Tractoradas en Madrid: gases, bloqueos y ningún desabastecimiento
Las diez de la mañana de un sábado. Un centenar de agricultores con chaleco reflectante corta la autovía AP-7 a la altura del kilómetro 786, en Murcia, y deja pasar diez vehículos cada diez minutos tras pactar con los primeros agentes que llegan al lugar. Dos horas más tarde,
cuarenta antidisturbios desalojan la concentración. Ese es el patrón de una jornada de tractoradas que se anunciaba como el asalto a Madrid y que, a la hora de cerrar esta pieza, deja carreteras cortadas, gases en los alrededores del Metropolitano,
Ferraz blindado de policía y los lineales del supermercado exactamente como estaban el día anterior.
El titular que se difundió, atribuido al campo, era otro:
se va a armar una muy gorda. La expectativa era un bloqueo capaz de vaciar las estanterías de medio país. El relato, de momento, es bastante más modesto.
¿Qué bloqueos se han registrado y dónde?
El mapa real de la jornada es disperso. En Murcia, la AP-7 quedó cortada en ambos sentidos antes de que intervinieran los antidisturbios, después de que los propios convocados hubieran acordado con la Guardia Civil dejar pasar un goteo de vehículos. En Madrid, las concentraciones se dejaron ver en los alrededores del Metropolitano, donde se denunció el uso de gases para dispersar a los participantes, y en los accesos a Ferraz, que amaneció con un despliegue policial.
Los mensajes que se difundieron durante la mañana insistían en dos ideas: que la Guardia Civil escoltaba camiones y que las negociaciones ya estaban en marcha. Quien pudo moverse por el centro de la capital describió Gran Vía y las calles cercanas
muy tranquilas, con pocos tractores capaces de entrar en la ciudad y con las avenidas principales despejadas. El nudo de la protesta, por tanto, no se ató en la capital.
¿Por qué el desabastecimiento no llega al supermercado?
Aquí está el corazón del asunto. Un participante reclama un
cerrojo total desde el origen —ni un kilo de alimento vendido, ni una salida de camión— porque, sostiene, una pancarta y un tractor en una rotonda no mueven una sola línea de una negociación. Enfrente, la constatación de quienes siguen el día a día: no se nota nada en el supermercado y las terrazas siguen llenas.
El argumento que más circula es que las autoridades habrían optado por proteger el tramo final de la cadena, no los centros logísticos; es decir, llevar el camión hasta la puerta del supermercado, a la vista del consumidor. Los testimonios del hilo apuntan a que, al menos por ahora, el surtido llega a los lineales.
El hábito juega a favor del statu quo. Como resumía otro participante, el comprador medio quiere ver producto limpio, en bandeja, con aire acondicionado y musiquita. No quiere una furgoneta en el aparcamiento ni una caja de cartón en el maletero. Mientras esa preferencia no cambie, el pulso se libra en un terreno donde el campo parte con desventaja estructural.
La venta directa, el arma que el campo no usa
Hay una vía intermedia que apenas ha sonado en la jornada y que, según planteó un participante, sería más incómoda para la distribución organizada: la cooperativa. Producto más barato, de mayor calidad y entregado a domicilio, sin intermediarios. Sobre el papel, debería arrastrar a buena parte de esa clientela que hoy empuja el carro por costumbre.
La objeción es siempre la misma y no es menor: montar esa estructura exige capital, logística y tiempo, tres cosas que una protesta no fabrica. Mientras el canal alternativo no existe, la amenaza de vaciar el supermercado se queda en retórica. Y la retórica no alimenta a nadie.
El origen de lo que comemos: Marruecos, Portugal y más allá
Si el objetivo era que el lineal se notara, el adversario no está solo en Madrid. El producto que, según los participantes, llega de
Marruecos, Portugal, China o Sudáfrica no obedece a las mismas reglas, ni a las mismas prohibiciones, ni a los mismos costes de producción. Es el argumento más repetido para explicar por qué el desabastecimiento prometido no termina de materializarse: el grifo no lo controla quien corta la carretera.
De ahí la escena más incómoda de la jornada, la del discurso que pide apoyo al campo y luego llena el carro con tomate importado. La guerra es ideológica, sí, pero la cesta de la compra es física y se paga con tarjeta.
El campo, ese refugio que aguanta más que la ciudad
Un participante lo describe así: el campo es más autosuficiente que la ciudad. Agua del río, comida propia, animales alimentados por la familia, un parón largo que no aprieta igual que en un piso con hipoteca. Se habla de aguantar siete días, quince, un mes entero. La pregunta lógica es cuántos de esos días aguanta una economía urbana sin reponer.
El otro lado de la balanza es el coste. Las multas, las detenciones selectivas y el desgaste de una opinión pública que se cansa rápido. Un pulso largo se gana en dos frentes a la vez, y el segundo no se corta con un tractor.
El cierre que nadie se atreve a firmar
Las posturas se reparten entre quienes creen que esto quedará en agua de borrajas y quienes sostienen que sin violencia no se consigue nada. Lo cierto es que el escenario sigue abierto: negociación, desgaste o escalada. Nadie ha firmado todavía el final.
Para resumir la protesta, un participante aporta su propio cálculo:
cinco céntimos por kilo de tomate en origen frente a tres euros en el lineal.