DKV abandona Muface y deja a Asisa sola ante el seguro de los funcionarios
¿Qué pasa si la aseguradora que cubre la salud de más de un millón de
funcionarios se queda sin competencia? DKV ha anunciado su salida de Muface y deja a Asisa como única aspirante a un concierto que cubre a alrededor de
1,5 millones de mutualistas. El movimiento llega después de que Adeslas también diera un paso atrás, según el relato que se ha ido construyendo en torno al concurso. La ministra de Sanidad, Mónica García, ha declarado que «el tema Muface acabará como quieran las aseguradoras que acabe», y ha añadido que ha llegado el momento de hablar del trasvase de los mutualistas al sistema público, que —dice— no «eclosionará» por ello.
Qué es Muface y por qué importa su concurso
Muface es el sistema de cobertura sanitaria de los funcionarios: el mutualista elige entre la sanidad pública o una aseguradora privada concertada. El concierto se licita por años y las compañías pujan por el contrato. Si no hay suficientes aseguradoras, el modelo se rompe por el lado de la oferta. Y eso es exactamente lo que ha empezado a ocurrir.
La insistencia en que el concurso cubra tres años en lugar de dos tiene una lectura política que se ha señalado en el análisis: permitiría al Gobierno aguantar a base de decreto ley hasta 2027 sin que la muerte de Muface le pille en 2026, en pleno ciclo electoral. Con ese calendario, la hipótesis que se maneja es que se irá adelante con Asisa para poder declarar que se ha «salvado» Muface.
Asisa sola: ¿puede absorber a todos los mutualistas?
La respuesta corta es que no, al menos no sin consecuencias. Asisa (en realidad Lavinia) es una especie de cooperativa con hospitales propios —unos
17— y unos
8.000 médicos afiliados. Si acepta la oferta en solitario, muchos de esos hospitales y centros multiespecialidad —unos 36— tendrían que sostener una demanda para la que no están dimensionados. De esos 8.000 médicos, bastantes tendrían que cerrar consultas o ver reducidos sus ingresos, porque una parte solo trabaja en la sanidad privada y no alterna con la pública.
El problema no es solo de capacidad. Es de incentivos. Si Asisa absorbe a todos los mutualistas, las listas de espera se disparan y los clientes privados —los que pagan su seguro de su bolsillo— huyen en masa a otras compañías. Lo mismo harían los adscritos a MUGEJU e ISFAS que hoy tienen Adeslas y DKV. Es el escenario que algunos describen como un tiro en el pie: ganar el contrato y perder el negocio.
El trasvase a la sanidad pública: ¿quién paga los 1.000 millones?
La ministra habla de trasvase al sistema público. El problema es que ese trasvase tiene una factura. Hay una diferencia que ronda los
1.000 millones entre lo que se destina a Muface y lo que costaría atender a esos mutualistas en la sanidad pública. Alguien tendrá que poner esa pasta, presumiblemente las comunidades autónomas, que son las que gestionan la sanidad. No vale decir que el dinero de Muface se reparte entre las comunidades: la cuenta no sale.
A eso se suma el coste político de hacerlo de golpe. Hay funcionarios con tratamientos en curso, historiales médicos que hay que transferir y una continuidad asistencial que no se puede romper de un día para otro. La crítica más repetida no es al fondo —eliminar el modelo— sino a las formas: sin preaviso, sin gradualidad y sin garantías para los que están en medio de un tratamiento.
Qué pasará con el concierto: los escenarios sobre la mesa
El escenario más probable, según el análisis que se ha ido imponiendo, es que se saque una nueva licitación, se suba la oferta y se intente seducir a Adeslas, DKV u otra aseguradora. Al final es dinero público y el Gobierno lo sacará de algún lado. Luego, patada hacia arriba y quien venga en 2027 que eche el candado.
La fecha del 15 de enero se ha convertido en el símbolo de la incertidumbre, pero no significa nada por sí sola: el Gobierno dice que puede prorrogar hasta septiembre. Lo que se está calibrando es cómo construir la narrativa de que esto es un triunfo y no una rendición ante las aseguradoras. Mientras tanto, los mutualistas miran su cartilla y se preguntan si el médico que les trata seguirá estando ahí el año que viene.
Con estos mimbres, lo raro no es que DKV se vaya. Lo raro es que alguien siga pensando que esto se arregla con un decreto y una rueda de prensa.