Almería: la rambla Federico García Lorca se desborda sobre la A-7
La escena es casi un manual de urbanismo mediterráneo: una rambla canalizada entre pantallas de hormigón, un paseo ajardinado encima, dos plantas de aparcamiento debajo y, a un lado, la autovía. Cuando el agua sube, todo eso se convierte en una piscina con coches dentro. Las imágenes que circulan del tramo de la A-7 a la altura de Balanegra y del entorno de la Avenida Federico García Lorca muestran vehículos atrapados en calzadas anegadas, conductores que siguen entrando en la lámina de agua y una ciudad construida, literalmente, sobre el cauce de lo que un día fue un torrente.
Almería es una de las capitales españolas con mayor pendiente entre la sierra y el mar. La Sierra de Gádor alcanza los 2.200 metros a pocos kilómetros de la costa. Eso significa que en un episodio de lluvia intensa el agua no tiene dónde frenar: el suelo es semiárido, apenas filtra, la cobertura vegetal es escasa y la escorrentía baja a toda velocidad hacia la ciudad. La rambla canalizada hace dos décadas —con aparcamientos subterráneos bajo el paseo— es la última línea de defensa. Y esa línea, según algunos vecinos, se ha quedado corta.
Qué es la rambla Federico García Lorca y por qué se inunda
La Avenida Federico García Lorca se construyó sobre la canalización de la rambla, cerca del centro de la capital. La obra se ejecutó hace unos veinte años y se presentó como la solución definitiva a un problema histórico: Almería lleva siglos inundándose. La riada del 11 de septiembre de 1891 fue especialmente trágica y dejó un rastro de destrucción que la ciudad tardó décadas en digerir. Después llegaron las presas defensivas en la sierra —una decena o más, algunas a 400 metros sobre el nivel del mar— para retener el agua antes de que llegara al núcleo urbano.
El problema es que esas presas, con el clima semiárido de la zona, pasan la mayor parte del tiempo vacías. Y cuando llega un episodio torrencial, el sistema se pone a prueba de golpe. El encauzamiento se diseñó, según un cálculo que circula en el hilo, con una previsión de máxima lluvia para un periodo de retorno de 500 años. Eso no es una garantía eterna: solo significa que, estadísticamente, hay un margen. Un margen que un año cualquiera puede superarse.
El día que no llovió donde tenía que llover
Aquí viene el dato que rompe el relato. Un residente que se desplazó a la zona de cabecera —las presas, el camino de la peseta, la entrada al subterráneo de la rambla— sostuvo que en el monte desde el que vierten las aguas hacia la capital no había caído ni una gota. A treinta kilómetros en línea recta del punto donde se grabaron los vídeos de la inundación, el suelo estaba seco. Las presas, vacías. El camino de la peseta, sin un charco. El día era soleado, con nubes poco amenazadoras sobre las sierras.
Es decir: según ese testimonio, la inundación no vino de una lluvia monstruosa en la cabecera. Vino de un episodio localizado, intenso y mal medido. Eso complica la gestión: si el agua no cae donde los modelos dicen que caerá, las alertas llegan tarde o no llegan. Y si las presas defensivas no recogen nada porque el aguacero se concentra más abajo, la ciudad se come el caudal sin amortiguación previa.
Coches, parkings y el deporte de riesgo de moda
El patrón se repite en cada episodio: los conductores entran en la autovía inundada. Los vídeos muestran vehículos avanzando por calzadas cubiertas de agua, con el riesgo evidente de quedarse parados y convertirse en trampas. Debajo del paseo de la Avenida Federico García Lorca hay dos plantas de aparcamiento. Cuando el agua sube, los propietarios bajan corriendo a sacar el coche. Es la reacción humana: primero el vehículo, después la seguridad. En un episodio de inundación súbita, ese reflejo puede ser letal.
La ironía del urbanismo español queda retratada en una frase que circula: el deporte de riesgo de moda es el buceo subacuático en parking. No es solo una broma. Es la constatación de que se ha construido en cotas inferiores a la lámina de agua previsible, con polígonos industriales y aparcamientos en zonas que, en un evento extremo, se convierten en cubetas. Si revienta un muro de contención o el canal desborda, el problema deja de ser una anécdota y pasa a ser una emergencia con daños materiales y personales.
El clima como arma política: de la sequía al diluvio
La discusión pública ha derivado hacia terrenos previsibles. Una parte del análisis sostiene que el episodio demuestra la incompetencia en la gestión hídrica y urbanística: se autorizó construir donde no se debía, se confió todo a una canalización y no se mantienen los cauces. Otra corriente apunta al cambio climático como causa de fondo: sequías más largas y lluvias más concentradas. Y una tercera, más ruidosa, directamente niega el marco climático y habla de manipulación del clima, de intereses ocultos y de agendas internacionales. Estas últimas afirmaciones no están respaldadas por ninguna prueba y circulan sin más sustento que la sospecha.
Lo que sí es verificable es la paradoja: una provincia que vive en alerta por sequía crónica puede pasar en horas a tener que evacuar agua de sus calles. Los embalses se llenan de golpe, se desaguan para evitar daños y, meses después, vuelve el problema de la escasez. El ciclo no es nuevo. Lo nuevo es la frecuencia con la que se rompe.
Quién paga la factura de construir sobre el cauce
El coste de estos episodios no se mide solo en coches siniestrados. Se mide en pólizas de seguro, en obras de reparación, en pérdidas de actividad económica y en la credibilidad de las administraciones que autorizaron las licencias. La pregunta incómoda es quién asumió el riesgo cuando se aprobó el encauzamiento y se permitió edificar en cotas bajas. La respuesta habitual —que el diseño era suficiente para 500 años— se desmonta cada vez que el agua llega al paseo.
Almería es una ciudad de funcionarios y población envejecida, con poca capacidad de presión política. Eso explica en parte que las infraestructuras se hayan quedado donde se quedaron. Pero también explica que, cuando el agua entra en los garajes, los afectados no tengan a quién reclamar con claridad. La cadena de responsabilidad se diluye entre confederaciones, ayuntamiento, Junta y Gobierno central. Y mientras tanto, el torrente sigue buscando su camino.
¿Cuánto tardará la próxima riada en recordar que una rambla canalizada sigue siendo una rambla?