SMI, IMV y sucesiones: la papeleta de votar a Sumar
¿Merece la pena votar a Sumar por lo que deja en el bolsillo? Para una parte del electorado que se declara de izquierdas, la respuesta pasa por dos siglas: SMI e IMV. El salario mínimo interprofesional y el ingreso mínimo vital son, según la lectura que domina este análisis, las dos medidas que más han movido el suelo económico de las familias, y su autoría se atribuye menos a Pedro Sánchez que a la presión de Yolanda Díaz. Con reservas y mucha pinza en la nariz, ese es el argumento de quien dice que votará a Sumar.
¿Por qué el SMI y el IMV están en el centro del voto económico?
Para un sector del electorado, la subida del salario mínimo y el despliegue del ingreso mínimo vital —con más de tres millones de perceptores en el cómputo que maneja este análisis— son la prueba de que votar a la izquierda tiene efectos tangibles en nómina. La réplica llega rápida: se sostiene que elevar el SMI y repartir prestaciones presiona los precios y acaba diluyendo la mejora. El contraargumento es que la inflación de la zona euro se decidió en Fráncfort y en la factura energética, no en los convenios españoles. Ninguna de las dos partes cierra la discusión, y ahí sigue.
¿Por qué el impuesto de sucesiones frena el voto de izquierdas?
El punto que más disuade al votante de izquierdas no es el IRPF, sino sucesiones y donaciones. El caso que se repite es Asturias, donde —según quienes lo viven— la valoración de los inmuebles no se ajusta a mercado y las liquidaciones se han vuelto impagables para quien solo hereda la casa en la que va a vivir. La tesis que circula es que en Andalucía y otras comunidades parte del voto de izquierdas se fue a Ciudadanos y a la derecha por este motivo. La propuesta que se repite es sencilla: exención total para la vivienda habitual.
España crece al 2,6% y Alemania al 0,2%: ¿es tan bueno como parece?
Hay un dato que se lanza como arma: la economía española creciendo por delante de la alemana. La réplica habitual es que buena parte de ese crecimiento es efecto denominador —más población, más ocupados— y que el PIB per cápita y el poder adquisitivo no cuentan la misma película. Los dos análisis son defendibles: uno mide el tamaño de la tarta, el otro el tamaño de cada ración. Lo que coincide en ambos lados es que compararse con Alemania no dice cómo vive un asalariado medio.
De arquitectos a camareros: por qué tu título ya no garantiza sueldo
Debajo de los números macro está la pregunta de qué hace que un trabajo esté bien pagado. El caso que se pone sobre la mesa es el de promociones enteras de arquitectos que pasaron de profesión con futuro a engrosar el paro, con ingenieros emigrados a limpiar y cuidar hijos ajenos en el extranjero. La explicación que se defiende no es la utilidad social del título, sino la oferta y la demanda: cuando sobran profesionales, el mercado se lo cobra. El ejemplo más afilado es el del linotipista, un oficio técnico y hoy extinguido, o el de la recolección, mal pagada hasta que desapareció la mano de obra dispuesta a hacerla.
¿Armamento o IMV? El reparto del gasto público
Una última línea del argumento es el gasto militar. La comparación que circula es ruda —el dinero de defensa multiplica varias veces lo que cuesta el IMV— y se usa para preguntar por qué no se aplica el mismo entusiasmo repartidor a una prestación de unos 700 euros al mes. La réplica apunta a que el gasto en seguridad no es discrecional si se quiere evitar depender de terceros. El desacuerdo real no es si gastar, sino en qué orden de prioridades.
Así que la papeleta de Sumar se decide menos por el programa que por el recibo de sucesiones del vecino, el PIB per cápita y la factura de la luz. Con estos mimbres se puede votar con la pinza puesta y pedir exenciones al mismo tiempo. Muy coherente, todo.