Wolfram: del primer artículo a los 16 años al imperio de Mathematica
Un británico publica su primer artículo de física de partículas a los 16 años. Ingresa en Oxford a los 17. Firma un trabajo sobre la producción de quarks pesados que fue ampliamente citado. A los 20 ya es doctor por Caltech y al año siguiente, con 21, gana una beca MacArthur. Ese currículum pertenece a
Stephen Wolfram, el hombre que protagoniza una entrevista científica que ha reabierto una discusión tan vieja como la propia física: ¿estamos ante un genio o ante un enorme aparato de
márquetin?
La conversación, conducida por el físico teórico Brian Greene, repasa la biografía del protagonista y, de paso, divide a la audiencia entre quienes ven en él un talento irrepetible y quienes sospechan del fenómeno mediático. Nacido en Londres en
1959, Wolfram es hijo de un fabricante textil que también escribía novelas y de una profesora de Filosofía en Oxford. Está casado con una matemática y tiene cuatro hijos. La leyenda empezó pronto: beca para Eton tras publicar su primer trabajo científico, ingreso en el St John's College de Oxford, doctorado en Caltech y un paso por el Instituto para Estudios Avanzados de Princeton, el mismo centro por el que pasaron John von Neumann y Albert Einstein.
El físico que creó Mathematica
De aquella etapa quedó un legado técnico que todavía se usa: parte del trabajo que firmó junto a Geoffrey Fox en cromodinámica cuántica sigue presente en experimentos de física de partículas. Pero su salto al gran público tiene otro nombre. Wolfram contó en la entrevista que, cuando hacía cálculos complejos de física teórica, el proceso resultaba tan difícil y tan caro que decidió construir su propia herramienta:
Mathematica. Greene añadió que él mismo la usó durante años y que hay cálculos que, sencillamente, no son abordables sin un programa así. A su nombre también responde Wolfram Alpha, de la que es uno de los creadores.
Aquí empieza el desacuerdo. Hay quien sostiene que eso no demuestra que los cálculos fueran imposibles antes, sino que eran tan engorrosos a mano que nadie se los planteaba. Y hay quien va más lejos: sostiene que Mathematica es un producto sobrevalorado frente a alternativas, que su creador no ha aportado avances sustanciales y que buena parte de su aura procede de la maquinaria mediática. Wolfram afirma que tiene unas
800 personas trabajando con él, un dato que unos leen como prueba de solidez industrial y otros como simple estructura comercial.
Qué significa ser «computationally bounded»
De la entrevista ha salido un concepto que ha cuajado entre los más técnicos: estar acotado computacionalmente. Un ser que no lo estuviera tendría capacidad para procesar toda la información del universo y, con ella, predecir cualquier acontecimiento futuro. Es, admiten, una posible definición operativa de Dios, o al menos una condición necesaria para serlo.
La discusión deriva rápido hacia terrenos resbaladizos. Una corriente plantea que semejante ente solo podría existir estando fuera del universo y conteniéndolo —la vieja hipótesis de la simulación—, mientras que otra recuerda que, hasta donde sabemos, el universo entero es ya una suerte de computadora y que vivimos en el frente de onda del tiempo: el futuro, como tal, todavía no existe. Hay incluso quien resta mérito a la idea por evidente: si algo es así de directo, no hace falta admiración especial por quien lo enuncia.
¿Se descubren o se inventan las matemáticas?
No hay consenso, y el debate se remonta a Platón. Un participante lo lleva al extremo materialista: un algoritmo no produce cambios por sí mismo porque no es materia; son los seres humanos —materia y energía— quienes los manejan y reorganizan el mundo conforme a ellos. La contrarréplica es incómoda: si las matemáticas dejan de existir cuando desaparecemos quienes las usamos, ¿no es una casualidad sospechosa que sirvan para describir con precisión el mundo?
Sobre esa tensión planea también el asunto de Dios. Se argumenta que, con las definiciones habituales —todopoderoso, creador—, se llega siempre a la autorreferencia y a una proposición indemostrable: ni se puede probar que existe ni que no. Frente a eso, la postura empirista responde que sin hechos físicos no hay sujeto y, por tanto, no hay existencia que discutir.
El negocio de la divulgación científica
El eco del caso arrastra otras polémicas sobre el mercado de las ideas. La más citada es la de «Sapiens», de Yuval Harari: un libro superventas que, leído por alguien con antropología e historia de cierto calado, se queda en un ensayo libre al que se le ven las costuras. La explicación que se maneja no es que el público sea tonto, sino que el pensamiento mágico como estructurador de las sociedades —contado como algo vivo y no como antigualla precientífica— impacta a lectores que nunca habían pisado esas disciplinas.
Es la misma lógica que rodea a Wolfram: figuras que saben empaquetar conocimiento real para un público amplio y que, por eso mismo, generan tantos entusiastas como detractores. La fascinación y el rechazo tienen a menudo menos que ver con lo que dicen y más con el modo en que lo venden.
Con estos mimbres, la discusión se atasca exactamente donde se atasca cualquier debate sobre primeros principios: quien lo mantiene admite que ni él convencerá al otro ni el otro lo convencerá a él. Los datos están sobre la mesa —los artículos, los premios, los 800 empleados, los libros superventas— y, sin embargo, la pregunta sobre si todo eso equivale a genio sigue sin respuesta cerrada. Igual que la de si las matemáticas están ahí fuera esperándonos o las ponemos nosotros.