectar las cinco cuencas hidrográficas más importantes del país para trasvasar excedentes de unas a las deficitarias, garantizando primero el consumo de boca y el uso doméstico. La respuesta no fue un debate técnico. Fue una trinchera.
El primer muro que aparece es territorial. «En
Galicia hay agua de sobra. ¿Quieres agua? Pues vente a vivir aquí», resume una postura que se repite en varios tramos de la conversación. La idea de fondo es que quien soporta diez meses de lluvia al año no tiene por qué regalar el excedente a quien lo disfruta en la playa en marzo. El contragolpe llega rápido: si cada región se queda lo suyo, ¿quién paga las autovías, la sanidad o las pensiones de las zonas que reciben más de lo que aportan?
Qué cuencas entran y cuáles no en el pacto del agua
El propio autor del planteamiento tuvo que precisar que la cuenca del Miño no está entre las cinco más importantes de España, y que su propuesta se refería a esas cinco, no a todas. Es un detalle que desmonta buena parte de las réplicas automáticas. La discusión derivó entonces hacia el mapa real: el Tajo, con una precipitación media anual que no rebasa los 1.000 mm y tres meses mínimos de estío, no puede ser la fuente que riegue la cuenca valenciana y murciana. «Es otro disparate», zanja un análisis que pone el foco en la hidrología antes que en la política.
Hay quien sostiene que el problema no es de sequía sino de prioridades. La denuncia recurrente es que se restringe el consumo ciudadano mientras se riegan millones de hectáreas de campos de golf, arrozales a manta y resorts. La cifra que se repite como ejemplo de despilfarro es la del césped: en Estados Unidos hay muchísimos estadios de la NFL con césped artificial, lo que demuestra que se puede jugar sin gastar una gota. El argumento no es técnico, es moral: el agua es un bien básico y ningún ciudadano debería andar con restricciones mientras otros riegan por gusto.
El coste energético de mover agua: el dato que nadie quiere mirar
La objeción más sólida que aparece en la discusión no es política, es física. España tiene una orografía endiablada que encarece mucho el transporte de agua, hasta extremos que pueden no ser competitivos frente a la desalación. Ese es el punto que introduce un análisis más técnico: conectar el Duero, con enorme capacidad de embalse, y el Tajo quizá sí sería viable; de ahí al Guadiana, también. Pero llevar agua a 600 kilómetros de distancia tiene un coste energético que rara vez entra en el titular.
La respuesta a ese coste es la misma que se da en otros países con menos agua y más producción. Israel, Arabia Saudí o Marruecos siguen viviendo y produciendo, y uno de ellos copa ya mercados europeos de hortalizas. ¿Esos no tienen problemas de agua? La pregunta queda flotando. La réplica desde el otro lado es que el regadío en las tierras más fértiles del sur genera más riqueza para todo el país que empeñarse en cultivar en zonas donde el rendimiento es peor.
Pistacho, vid y el mito de la tierra productiva
La discusión derivó hacia la agricultura concreta. Un tramo del intercambio se centra en si el pistacho aguanta el frío de la meseta norte. La respuesta es que hay varias variedades que lo soportan de sobra y producen igual o más. En cuanto a la vid, el argumento es que un viñedo de Ribera puede producir bastante más por hectárea que uno manchego, simplemente porque llueve algo más, sobre todo en verano, que es cuando engorda la uva, y porque hace menos calor y sufre menos evapotranspiración por hoja. La contrarréplica es que la producción en Castilla es muy mala porque la tierra es muy mala y la elevación media está 200 metros por encima de la altitud ideal para la vid.
El problema de fondo, según una de las corrientes más duras de la discusión, es que cada región se enroca en defender su terruño como si fuera el mejor para todo. «Si los paletos dejarais de ser tan onanistas e imbéciles entenderíais que hay sitios mejores que vuestro terruño para ciertas cosas», resume una intervención que no aporta ni un dato pero sí mucha temperatura. La respuesta desde el otro lado es un enlace a una noticia sobre sueldos: paletos sí, pero con buenos sueldos, mejores que los de por ahí abajo.
El equilibrio fiscal: quién paga y quién recibe
El agua acabó siendo una excusa para hablar de dinero. Los datos que se manejan en la discusión son contundentes: 5.000 millones de euros de balance a favor de Andalucía y 2.500 de Galicia, teniendo en cuenta el número de habitantes de una y otra. La conclusión que extrae una de las partes es que el problema de este país es que no cabe un pueblerino más, y que todos buscan cosas que dividen en vez de unir. La admiración por Estados Unidos y su himno aparece como contraste: un país enorme y federal que, según esta visión, tiene menos mierdas que el terruño este.
La otra cara de la moneda es la del que aporta. Aragón es una comunidad que pone pasta para las demás, tiene uno de los paros más bajos de España y no recibe nada a cambio. «Así que a llorar a la llorería», resume una postura que mezcla el orgullo con el cabreo. Galicia produce el 10% de toda la electricidad de España, y a cambio recibe dinero para autovías y AVE. La propuesta que se lanza es provocadora: pon una central nuclear en otro sitio y déjanos vender nuestra electricidad a quien nos dé la gana.
El Plan Hidrológico de 2001 y la destrucción de presas
La memoria histórica del asunto aparece en varios momentos. El Plan Hidrológico Nacional del año 2001 fue bloqueado por el PSOE y los nacionalistas catalanes, según se recuerda en la discusión. Años después, se denuncia un récord de destrucción de presas y embalses. El argumento es que España ha tenido problemas de agua desde siempre por su clima y su relieve, algo que solo se puede paliar con embalses, y que sin embargo el gobierno tiene un presupuesto específico destinado única y exclusivamente a la destrucción de presas.
La conclusión que se repite es que todos los que se opusieron al Plan Hidrológico, cuando hasta Bruselas se llegó a dar cuenta de que era necesario, ahora tendrán que joderse. El problema es que el que se jode es el ciudadano que abre el grifo, no el que tomó la decisión.
La despoblación y el cainismo como telón de fondo
El tramo final de la discusión se va por otros derroteros. Se habla de la España vaciada, de que esas regiones siempre han estado vacías, y de la cultura de los castros como explicación del atraso. La respuesta no se hace esperar: cuando la gente quiere según qué trabajos, cines o museos, se va a Madrid o Barcelona. Es la ley de la vida, no una conspiración.
El cierre más lúcido no habla de agua. Habla de cainismo. «El cainismo de nuestra sociedad es la mayor de las lacras, es lo que hace que estemos divididos todos y eso lo utilizan para meternos toda la mierda». Es la frase que resume el hilo entero. Mientras tanto, el agua sigue corriendo hacia el mar sin que nadie haya movido un tubo.