Tres de cuatro hijos con autismo: «no les quitaría el autismo»
¿Qué haría una madre si tres de sus cuatro hijos recibieran un diagnóstico de trastorno del espectro autista? Miriam, la protagonista del reportaje emitido por
Antena 3, lo tiene claro: no les quitaría el autismo. «Me gustan como son», afirma. La declaración, reproducida en un foro de economía, ha desatado una tormenta de reacciones que va mucho más allá de la anécdota familiar. Porque detrás de esa frase aparentemente inocua se esconden tres debates que este país no termina de cerrar: el origen del autismo, el papel de las vacunas y el negocio que algunos atribuyen al diagnóstico psiquiátrico.
El caso es estadísticamente llamativo. Tres de los cuatro hijos de Miriam —Miguel, Andrés y Pablo— presentan distintos grados de TEA. La probabilidad de que esto ocurra por azar es baja, y eso ha alimentado todo tipo de teorías en la discusión. Desde la herencia genética hasta la contaminación ambiental, pasando por la hipótesis —sin respaldo científico— de que las vacunas sean las responsables. La madre, mientras tanto, insiste en que no cambiaría a sus hijos.
¿Es hereditario el autismo?
La genética es la explicación que gana peso cuando se repiten los diagnósticos en una misma familia. «Heredar un trastorno autista no suele ser tan lineal», matiza un participante, «y menos a tres hijos». Otro apunta directamente a la herencia: «¿No has considerado que pueda ser algo hereditario?». La comunidad científica lleva años señalando factores genéticos y ambientales, pero la conversación pública sigue anclada en la sospecha.
Hay quien sostiene que el problema es de sobrediagnóstico. «Al psicólogo se le ha ido de la mano», se llega a decir. La tesis: los criterios del DSM-5 han ampliado tanto el espectro que ahora caben desde casos severos hasta rasgos leves que antes pasaban desapercibidos. El resultado, según esta corriente, es que se etiqueta a niños que podrían desenvolverse sin esa mochila.
La sombra de las vacunas
La hipótesis que relaciona vacunas y autismo reaparece una y otra vez. «Estoy convencido de que el autismo es consecuencia directa de las vacunas», afirma un mensaje. La evidencia científica mayoritaria lo desmiente, pero el bulo tiene raíces profundas y encuentra terreno abonado en cada caso llamativo. En el extremo opuesto, otro participante ironiza: «Que le meta más vacunas al sano».
El debate se encona cuando se mezcla con la estadística. «Tres de la misma madre es prácticamente imposible», se argumenta para descartar la relación causal. Otros recuerdan que la mayoría de los trastornos son adquiridos y que la genética no explica todos los casos. La discusión, como casi siempre, termina sin acuerdo.
El negocio del diagnóstico
Una de las corrientes más críticas apunta a la industria psiquiátrica. «La psiquiatría actual es una broma pesada y un negocio de criminales», se lee. El argumento: cada nueva etiqueta diagnóstica abre un mercado de fármacos y terapias. Se compara con el TDAH, cuyo tratamiento generó un negocio multimillonario, y con la disforia de género. «Los psiquiatras son unos hijos de puta que drogan a la peña», sentencia otro mensaje.
Frente a esto, hay quien defiende que el aumento de diagnósticos responde a un mayor conocimiento. «Han aumentado los diagnósticos porque se han pasado a tener más conocimientos», sostiene un participante. La discusión deriva hacia el síndrome de Munchausen por poderes, una forma de maltrato infantil en la que el cuidador inventa o provoca síntomas. «Es la forma más retorcida de atentioworismo», se afirma.
¿Qué grados de autismo existen?
El espectro es amplio. «Hay autistas y autistas», resume un mensaje. Algunos tienen dificultades severas de comunicación; otros son funcionales con problemas de socialización. «Unos se asustan con los ruidos fuertes y otros son gente funcional con ciertos problemas», se explica. El DSM-5 unificó bajo el paraguas del TEA trastornos antes separados como el Asperger.
Esa diversidad complica cualquier generalización. «Para evaluar cuán duro es para los padres, el grado en ese espectro es esencial», se subraya. En el reportaje, uno de los niños apenas se comunica; otro toca el piano. La experiencia familiar, por tanto, varía radicalmente según el caso.
El coste de criar a tres hijos con TEA
La economía doméstica aparece de refilón. «No hay paguitas para los autistas a no ser que el grado sea muy alto e incapacitante», se lamenta. La dependencia, las terapias y la atención constante tienen un precio que no siempre cubre el sistema. «Con mucha paciencia y una mina de diamantes alguno de los tres puede salir como Muskolini», ironiza un mensaje.
El apoyo institucional es desigual. La detección precoz —en el caso de Miriam, antes de los dos años— deriva a la comunidad autónoma para iniciar trámites de terapia. Pero la lista de espera y la falta de recursos lastran el proceso. «Incluso habiendo seguido dicho tratamiento, el niño pequeño con ocho años apenas suelta palabras», se observa.
La pregunta de fondo sigue sin respuesta. ¿Es el autismo una condición que debe aceptarse o un trastorno que debe tratarse? Miriam lo tiene claro. Otros, no. Y mientras la ciencia avanza, la sociedad discute si el aumento de diagnósticos es progreso o negocio. Lo que nadie discute es que los niños, con o sin etiqueta, siguen necesitando lo mismo: paciencia, recursos y, si me apuran, una mina de diamantes.