La marca personal de una futbolista como negocio fuera del campo
El caso de una futbolista profesional del Atlético de Madrid que, según un tuit del debate, monetiza su imagen al margen del terreno de juego deja de ser una anécdota moral y pasa a leerse como un ejemplo de economía de creadores. El mismo mensaje sitúa a Lola Gallardo y Jenni Hermoso en un yate en Formentera y menciona un perfil de suscripción de pago vinculado a la primera, lo que ha reabierto la discusión sobre cómo se juzga a una deportista de élite que explota su marca personal.
Cuánto factura la marca personal de un deportista
El modelo es conocido. Un deportista de primer nivel ya no vive solo del contrato con su club ni de los derechos de imagen que gestionan terceros. El contenido de pago directo al consumidor —la suscripción mensual, la venta de material exclusivo— permite saltarse al intermediario y quedarse con el margen. En el hilo se compara con
Sydney Sweeney, a la que un mensaje reprocha haber posado desnuda para una revista por dinero.
La diferencia, aquí, es el relato. Sobre el mismo fenómeno —un atleta que comercializa su cuerpo y su tiempo— pesa un juicio distinto según quién lo haga.
El doble rasero entre deportistas hombres y mujeres
Hay quien pregunta si algún futbolista hombre se ha «degradado» así alguna vez. La respuesta inmediata que circula es que ejemplos de imagen rompedora en el deporte masculino también existen: el bolso y las uñas pintadas de un delantero, o el bolso de un extremo. La discusión de fondo no es estética, es contable: el mismo acto de vender imagen se lee como negocio en unos casos y como escándalo en otros.
El ruido tapa cualquier cifra. Y la cifra, desglosada plataforma a plataforma, sería lo único que convertiría este asunto en economía y no en cháchara de vestuario.
Con estos mimbres, cabe esperar que más deportistas abran canal propio. Con qué coste reputacional, está por ver: depende de quién mire.