Récord de agua embalsada: el cielo deja de tener cuadrículas
Los embalses españoles marcan cifras que no se veían en años y, a la vez, buena parte del país asegura que los cielos han dejado de mostrar esas cuadrículas blancas que durante temporadas cruzaban el azul. La coincidencia ha reabierto un pulso viejo: si las estelas eran una operación de ingeniería climática, ¿por qué ahora llueve más que nunca y ya no se ven? El punto de partida del asunto es doble: un dato hidrológico al alza y la desaparición, por temporadas, de un fenómeno que muchos daban por permanente.
Qué dicen los datos de embalses y estelas
El seguimiento de la reserva hídrica muestra niveles que se sitúan en torno al
72% de capacidad en las cuencas de referencia, un registro que contrasta con los años de sequía y restricciones. Ese porcentaje, difundido junto a gráficos de evolución, es el que ha servido de munición para el cruce de argumentos. La otra mitad del relato es visual: hay quien sostiene que los cielos con rayajos que se convierten en nubes estratos pegadas toda la tarde han dejado de aparecer, y que eso ocurre por temporadas, no de forma definitiva.
La explicación más repetida entre quienes niegan la operación es meteorológica y aburrida: en un año húmedo el cielo está encapotado, hay nubes hasta arriba y las estelas, si las hay, no se distinguen.
Correlación no es causalidad, resume el argumento. El contraargumento es igual de simple: si se puede modificar el clima con avioncitos, que alguien explique por qué se ha dejado de hacer justo cuando más llueve.
El corte de financiación como explicación del giro
La hipótesis que más ha circulado en los últimos tramos del asunto no es meteorológica, sino presupuestaria. Se apunta al desmantelamiento de programas de cooperación estadounidense y al cambio de ciclo político en Washington como el interruptor que habría apagado el grifo. La secuencia que se maneja es esta: cambio de administración, entrada de nuevos perfiles en la estructura de eficiencia del Estado, desmantelamiento de la agencia de cooperación y, a partir de ahí, desaparición de las estelas y lluvias abundantes. Quien la sostiene admite que no hay causalidad demostrada, pero la califica de
casual.
El problema de esa tesis es que convierte una operación descrita como colosal —miles de millones de litros de sustancias, instalaciones de almacenamiento, logística de distribución— en algo que se apaga de un día para otro sin rastro. Si el despliegue era tan caro y complejo, desmontarlo por un cambio de inquilino en la Casa Blanca exige explicar dónde estaba el dinero y quién lo puso. Nadie lo hace.
¿Se puede modificar el clima con aviones?
Sí, a pequeña escala y con métodos conocidos: la siembra de nubes con yoduro de plata es una técnica que decenas de países reconocen y practican. Eso no equivale a secar un frente de miles de millones de litros con unos kilos de polímeros. El cálculo que se ha puesto encima de la mesa es contundente: para absorber esa cantidad de agua haría falta que el material retuviera cientos de miles o millones de veces su propia masa, y que además no precipitara. Físicamente imposible, zanjan los escépticos.
La respuesta desde el otro lado apela a las patentes. Hay registros de métodos para dispersar sustancias y modificar la formación de nubes, y se citan como prueba de que la tecnología existe y se aplica. El contragolpe es demoledor: existen patentes de ovnis, de motores de curvatura y de teletransporte. Una patente acredita que alguien describió una idea, no que funcione ni que se esté usando. Sobre el grafeno, el material comodín de todas las teorías, el resumen es que prometió mucho y dio bastante poco.
Del cielo lechoso al polvo del Sáhara
La conversación deriva hacia otros fenómenos que se usan como comodín: calimas de polvo sahariano que cubren media península, episodios de lluvia de barro, nanotecnología, electromagnetismo, ondas escalares y manipulación de la ionosfera. Todo cabe en el mismo saco. El efecto es que la discusión se ensancha hasta que cualquier cosa vale para explicar cualquier cosa, y el núcleo del asunto —si hay o no un programa deliberado de modificación climática— se diluye.
Mientras tanto, la sequía, el agujero de la capa de ozono y la subida del nivel del mar siguen en la lista de preguntas sin respuesta para unos, y en la lista de fenómenos perfectamente documentados para otros. La pregunta que se lanza al aire es siempre la misma: si todo esto era verdad, ¿dónde está ahora?
Queda el detalle que descoloca. Durante temporadas, la prueba de la operación era ver estelas en el cielo. Ahora, la prueba de que la operación existía es no verlas. Cualquier resultado sirve. Y con los embalses al 72%, el que gane la discusión tendrá, al menos, agua para celebrarlo.