Polonia cambia 28 MiG-29 a EEUU para no dárselos a Ucrania
¿Se pueden entregar cazas de combate a un país sin entregárselos? En el caso de Polonia y Ucrania la respuesta es que sí, y el método se parece más a una permuta contable que a un gesto militar. Varsovia no pone sus aparatos en manos ucranianas: los deja en la base estadounidense de Ramstein, en Alemania, y a cambio reclama a Washington aviones usados «con las capacidades operativas correspondientes». Es decir, un cambio a tres bandas para no ser la que firma la entrega.
El paquete no es pequeño: se habla de
28 cazas de origen soviético, justo el tipo de aparato que los pilotos ucranianos ya saben volar.
Que no es moco de pavo, resume quien echa cuentas. El asunto, sin embargo, lleva semanas dando bandazos y cada movimiento traslada el problema al tejado de otro.
El trueque que deja la pelota en Estados Unidos
La lógica del intercambio es sencilla. Polonia no entrega sus MiG-29 a Ucrania; los pone a disposición de Estados Unidos en territorio alemán y pide a cambio aviones de capacidades equivalentes. Así, no es Varsovia la que cruza la línea, sino quien recoja el relevo. Al menos, esa es la intención declarada.
El cálculo admite dos lecturas. En la optimista, Polonia se desprende de material viejo y recibe
F-16 nuevos: no sale perdiendo. En la amarga, se limita a prestar su nombre para un envío que otros no se atreven a firmar. La pregunta que sobrevuela es quién da el último paso, y nadie parece querer darlo.
Del anuncio de Borrell a la rectificación de Washington
El caso acumula desmentidos. Primero se dio por hecha la entrega de aviones —el alto representante de la UE llegó a anunciarla—, y después Estados Unidos se desdijo y emplazó a Polonia a enviarlos por su cuenta. El intercambio se diseñó, precisamente, para que fueran los estadounidenses quienes los entregaran a los ucranianos, no los polacos.
El resultado es un partido de tenis diplomático en el que nadie quiere quedar como el que disparó primero. Hay quien sostiene que la operación, tal como está planteada,
no va a producirse nunca, porque supondría la entrada directa en el conflicto. Y hay quien responde que, mientras el aeródromo receptor esté en suelo ucraniano, no hay motivo para hablar de casus belli.
¿Acto de guerra o simple compraventa de armas?
Aquí está el nudo. Para unos, transferir cazas es un salto de categoría: no es lo mismo mandar munición que aparatos capaces de atacar objetivos lejanos. Se recuerda que Moscú ha hecho la vista gorda con armamento ligero que acaba de contrabando en países árabes y africanos, pero que los aviones son otra cosa.
Para otros, la operación es una compraventa entre Estados y no admite dramatización: se cedieron aviones a la España de Franco y a la República, y nadie habló de guerra mundial. La clave, insisten, es el intermediario y el punto de entrega, no la naturaleza del material.
El temor nuclear que nadie descarta
Ninguna discusión sobre este envío se libra del fantasma atómico. Una parte del análisis da por hecho que la escalada acabará mal y describe un mundo donde ya nada se descarta. La idea de que el conflicto derive en un intercambio nuclear aparece y desaparece en cada tramo, casi siempre unida a la pregunta de si Europa sería el tablero y Estados Unidos el espectador.
La otra mitad sostiene justo lo contrario: que el recurso nuclear es una herramienta de disuasión y que quien realmente teme perder su posición es quien aviva la tensión. Entre ambos extremos, el consenso mínimo es que el envío eleva el precio de cualquier error de cálculo.
MiG-29 contra F-16: el avión no es el problema, la logística sí
El detalle técnico que casi nadie discute: los MiG-29 son hardware soviético, conocido por los pilotos ucranianos. Cualquier caza occidental obligaría a meses de instrucción, y ahí se cae buena parte del entusiasmo. Por eso se habla de permutar aparatos equivalentes y no de donar Eurofighter, que ni se contemplan.
Queda la duda material: cómo se traslada un avión de combate sin que se note. Circuló incluso un vídeo de hace años sobre el transporte de estos aparatos en camión, prueba de que la ingeniería logística admite más apaños de los que parece. Desmontarlos, moverlos y volverlos a montar es posible; la pregunta es cuánto tarda y si habrá base operativa cuando lleguen.
El intercambio sigue sin cerrarse. Polonia ya ha hecho su parte del movimiento: dejar los aviones donde otros puedan recogerlos. Que alguien los recoja es, por ahora, una promesa con fecha sin confirmar.