Nuland admite laboratorios biológicos en Ucrania y alerta por Rusia
La subsecretaria de Estado de Estados Unidos, Victoria Nuland, confirmó ante el Senado que Ucrania alberga instalaciones de investigación biológica y que Washington trabaja para que su contenido no acabe en manos rusas. La comparecencia, difundida a través del sitio del senador Marco Rubio, llegó después de que el asunto fuera despachado en buena parte de la prensa occidental como propaganda del Kremlin. La funcionaria es la misma que en 2014 protagonizó un comentario despectivo hacia la Unión Europea en una conversación filtrada; entonces se la acusó de interferir en la política ucraniana antes del golpe de Estado de aquel año.
«Ucrania tiene instalaciones de investigación biológica [...] Las fuerzas rusas pueden estar tratando de establecer control, por lo que estamos trabajando con los ucranianos en cómo pueden evitar que cualquiera de esos materiales de investigación caiga en manos de las fuerzas rusas, en caso de que se acerquen», declaró Nuland. Hasta aquí, el hecho verificable. A partir de aquí, el ruido.
¿Qué dijo Nuland y qué se le atribuye?
El titular que corrió por las redes aseguraba que Estados Unidos había «confesado» tener laboratorios biológicos en Ucrania. La letra de la comparecencia dice otra cosa: Nuland habla de
instalaciones en Ucrania, no de titularidad estadounidense. Ese matiz vertebra toda la discrepancia posterior.
Una línea de análisis sostiene que la financiación y la operación de esos laboratorios corren por cuenta del Departamento de Defensa y que la web oficial de la embajada estadounidense habría ido retirando rastros de su existencia. La línea opuesta mantiene que son laboratorios ucranianos con asistencia técnica exterior, y que convertirlos en propiedad de Washington es un salto sin prueba documental. El reproche se repite por igual en los dos bandos: si la noticia hubiera aparecido en el
Washington Post, nadie la discutiría; al saltar en cabeceras como
Washington Examiner u
OpIndia, se descarta por el origen. «Todo el que no piense como vosotros es pro-putin», resume una de las posturas enfrentadas.
La carga de la prueba: quién debe demostrar el bulo
Aquí el cruce de argumentos se vuelve procesal. Hay quien exige a quien califica algo de bulo que demuestre que es falso, y no que se limite a decir que no hay pruebas de que sea cierto. Ese razonamiento se apoya, según esta versión, en una condena por difamación contra un medio español de verificación que se habría escudado precisamente en la ausencia de pruebas para tildar una información de falsa.
La respuesta contraria es la ortodoxia del derecho internacional: quien acusa de un acto ilegal es quien debe probarlo. El intercambio deja un punto sin cerrar. Nadie ha puesto sobre la mesa el documento que acredite la titularidad estadounidense de los laboratorios; nadie ha demostrado tampoco que no existan.
Del laboratorio ucraniano al portátil de Hunter Biden
Un participante recuerda el caso del portátil del hijo del presidente Biden, denunciado por Donald Trump en 2019, que fue tratado como propaganda rusa por medios que evitaron publicarlo antes de las elecciones de 2021 y que después habrían tenido que rectificar. La conclusión que se extrae es incómoda: cuando un relato se clasifica de falso por el mensajero y no por los hechos, el desmentido llega tarde y con la credibilidad menguada.
Con Nuland ocurrió algo parecido, y en cuestión de horas. El relato pasó de
«es fake news» a «son instalaciones inocuas que existen en todos los países» y de ahí a «son ucranianas, no americanas». Ese recorrido, desglosado declaración a declaración, es el material más incómodo del episodio: no cambian los datos, cambia la coartada.
Otros frentes: NIAID, EcoHealth y el laboratorio de Wuhan
A la sombra del caso ucraniano late otra línea de investigación. Se reclama una comparecencia pública sobre la cooperación del NIAID y EcoHealth Alliance con el instituto de virología de Wuhan, con Peter Daszak y el doctor Fauci sentados ante las cámaras. El razonamiento es el mismo que en Ucrania, aplicado a otro escenario: sin prensa libre, la mayoría de la población no tiene forma de saber cómo se le miente.
Conviene separar ese eje de otro que circula en paralelo y no se sostiene con datos: referencias a protocolos de emergencia, mensajes cifrados y piezas simbólicas en un tablero global. Interpretaciones sin respaldo probado que conviven en la trastienda de cualquier noticia de este calibre.
¿Por qué un país con el PIB de la Comunidad Valenciana tiene tantos laboratorios?
La pregunta que recorre el análisis económico del asunto es la de la anomalía. Ucrania aparece en esta discusión como un Estado con recursos limitados, problemas de gobernanza y una guerra civil de fondo. ¿Por qué concentra instalaciones biológicas que no tendrían por qué estar ahí? ¿Qué se investiga en ellas que no pueda hacerse en territorio estadounidense?
La versión que presenta las instalaciones como inocuas tiene un problema práctico: si lo son, no se entiende la urgencia por vaciarlas antes de que llegue el Ejército ruso. Y si no lo son, nadie quiere decirlo en voz alta. Ahí, exactamente ahí, el análisis se atasca.