Por qué la derecha radical española defiende a Putin sin ser comunista
La paradoja es de manual: sectores que se reclaman herederos del anticomunismo más visceral defienden ahora a un líder que reinstala estatuas de Lenin en las ciudades que ocupa. En el subforo de
geopolítica más activo del momento, la pregunta que abre el fuego es directa: ¿por qué quienes se llaman nazis apoyan el regreso evidente de la URSS? La respuesta que se impone en el intercambio no es ideológica, sino estratégica.
El argumento dominante sostiene que el enemigo principal no es Moscú, sino Washington. Para una parte de la derecha radical europea, la OTAN es una estructura sometida a los intereses estadounidenses desde 1945, y cualquier potencia que debilite ese entramado merece simpatía, aunque sea temporal y aunque venga de un régimen que privatizó la economía soviética con una mafia de exagentes. Es la vieja lógica del enemigo de mi enemigo, aplicada con frialdad.
¿Son los prorrusos nazis o comunistas disfrazados?
La discusión se rompe en varios frentes.
Hay quien distingue entre la Rusia actual y la URSS: la primera sería heredera del Imperio zarista, no del Soviet, y su fracaso inicial en el frente se explicaría precisamente por no ser ya la URSS. Otros señalan que el partido que gobierna Rusia se llama Rusia Unida y es de centro derecha, de modo que las etiquetas de comunismo o nazismo son pajas mentales para consumo español.
La acusación cruzada es constante.
Nazis y comunistas son primos hermanos, resume una intervención, mientras otra replica que el liberalismo y su engendro marxista comparten las mismas fuentes doctrinales. La cita de Indalecio Prieto —«soy socialista a fuer de liberal»— se usa como munición en ese fuego cruzado.
El mapa del Kievan Rus y la disputa territorial
La discusión deriva hacia la historia medieval. Se comparten mapas del Kievan Rus superpuestos a las fronteras actuales para justificar que rusos, ucranianos y bielorrusos se disputan la autoría de aquel Estado.
Alguien lanza una provocación lógica: si Rusia es heredera de la Orda de Oro, que se le devuelva la mitad este de Ucrania, porque según esos mismos mapas esa zona también pertenecía a aquel imperio. El argumento histórico se usa y se ridiculiza con la misma facilidad.
La geopolítica no trata de ideologías ni de moralidad
La intervención más citada del intercambio resume la tesis realista:
los intereses geopolíticos son cambiantes. Al imperio anglosajón le interesaba una cosa en 1812, otra en 1941 y otra ahora. Mussolini se alineó con Francia y Gran Bretaña contra Hitler hasta 1935. Hitler firmó el tratado germano-soviético de 1939 con Stalin y dos años después lo violó con resultados nefastos. La conclusión que se extrae es incómoda: quien busca coherencia ideológica en los bloques actuales se equivoca de marco.
El negocio de la guerra y el desgaste ucraniano
Un análisis muy replicado sostiene que el ataque ruso pudo ser preventivo, antes de que Ucrania se convirtiera en potencia militar puntera gracias al dopaje de la OTAN.
El negocio sería redondo para Estados Unidos: ellos ponen las armas y la munición, ucranianos y rusos ponen la sangre, y el único sacrificio es darle a la máquina de imprimir billetes. Mientras tanto, la pregunta que queda flotando es a quién le preocupa lo que vaya a pasar con Europa en ese reparto.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: si la geopolítica es solo intereses, nadie explica por qué unos cuantos siguen necesitando llamarse nazis para justificar los suyos.