Salario mínimo, IMV y pensiones: el eje del choque
Tres medidas concretas sostienen la tesis de que el PSOE no lo ha hecho tan mal: la subida del salario mínimo interprofesional, el Ingreso Mínimo Vital y el alza de las pensiones mínimas. Quien defiende esa tesis añade un cuarto elemento, la política exterior, y un matiz incómodo: la vivienda sigue siendo el punto donde el relato se rompe. La discusión no es si esas medidas existen, sino quién las paga y qué pasa cuando la fuente se agote.
El argumento de partida es sencillo. Un trabajador raso vive mejor que en etapas anteriores, hay más empleo y quien está en el suelo tiene una red que antes no existía. Frente a eso, la respuesta más repetida no niega el dato: lo desactiva. Se sostiene que esas garantías no son un derecho conquistado sino un crédito, financiado por años de dinero barato del BCE, y que la factura llegará más tarde. La discusión se convierte así en un pulso sobre la sostenibilidad, no sobre la bondad.
¿Qué medidas concretas defienden que el PSOE no lo ha hecho mal?
El salario mínimo, el IMV y las pensiones mínimas son las tres palancas que se citan como clave para que «no nos coma nuestra propia miseria». A ellas se suma una lectura de la política exterior: el no a la guerra y el giro en el Sáhara, con la enemistad con Argelia y el gas argelino como telón de fondo. El balance que se hace es que la España de hoy es mejor que la de Rajoy y que la de Zapatero, con una excepción señalada en rojo: la vivienda.
La crítica a Rajoy aparece pronto y con un dato concreto: subió el IVA. Se recuerda también la creación de un canal de televisión y el apoyo a determinados presentadores. La comparación no sale bien parada para el expresidente, al que se acusa de haber tenido mayoría absoluta y no haber hecho nada con ella.
El contraargumento: dinero barato, clientelismo y una nueva clase asistida
La objeción más elaborada no discute los efectos a corto plazo, discute su naturaleza. Se sostiene que el Estado ha podido repartir porque el BCE mantuvo tipos cero o negativos durante una década, y que cuando esa fuente se cierre se verá de qué están hechas esas garantías. La conclusión es dura: son un crédito, no un derecho, y lo pagarán los hijos.
Hay un segundo frente, el del IMV. La experiencia francesa del RMI se cita como precedente: se argumenta que ese tipo de rentas mínimas crea una capa de perceptores que compaginan la ayuda con actividad en negro. No es un dato verificado, es una predicción basada en un caso anterior, y como tal se plantea.
El tercer frente es el salario mínimo como concepto. Se compara con poner un precio mínimo a cualquier bien o servicio y se advierte de que subirlo sin contrapartida de productividad es una mala idea a largo plazo. La respuesta desde el otro lado es que en hostelería se gana hoy más que en la etapa previa a la reforma laboral, y que la idea de que se suprimió la negociación colectiva es falsa.
El problema que nadie discute: la vivienda
Incluso quien defiende el balance reconoce que la vivienda es el punto negro. Se describe como «España Usurera al 100%» y se señala un relato que enfrenta a propietarios e inquilinos, con amenazas incluidas y presión sobre las herencias. Es el único punto donde las dos corrientes se acercan a un acuerdo tácito: aquí no hay medida estrella que exhibir.
La discusión deriva entonces hacia el mercado laboral y la inmigración. Se sostiene que nadie está más explotado en España que un trabajador migrante, y que la mayoría busca la nacionalidad para después trabajar en otros países europeos. La respuesta desde el otro lado es que invitar a la fiesta a millones de personas es un problema, no una solución. El intercambio se calienta y pierde precisión.
La derecha no tiene programa, según sus críticos
El reto lanzado al principio del debate sigue sin respuesta clara: qué alternativa concreta propone un gobierno de PP y VOX en mejoras reales. Se enumeran tres sospechas —quitar mínimos a los autónomos, derogar la ley de violencia de género, poner peajes en las autovías— y se recuerda el cara a cara entre Sánchez y Feijóo, donde este último habría dado por hecho que no quedaría más remedio que implantar peajes. La conclusión que se extrae es que la derecha vive de una oposición vacía y solo sirve de límite fiscal.
La contrarréplica no llega en forma de programa, llega en forma de hastío. Se responde que votar al PSOE tampoco es la solución, que ningún partido actual vale y que lo razonable es votar escaños en blanco. El intercambio se cierra con un dato que descoloca: en Cataluña el PSOE ha aglutinado el voto no nacionalista, tanto de derechas como de izquierdas, y se especula con que Alianza Catalana absorba votos de Puigdemont y de los socialistas.
El balance queda donde empezó: tres medidas que funcionan a corto plazo, una factura que nadie sabe cuánto costará y una vivienda que se lleva por delante cualquier relato de mejora. Con estos mimbres, la discusión sobre si el PSOE lo ha hecho tan mal no se resuelve con datos, se resuelve con confianza en quién paga la próxima ronda.