Relaciones abiertas: del pacto sentimental al reparto de gastos
Las relaciones abiertas ya no se discuten en clave moral, sino contable. El vídeo que ha circulado estos días —un hombre que encuentra en su propio dormitorio la ropa interior de otro— ha funcionado a la vez como escaparate y como espejo: lo que incomoda no es el hallazgo, sino lo que revela sobre cómo se reparten los espacios, los tiempos y el dinero dentro de una pareja. Según el relato que acompaña a las imágenes, no sería el primer tropiezo, sino al menos el segundo del mismo tipo. Ahí el asunto deja de ser
folclore y empieza a parecerse a una
hoja de cálculo.
El vídeo que ha reabierto el debate sobre la pareja abierta
El material circula con el envoltorio habitual: una grabación doméstica, una reacción y un reguero de comentarios. En él se ve a un
hombre que descubre en su cama una prenda íntima que no es suya, presumiblemente olvidada por quien compartió esa cama con su pareja. En paralelo se ha difundido el perfil de una creadora de contenido que explicaba cómo
gestionar una relación abierta, con la particularidad de que en sus primeros vídeos aparecía con el rostro cubierto y solo después dejó de hacerlo. Ese detalle —primero la máscara, luego la cara— ha alimentado todo tipo de lecturas. No hay verificación posible: es una pieza viral y como tal se comporta. El foco, en cualquier caso, se ha desplazado pronto hacia preguntas menos escénicas: quién paga qué, quién decide qué y hasta dónde llega el compromiso cuando el compromiso se redefine.
¿Por qué una relación abierta se parece a un contrato de gastos compartidos?
Una de las comparaciones que circula traslada la relación abierta al terreno de la contabilidad doméstica. El razonamiento es sencillo: si dos personas deciden qué gastos son comunes —hipoteca, suministros, colegio de los hijos— y a partir de ahí cada una administra el resto de sus ingresos sin dar explicaciones, ese mismo esquema puede aplicarse al terreno afectivo. Ir de viaje sin la pareja, comprar un coche a nombre propio o destinar el sueldo a una afición tendrían una única regla: no dejar el envoltorio a la vista. La analogía tiene su lógica y también su trampa. Reduce el vínculo a un acuerdo de mínimos y no resuelve lo esencial: un
contrato se firma entre iguales y admite renegociación; la geometría variable de una pareja abierta rara vez reparte el coste —y el desgaste— a partes iguales. El desglose completo de esa comparación, partida a partida, deja más preguntas de las que responde.
El argumento de la familia desestructurada
Otra corriente de opinión sitúa el origen del fenómeno en la infancia. Se sostiene que quienes se interesan por el poliamor o las relaciones abiertas crecieron en hogares rotos —hijos de divorcios sucesivos, de madres que sacaron adelante la casa en solitario— y que nunca vieron de cerca una relación duradera funcionando. La tesis no aporta una sola cifra que la respalde y confunde correlación con causa: también ha habido matrimonios estables que produjeron hijos deseosos de probar justo lo contrario. Aun así, el argumento funciona como coartada para quien necesita explicar lo que no entiende. La pregunta que deja sin responder es incómoda: si el modelo tradicional fuera tan sólido, ¿por qué cada vez más gente necesita inventarse otro?
Quién decide seguir y quién decide irse
En el fondo late una asimetría que nadie termina de desmontar. Resulta relativamente fácil entender que alguien con escasa vida social se conforme con el papel de espectador; lo que cuesta explicar es por qué la otra parte, que según los relatos que circulan tiene opciones de sobra, sigue en la relación. Se apunta a un interés material, a una dependencia que no se nombra o, simplemente, al hábito. De ahí se salta a quién tiene la potestad de romper: hay quien sostiene que si se ha conquistado la libertad de elegir con quién compartir la cama, también se conserva la de decidir si se mantiene la relación. Una conclusión incómoda, porque pone el foco en lo que nadie quiere verbalizar.
Con menos hogares estables, más acuerdos flexibles y más gente dispuesta a firmarlos sin leer la letra pequeña, lo previsible es que el formato se extienda. Si dentro de dos décadas estos arreglos habrán sustituido al viejo matrimonio o si habrán dejado tras de sí una generación de damnificados es algo que hoy nadie puede firmar. Se puede apostar, eso sí, a que el próximo vídeo con una prenda ajena en la cama volverá a ocupar exactamente el mismo lugar.