El superdeportivo chino que salta 6 metros y enfada a medio foro
Un deportivo eléctrico con
1.287 caballos capaz de despegar del asfalto. Eso es lo que promete el Yangwang U9 de BYD, el buque insignia de la marca china, cuyo sistema de suspensiones activas permite dar saltos de hasta
seis metros a velocidad. El vídeo circula con sorna: «útil por si vuestro gobierno de confianza no arregla los baches de la carretera». Y a partir de ahí, el personal se divide entre los que ven ingeniería puntera y los que ven un circo con matrícula.
La cifra no es menor.
1.287 CV en un coche eléctrico puro y duro, con una suspensión que en teoría permite al vehículo despegarse del suelo y volver a aterrizar sin desintegrarse. La pregunta obvia es para qué. Y la respuesta que da una parte del respetable es la de siempre: para vacilar. «No le encuentro utilidad ninguna más allá de hacer ostentación», resume uno. La contrarréplica llega rápida: «Te puede salvar la vida esa ostentación».
¿Sirve un salto de seis metros para esquivar un bache?
Ahí empieza el lío técnico. Un coche que salta a velocidad solo tiene sentido si el sistema detecta el obstáculo y actúa solo, porque a
120 km/h el conductor no ve el bache, lo intuye. «O lo hace un sistema de detección automático o cuando aprietes el botón de salto ya estás en el más allá», apunta un participante. La duda sobre si el salto es automático o manual recorre buena parte del intercambio: si salta solo, el susto puede ser de tres pares de cojones; si hay que pulsar un botón, encontrar el botoncito a esa velocidad es una quimera.
La respuesta que se da desde la trinchera tecnológica es que basta con
dos levas en el volante que, accionadas a la vez, disparan el salto. Siguiente cuñao, dicen. El problema es que la física no negocia: si mueves el volante en el aire, al caer te vas «a la puta como el de la moto de Trambólico». Y si aterrizas mal, el testarazo contra la batería puede acabar en autocombustión, según la versión más agorera.
El fantasma de la autonomía y el chiste de la Game Boy
El otro frente es el de siempre: la batería. «Eléctrico sí. A los 20 km se ha quedado sin batería», suelta un escéptico, que compara el invento con «cuando de chico jugaba a la Game Boy con el sonido a tope, que se chupaba cuatro pilas a las cuatro horas y mi padre no me compraba más». La ironía es vieja conocida de cualquier debate sobre coche eléctrico, pero aquí tiene su gracia porque el coche en cuestión no es un utilitario: es un superdeportivo de exhibición.
Frente a eso, la defensa de la tecnología china es contundente: «Los coches fantásticos nos los van a traer los chinorris». Y el argumento arancelario aparece como prueba indirecta: «Si son tan mierda como decís, ¿por qué les ponen aranceles del 100%? Nadie va a querer comprarlos pudiendo comprar fantásticos coches europeos». La lógica es discutible, pero el dato de fondo es real: la presión comercial existe.
Lo que se vende en España no es esto
Aquí llega el baño de realidad. «No se venden la inmensa mayoría de coches chinos premium en España. No hay Huawei, ni Denza, ni Nio, ni Luxeed, ni Yangwang, ni Xiaomi, ni Avatr». El Yangwang U9 es un escaparate tecnológico, no un producto de catálogo. Lo que sí llega, y con cuentagotas, son «lavadoras con ruedas» o, para la mayoría, «una motito de 3.000 W o una bici eléctrica de 500 W y ya». La brecha entre el escaparate y el garaje es abismal.
El debate deriva entonces hacia la geopolítica del motor. Un participante recuerda que China produce
30 millones de vehículos al año y que, de los
150 millones que se compran en el mundo, uno de cada cinco es chino. Otro responde que esa carrera recuerda a la aeroespacial entre EEUU y la URSS: «más teatro que realidad». La acusación de circo recorre el hilo de arriba abajo, con dragones y tribales incluidos como guiño al marketing del régimen.
El coche que salta y el español que no llega
La guinda la pone el contexto económico. «Estupendo, pensar que un coche que salta está dirigido al español medio con sus sueldos tercermundistas». Es la frase que resume el malestar de fondo: un país donde el salario medio no da para un eléctrico premium, y donde el debate sobre el coche chino se convierte en termómetro de la distancia entre el escaparate global y la cartera local. La Charo no te deja comprarlo, añaden, medio en broma.
Y mientras tanto, la pregunta técnica sigue sin respuesta clara: ¿un coche que salta es más seguro o más peligroso? ¿Es una solución real para baches o badenes, o un truco de feria? El fabricante no ha publicado protocolos de uso en vía pública. El hilo se cierra sin consenso, con la ironía de que el coche más comentado del momento no se vende en España y probablemente nunca se venda. ¿Para qué sirve entonces un deportivo que salta seis metros?