Washington se abre a negociar con Moscú el final de la guerra en Ucrania
Un mensaje de
Europa Press resume el giro: Estados Unidos está abierto a la diplomacia con Rusia para poner fin a la guerra en Ucrania, y la condición es explícita, todo «depende completamente de si Rusia llega a un lugar en el que realmente esté interesada en detener la agresión que comenzó». La paradoja salta a la vista. La misma potencia que ha empujado el armamento de Kiev y ha quemado los inventarios de armas de los países de la OTAN se sienta ahora a hablar de paz, justo cuando el relato oficial repetía que Ucrania iba ganando.
¿Qué ha cambiado para que EEUU hable de diplomacia?
Una lectura sostiene que los objetivos de Washington ya estarían cubiertos. El encarecimiento de la energía habría terminado con el gas barato en el resto del mundo, habría hecho competitivas las exportaciones estadounidenses de hidrocarburos y habría metido a Europa continental en recesión. A eso se añade que la guerra ha quemado los inventarios de armas de los países de la OTAN, lo que empuja a nuevos pedidos. En esa tesis, el negocio ya está hecho y
las guerras largas dejan de ser rentables.
La versión opuesta apunta a la necesidad, no a la victoria. Se argumenta que quien solo negocia cuando algo le va mal lo hace para ganar tiempo y preparar alguna maniobra por la espalda, y que Rusia no tiene intención real de transigir porque Ucrania le resulta vital. Entre las dos lecturas queda un dato incómodo: se pide diplomacia después de meses de dar por hecho que el adversario se rompía.
El invierno, Kherson y la ofensiva estancada
El frente pesa lo suyo. Se describe la ofensiva ucraniana como prácticamente estancada y, con las lluvias por delante, se anticipan meses de lanzamiento de misiles y drones sobre infraestructura, sin necesidad de desgastarse demasiado. Ucrania, en ese escenario, puede quedar reducida a escombros sin que Rusia pague un precio proporcional. Hay quien lleva
dos meses esperando la caída de Kherson y sigue esperando.
No hay consenso sobre a quién favorece el frío. Una parte del análisis cree que el invierno dañará más al ejército ruso que al ucraniano, que juega en casa; otra parte espera que Moscú aproveche el frío y la congelación de los ríos para lanzar una ofensiva final. Lo único en lo que coinciden es en que el calendario ya no juega a favor de nadie.
Qué pide cada parte y por qué nadie lo firma
Sobre la mesa hay dos listas que no encajan. Rusia reclamaría una Ucrania desmilitarizada y fuera de la OTAN, quedarse con lo conquistado y convertir el resto del país en una suerte de Estado neutral donde las fortunas de uno y otro lado puedan moverse. Washington, según esta misma lectura, querría garantías de que no se despliegan misiles nucleares en zonas del Donbass, acceso a las tierras productivas y que el gasoducto siga cerrado para mantener sujetos a sus socios europeos.
El problema es que
nadie parece dispuesto a devolver nada y que la neutralidad que se pudo pactar por las buenas ya no está sobre la mesa. En el peor escenario se dibuja una Ucrania sin salida al mar Negro y un resto del país condenado a una guerra fría permanente en la frontera. Las piezas ex-soviéticas, China o Irán quedan como letra pequeña que se iría ajustando sobre la marcha.
La factura energética: diésel a 2 euros y luz regalada a mediodía
El coste doméstico vertebra otra parte del asunto. Se subraya que la electricidad se regala prácticamente a mediodía y que el precio del gas ha vuelto a niveles previos a la invasión. Frente a eso, la contraofensiva de datos: esa caída sería
coyuntural, fruto de depósitos llenos y de una sobrepresencia de metaneros, y a dos meses vista los precios que se manejan serían muy altos. La conclusión, para quien sostiene esto, es que la energía cara irá a peor.
El diésel es donde el debate se vuelve tangible. El gasóleo vuelve a venderse
a 2 euros el litro y su precio depende del crudo ruso por tipo y refino, no del crudo ligero estadounidense, que no sirve para producirlo. De poco sirve discutir sobre diplomacia, viene a decirse, cuando el surtidor sigue marcando la factura de cada familia.
El callejón sin salida y el botón nuclear
Existe un tercer ángulo, más incómodo. Si se acepta como hipótesis que Rusia está al límite de sus fuerzas, una negociación seria serviría precisamente para no empujarla a un callejón sin salida cuya única escapatoria sea la escalada nuclear. Un conflicto que empieza de una forma y no se sabe cómo termina. La idea de una respuesta convencional devastadora se lee, desde esta óptica, como un farol de dimensiones considerables, porque nadie cree que Moscú vaya a quedarse de brazos cruzados.
El argumento no convence a todos. Frente al riesgo de escalada se alza la sospecha de que hablar de paz sea solo una forma de congelar el conflicto, seguir armando a un lado y dejar que el otro se recomponga. Los objetivos territoriales, la neutralidad y la arquitectura de seguridad europea siguen siendo las piezas que nadie mueve.
Con estos mimbres, la pregunta queda abierta: si Washington habla ahora de diplomacia, ¿es porque calcula que el coste de seguir sube más deprisa que el de parar, o porque alguien ha echado la cuenta y ya no le salen los números?