2,3 millones de beneficiarios del IMV: el éxito que delata el fracaso del mercado laboral
El Gobierno se felicita por haber superado los 2,3 millones de perceptores del Ingreso Mínimo Vital. Un hito que, según la narrativa oficial, demuestra el avance del escudo social. Pero visto desde la economía real, la cifra no es motivo de orgullo sino de alarma: cada nuevo beneficiario es un trabajador que el sistema ha expulsado o que nunca ha conseguido integrarse. Y el coste lo pagan los que siguen remando.
La paradoja del escudo social: más cobertura, más dependencia
El IMV nació como última red para hogares sin ingresos. Que en poco más de tres años haya alcanzado los 2,3 millones de beneficiarios indica que la red se está convirtiendo en una hamaca para muchos y en una trampa para otros. Los cálculos son demoledores: una persona que acepta un empleo de 1.100 euros netos acaba con unos 850-900 tras gastos de trabajo, mientras que el IMV puede rondar los 450 euros sin mover un dedo. La diferencia es tan estrecha que desincentiva la búsqueda de empleo, especialmente si se combina con economía sumergida.
El coste de la fiesta: 6.900 millones de deuda al mes
Mientras el PSOE celebra, el endeudamiento público sigue su imparable ascenso. En los 75 meses de presidencia de Sánchez, la deuda ha crecido a un ritmo de 6.900 millones de euros cada mes. El IMV no es la única causa, pero forma parte de un modelo que prioriza el subsidio sobre la creación de empleo productivo. El resultado es una España cada vez más dividida entre los que cotizan y los que cobran, con un Estado que se endeuda para pagar a ambos.
Votos que se compran con pagas
Hay quien sostiene que cada nuevo beneficiario es un voto cautivo para el partido que lo sostiene. La composición del IMV alimenta esta tesis: una parte significativa de los perceptores son personas de origen forastero, un colectivo que tradicionalmente vota a la izquierda. El mensaje «futuro feminista» que acompaña al anuncio no es casual: busca movilizar a una base electoral concreta. Pero la estrategia tiene un límite: cuando el dinero se acaba, el voto se pierde.
La alternativa que nadie quiere ver
El debate no es entre dar o no dar ayudas, sino entre un modelo que perpetúa la dependencia y otro que apuesta por la reinserción laboral real. Países con tasas de paro comparables han optado por políticas activas de empleo vinculadas a la prestación. Aquí, el IMV se ha convertido en un fin en sí mismo. Con 2,3 millones de personas fuera del mercado, la pregunta incómoda es: ¿cuántos más harán falta para que el Gobierno deje de celebrar?
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