Por qué no es normal que Albacete marque más grados que El Cairo
España atraviesa el pico de una ola de calor que el lunes dejó máximas de hasta
45 grados en Puente Tablas (Jaén) y que este martes puede superar ese listón en la Cuenca del Genil, la ribera del Ebro de Zaragoza y La Mancha albaceteña. El dato que descoloca: hará más calor en Albacete que en la capital de Egipto. La noticia, publicada por
cadenaser.com, ha reabierto la trinchera de siempre: ¿esto es el calor de toda la vida o hay algo que se nos escapa?
El argumento de la memoria: «yo viví veranos peores»
La respuesta más repetida es la de la experiencia personal. Hay quien sostiene que hace tres décadas ya se pasaban veranos de
48 y 52 grados en Sevilla, y quien recuerda el verano de
2003 con 53 grados al sol y mínimas de 29 durante quince días. Bajo esa lógica, lo actual sería un verano «normalito» y el alarmismo, una construcción interesada.
El problema de la memoria es que es selectiva. Los mismos que citan 2003 admiten que los cuatro veranos previos al último fueron «más bien lights», lo que ya rompe la idea de una serie homogénea. La anécdota no es un dato: es un recuerdo, y los recuerdos no vienen con termómetro calibrado.
La comparación con El Cairo: ¿por qué allí no pasa nada?
El núcleo del escepticismo está en la geografía. Se argumenta que si el calentamiento fuera global, El Cairo debería estar igual de afectado, y que el hecho de que el fenómeno se concentre en Europa delata un sesgo. Hay quien va más lejos y sugiere que una anomalía localizada apunta a una causa concreta en la zona, no a un proceso planetario.
Frente a eso, la evidencia que maneja la propia noticia es tozuda:
45 grados en Jaén y valores superiores en Albacete no son una media planetaria, son un episodio extremo. Y los episodios extremos, por definición, no se reparten por igual. La pregunta correcta no es por qué no hace el mismo calor en El Cairo, sino por qué la península se está convirtiendo en una de las zonas donde el termómetro rompe más a menudo.
El verano que no fue: previsiones por encima de la realidad
Uno de los apuntes más incómodos para el relato oficial viene de la observación cotidiana. Se sostiene que, desde el arranque del verano,
casi todas las previsiones de temperatura han quedado por encima de lo que después se ha registrado, con desviaciones de al menos un 10% en algunos casos. Si eso es cierto, el problema no es solo el calor: es la fiabilidad del pronóstico que se usa para vender la emergencia.
En Madrid, el relato es aún más matizado. Se describe un verano «normal e incluso bueno», con mayo, junio y parte de julio primaverales, y solo dos días de máxima de
39 grados que no constituyen récord. La conclusión que se extrae: la primera ola de calor ha llegado justo a tiempo para reanudar la matraca.
El calor como negocio y como culpa
La capa económica del asunto aparece en cuanto se rasca. Se argumenta que el discurso del clima funciona como herramienta de control: se pide al ciudadano europeo que consuma menos y acepte un empobrecimiento, mientras otras regiones del planeta queman diésel y carbón sin que nadie les señale. La anécdota del barco que navega el Nilo arrancando más residuos que un día entero de tráfico en Madrid capital sirve para ilustrar esa asimetría.
Es una tesis incómoda y, como toda tesis, discutible. Pero conecta con una intuición extendida: la carga de la prueba recae siempre sobre el mismo lado del mapa.
Lo que los datos sí permiten afirmar
Más allá de trincheras, hay un hecho que no necesita interpretación:
las temperaturas de este martes en Albacete superan las de El Cairo. Eso no prueba por sí solo una tendencia de largo plazo, pero tampoco es un dato neutro. Cuando una ciudad manchega gana la partida térmica a la capital egipcia, la etiqueta de «verano de toda la vida» empieza a quedarse corta.
¿Cuántos veranos como este hacen falta para que la memoria colectiva deje de ser la única fuente de autoridad?