Madrid: 500.000 perros y un millón de deposiciones al día
Un perro de más de 30 kilos se para junto al semáforo, a la salida del portal, y suelta el charco con calma. El dueño espera de pie. A las 13:00, cuando el sol pega de lleno en esa acera, el olor es insoportable. La escena no es una anécdota: es la rutina que, según los mensajes del debate, ha convertido los excrementos de perro en Madrid en un asunto de aritmética, de convivencia vecinal y, cada vez más, de impuestos.
El punto de partida es un ejercicio de cálculo doméstico.
Madrid tiene 500.000 perros, según los datos que cita el hilo. Si cada uno baja a la calle al menos una vez al día y algunos lo hacen dos y tres veces, el cálculo arroja
un millón de deposiciones diarias. Basta con que el 10% de los dueños no recoja para que
100.000 excrementos queden en la vía pública cada jornada. Y eso es solo la parte sólida del problema, según quien lo plantea.
¿Cuánta orina de perro se vierte al día en las calles de Madrid?
Otro cálculo del mismo hilo estima dos micciones por animal y 150 mililitros por micción —cifra generosa—, con lo que los 500.000 perros dejarían en la calle unos
150.000 litros diarios. Traducido a camiones cisterna de 18.000 litros, más de ocho cargas completas cada día. El mismo mensaje recuerda que una piscina olímpica ronda los 2.500.000 litros de capacidad. La conclusión que se repite no necesita hoja de cálculo: ese volumen no se recoge, no se limpia y no se mide.
En eso consiste el problema, según quienes lo describen: la orina se seca, se acumula y revive con la primera humedad. Hay quien dice que, a ciertas horas, se cruza con más perros que personas. Y quien pasea con la vista clavada en el suelo, como cuenta otro participante, lo hace por costumbre aprendida, una técnica de supervivencia urbana para no pisar lo que nadie retiró.
Por qué las papeleras se oxidan y las aceras huelen a orina
En verano, la escena se agrava sin necesidad de excremento alguno. Las papeleras donde se acumulan las bolsas con deposiciones fermentan al sol, atraen moscas y desprenden un olor que, según los testimonios más repetidos, se mete en la garganta al pasar. Hay quien señala que no queda papelera sin oxidar o corroer por la acción de la orina.
El mobiliario urbano funciona como marcador de daño. Semáforos, árboles, esquinas y mobiliario muestran rastros de micción en cualquier barrio, según los mismos mensajes. La demanda que más se repite es que esa limpieza y la reposición del mobiliario las paguen quienes tienen perro, mediante una tasa municipal por los residuos y los gastos de limpieza.
Multas, impuesto por kilo de animal y ADN del excremento: las propuestas
Las soluciones que circulan van de lo fiscal a lo tecnológico. La más repetida es una tasa municipal ligada a los residuos que genera cada animal, con cifras planteadas en términos de
50 euros al mes por kilo de peso, y multas proporcionales al tamaño del perro. También aparecen la prohibición de acceso a parques y cascos históricos y planes de inspección aleatoria de vacunas.
En materia tecnológica, la propuesta estrella es el registro de ADN de los excrementos, una herramienta que ya figura en algunas ordenanzas municipales y que, según las quejas recogidas, no se aplica. La crítica recurrente apunta a la
policía local, a la que se acusa de no perseguir estas conductas pese a existir normativa específica. Hay un límite que conviene subrayar: algún mensaje aislado cruza la línea y plantea métodos violentos contra los animales. Ninguna ordenanza lo contempla y ese tipo de propuestas serían constitutivas de delito.
El dueño incívico, el espejo del Reino Unido y el relevo de los hijos
El consenso más amplio, paradójicamente, exculpa al animal. El argumento dominante es que el perro no razona y el responsable es quien lo lleva atado: junto a la imagen del dueño que pasea con bolsa y botella de agua con jabón para limpiar la micción de su perra de tres kilos convive la del propietario que deja a un animal de 30 kilos hacer charco en la calzada y se marcha sin mirar atrás.
La comparación internacional aparece una y otra vez. El ejemplo británico se cita como prueba de que el problema no es la densidad de perros, sino la educación: allí, sostienen, no hace falta ni multar porque nadie deja a su animal hacer sus necesidades en mitad de una calle por la que transitan niños o personas en silla de ruedas.
En el terreno sociológico, la tesis más repetida es que la mascota ha ocupado el lugar del hijo, con parejas que llenan la casa de animales en lugar de formar familia, y una lectura sobre la soledad y la salud mental de una parte de la población. También circula una versión conspirativa —sin ningún respaldo— que atribuye el descenso de la natalidad a un supuesto plan globalista. Conviene separar el análisis del folclore.
Confinamiento y ley de bienestar animal: el agravio que sigue sumando
El episodio que más ha envenenado la conversación es el confinamiento. Los paseos con perro quedaron blindados mientras el resto de la población permanecía encerrada, una excepción que algunos participantes recuerdan como un privilegio con inmunidad sanitaria y que todavía hoy alimenta reproches. Sobre ese poso se añade la ley de bienestar animal, percibida en estos ambientes como un texto que multiplicará obligaciones y costes para los propietarios.
Con esos mimbres, la pregunta no es si Madrid tiene un problema de excrementos caninos, sino quién va a pagar la factura de resolverlo. ¿Alguna formación está dispuesta a ponerle precio al voto de los dueños de perros?