La rebaja del IRPF que VOX promete y que ya le cuesta votos
¿Cuánto pierde al año alguien que gana 60.000 euros? La pregunta parece un ejercicio de contabilidad y en realidad es un asunto político. Con la propuesta de VOX sobre la mesa —un tipo único del
15% para las rentas por debajo de
70.000 euros y del
25% para lo que supere esa cifra—, el cálculo deja de ser abstracto. El problema es que el resultado cambia según qué nómina se mire, y ahí arranca casi todo el desacuerdo.
¿Qué propone VOX para el IRPF?
El planteamiento, que cita los tramos publicados por
El Mundo, reduce la escala a dos únicos tipos. Todo lo que se gane por debajo de 70.000 euros tributaría al 15%. Por encima de ese umbral, al 25%. Frente al esquema vigente, el contraste es notable: según sostiene un participante del debate, un sueldo que supera los 60.000 euros ya soporta un tipo marginal del
45% en la parte que excede ese importe.
Pasar de ahí a un 15% o un 25% es lo que ha encendido la mecha. La pregunta que dispara la discusión no es si conviene pagar impuestos, sino cuánto y a quién. Y ahí se mezclan dos cosas que no son lo mismo: el tipo marginal, que se aplica al último tramo, y el tipo efectivo, que reparte la carga sobre toda la renta.
¿Cuánto cambia de verdad la nómina de 60.000 euros?
Aquí aparece el primer malentendido. Según el cálculo que circula en el hilo, con el IRPF actual un sueldo de 60.000 euros, en un caso típico —sin hijos a cargo y sin otras circunstancias—, se queda en torno a
2.940 euros netos al mes en 14 pagas, aplicando un tipo efectivo cercano al 24,5%. Con el 15% propuesto, esa misma estimación lo subiría a unos
3.200 euros. La diferencia ronda los 260 euros mensuales, no los casi mil cuatrocientos que a veces se atribuyen al cambio.
Ese detalle desmonta una parte del relato catastrofista, igual que desmonta el entusiasmo desmedido. El alivio existe, es real, pero no convierte a nadie en rico de la noche a la mañana. Cuando la discusión se hace con cifras que el propio sistema no sostiene, el debate pierde pie.
¿Es 60.000 euros un pastón?
Para una parte del electorado, sí. Para otra, esa cantidad describe una vida cómoda pero muy lejos de la opulencia. El caso que se repite es el del sueldo declarado de
40.000 euros anuales —2.250 euros en 14 pagas— que, se argumenta, no llega ni para comprar un piso ahorrando con criterio.
El problema no es solo cuánto se cobra, sino cuánto cuesta vivir donde se cobra. La misma nómina pesa mucho más en una gran ciudad que en una población pequeña, y ese diferencial explica por qué dos personas con idéntico salario bruto perciben realidades económicas opuestas. La etiqueta de «rico» depende del mapa, no solo del importe.
El tramo del 45% y el desincentivo para trabajar más
Un tipo marginal del 45% sobre todo lo que supera los 60.000 desincentiva los ingresos extra, sostiene un tramo del análisis. Se relata el caso de quien, al rebasar ese umbral, dejó de aceptar colaboraciones docentes y consultoría porque de cada euro ganado casi la mitad se lo llevaba Hacienda. Preparar clases los fines de semana para quedarse la mitad. Económicamente, el argumento tiene peso; también tiene límites.
La objeción contraria es la de caja. El gasto público español ronda el
50% del PIB, según apunta otro participante. Sostener un recorte del IRPF sin tocar ese gasto obliga a decidir qué se recorta antes: sanidad, educación, carreteras o bomberos no se financian con dividendos, sino con impuestos. La rebaja de cotizaciones de los autónomos —unos 400 euros— asoma en la misma conversación, porque también es carga sobre la nómina.
¿Regalo o fin del atraco? La pelea sobre la progresividad
El choque de fondo es ideológico. Unos ven la progresividad como un castigo al que más ingresa: si se paga el mismo porcentaje, quien gana más ya aporta más en términos absolutos. Otros responden que dejar de subir impuestos no es premiar a nadie, sino simplemente no confiscar, y que calificar de regalo una bajada fiscal retuerce el lenguaje.
En el extremo opuesto, hay quien defiende el impuesto único para todos los tramos apelando a la igualdad formal. Y quien avisa de que, con la promesa sobre la mesa, lo probable no es tanto la rebaja íntegra como quedarse a una fracción de lo anunciado. Con esa expectativa, media rebaja ya se lee como victoria.
¿Qué pasa con el votante que dudaba?
El arranque de toda esta discusión es una persona que había pensado votar a VOX y ahora se lo piensa justo por este punto: ve bien casi todo el programa menos el liberalismo fiscal. Su objeción no es técnica, es de reparto. Le molesta que un cambio de sistema regale de golpe más dinero, en porcentaje, a quien ya gana bien. Es una posición incómoda dentro de su propio campo.
Al final, la duda no se resuelve con una calculadora, sino con prioridades. Y el votante indeciso suele acabar donde empezó: sin papeleta clara.
Con un 15% que le prometen y un 50% del PIB que ya paga, el cálculo no le cuadra a nadie. Lo más honesto sería admitir que tampoco se sabe qué porcentaje de la rebaja llegaría a aprobarse.