DANA en Madrid: 3 muertos, 2 desaparecidos y el pulso de la alerta
¿Cómo se pasa de un aviso por lluvias torrenciales a tres muertos, dos desaparecidos y varios puentes en el suelo? Bastan unas horas de riada y una discusión política que empieza antes de que baje el agua. La DANA que golpeó Madrid y la provincia de Toledo deja
tres fallecidos y dos desaparecidos, carreteras cortadas, trenes y metro parados y municipios anegados. El río Alberche se salió de madre y arrastró coches y estructuras.
El relato se parte en dos geografías. En Toledo, un joven de 20 años murió atrapado en un ascensor. En Madrid, los daños se concentraron en el suroeste y en las cuencas de los ríos. Y sobre todo esto planea una pregunta incómoda: ¿avisó bien la AEMET o el aviso sirvió para que en buena parte de la capital no cayera nada mientras el agua se cebaba con otras provincias?
Qué pasó con el río Alberche y los puentes derruidos
La imagen que resume el temporal es un puente partido. Varios viaductos sobre el Alberche quedaron destruidos por la crecida. La propia ministra responsable del ramo lo describió así: «Los ríos Perales y el Alberche incrementaron el agua muy por encima de lo que es habitual y eso produjo un desbordamiento que se ha llevado por delante
tres puentes con sus pilares». Y remató: «No ha sido un problema de si estaba más o menos desbrozado el cauce del río».
La frase no cerró el debate, lo abrió. Porque si la crecida era
excepcional, la pregunta siguiente es si la infraestructura estaba dimensionada para algo excepcional. Hay quien sostiene que el diseño de un puente debe resistir la avenida de mayor periodo de retorno, no la del domingo tranquilo. Y hay quien responde que ningún cálculo aguanta un cauce convertido en presa por troncos y escombros. En la foto de la riada aparece una cantidad de madera y basura que basta para taponar cualquier ojo de puente.
¿Por qué se desbordan los ríos si las crecidas son normales?
Aquí el material histórico juega a favor de la tesis menos alarmista. La riada de Gipuzkoa de 1988 dejó
170 litros por metro cuadrado en dos horas en la zona de Elgoibar, más de una decena de muertos y daños millonarios. Un vecino arrastrado cerca de Hernani apareció vivo
50 kilómetros más abajo, en Urretxu. No hizo falta ninguna etiqueta nueva para describir aquello.
Con ese precedente sobre la mesa, una corriente del análisis sostiene que las inundaciones han existido siempre, que muchas poblaciones se construyeron en ramblas y márgenes de río y que el problema no es el agua, sino dónde se levantaron las casas y quién autorizó hacerlo. Frente a eso, otra corriente responde que la frecuencia e intensidad de estos episodios ya no se parece a la de hace cuatro décadas. El cálculo completo de cuencas y caudales, que se ha ido desgranando, deja un mapa incómodo para los dos bandos.
La familia que salió de Alcorcón y acabó en el agua
Uno de los casos más citados es el de una familia que dejó su vivienda en Alcorcón y se marchó a su segunda residencia, en la cuenca del Alberche, y quedó atrapada por la riada. El detalle dio munición a los dos bandos a la vez: para unos, el aviso movió a gente a un lugar peor; para otros, el error fue plantarse en una zona inundable justo cuando bajaba el agua.
Conviene ser preciso: la desgracia de unas personas concretas no demuestra ninguna tesis general. Lo que sí deja es una pregunta operativa, la de si la información meteorológica llega a tiempo y en condiciones a quien tiene que decidir en veinte minutos si se queda o coge el coche.
La alerta, el móvil y los mapas de colores
El otro gran frente es el funcionamiento de los avisos. El mensaje al móvil ordenó no salir de casa y el temporal acabó descargando con más fuerza en puntos de Toledo que en buena parte de Madrid. Con ese resultado sobre la mesa, las críticas se multiplicaron: se acusó al organismo de crear alarma social por motivos políticos y de exagerar la previsión. Hubo quien, desde el propio Ayuntamiento, se quejó de que se cerraran las terrazas por una alarma innecesaria.
La defensa del sistema va por otro lado: un aviso de riesgo es una probabilidad, no una promesa, y la ausencia de lluvia en un punto concreto no invalida el pronóstico para una región entera. Lo cierto es que se pararon trenes y metro, se cortaron carreteras y se suspendieron actividades. Y que después nadie dio explicaciones.
Nadie asume responsabilidad, como el dinero: es de todos y de nadie.El clima, los colores rojos y la sospecha política
La discusión derivó, como casi siempre, hacia el
cambio climático. Una parte del análisis defiende que cada episodio se sobredimensiona para justificar políticas verdes, y pone como ejemplo los umbrales de los mapas de riesgo: marcar en rojo a partir de
32 grados cuando el rojo histórico de este país llegaba a los 40 les parece una manipulación del subconsciente. Otros señalan que los avisos naranja y rojo son protocolos operativos, no titulares.
Detrás asoma un asunto más terrenal que el clima: el mantenimiento. Muros, contenciones, cauces y desbroces llevan años sin partida presupuestaria visible. Hay quien recuerda que las crecidas se producen en buena parte de los ríos del país y que casi todas las poblaciones del interior están cerca de uno. Y ese dinero, a diferencia del debate climático, se puede rastrear en un papel.
Con tres muertos, dos desaparecidos y varios puentes en el suelo, la pregunta ya no es si llovió mucho. Es cuántos de esos puentes estaban preparados para el día que lloviera así. Y esa respuesta, por lo visto, sigue esperando turno.