Cuatro muertes por drogas de diseño en Madrid y Barcelona
¿Cuántos chavales han muerto este fin de semana en fiestas privadas de Madrid y Barcelona sin que ningún telediario lo mencione? Cuatro, según el relato que circula por redes y grupos de mensajería, uno de ellos un DJ con 100.000 seguidores en Instagram. La sustancia que se repite en todos los casos es el GHB, el llamado éxtasis líquido, cada vez más mezclado con ketamina y, según varios testimonios, con fentanilo. La cifra oficial no existe. La extraoficial, la que manejan quienes trabajan en urgencias, habla de dos o tres inconscientes cada fin de semana.
Qué es el GHB y por qué mata tan rápido
El GHB es un depresor del sistema nervioso central que en dosis bajas produce euforia y en dosis apenas un milímetro superiores provoca sueño profundo. El margen entre una cosa y otra es mínimo: quien lo consume calcula a ojo, y a ojo se pasa. El resultado es una depresión respiratoria que los presentes confunden con estar dormido. Cuando se dan cuenta, el chaval lleva media hora sin respirar bien.
La novedad no es el GHB. La novedad es lo que le echan. Un cirujano consultado por quienes siguen el asunto lo resume sin adornos:
ni siquiera los médicos saben qué han tomado. Los análisis llegan tarde, las mezclas cambian cada semana y el fentanilo, que en España se mueve sobre todo por vía farmacéutica, aparece cada vez más en cócteles recreativos. La combinación de depresores —GHB, ketamina, opiáceos— es la que dispara la supresión respiratoria.
El perfil de los fallecidos no es el que esperas
La imagen del yonki de barrio no cuadra con lo que cuentan los casos. Entre los fallecidos hay un enfermero de 38 años, con piso propio y familia estructurada. También un chaval de 23. Y un DJ, Mau Díaz, con 100.000 seguidores, cuya muerte se ha confirmado en São Paulo, no en Madrid. La confusión geográfica es relevante: parte del relato que circula mezcla casos reales con otros que no lo son, y eso no ayuda a nadie.
Lo que sí se repite es el patrón: gente joven, con trabajo, con vida social intensa, que consume en contextos de fiesta privada donde nadie llama a urgencias hasta que es tarde. El ambiente
chemsex aparece mencionado como uno de los focos donde más ha crecido el consumo, con un aumento que algunos sitúan en el 600% en los últimos años.
Por qué no sale en los medios
Hay una explicación sencilla y otra incómoda. La sencilla: las muertes por sobredosis no son noticia desde hace décadas, y cada fin de semana hay casos que no llegan a los titulares. La incómoda: cuando el foco es un colectivo concreto, el tratamiento mediático se vuelve delicado y se opta por no publicar. Varios mensajes apuntan a que la epidemia afecta sobre todo a hombres que tienen sexo con hombres, y que ese dato se omite sistemáticamente.
El resultado es una asimetría informativa curiosa: se dedican campañas y portadas a la homofobia, y cero a la mortalidad por drogas en ese mismo colectivo. No es una conspiración, es una elección editorial. Y como toda elección editorial, tiene consecuencias.
El debate sobre la legalización vuelve a la mesa
La propuesta que más recorrido tiene en el debate es la legalización con venta controlada en farmacias o centros específicos. El argumento: la droga ya está disponible a todas horas, el único beneficiado del prohibicionismo es el narco, y la calidad del producto se controlaría. Menos adulteración, menos muertes, más recaudación. También permitiría tener un registro de consumidores y actuar sobre ellos.
En contra pesa el argumento de siempre: legalizar no elimina el consumo problemático, lo normaliza. Y el Estado español no ha demostrado precisamente una gestión ejemplar de nada que toque. Quien pide más control institucional sobre las drogas debería explicar antes por qué confía en las mismas instituciones que gestionan la sanidad con listas de espera y la educación con ratios de país en vías de desarrollo.
La pregunta que nadie responde
¿Cuántos muertos hacen falta para que esto sea un problema de salud pública y no una nota a pie de página? La respuesta, a la vista de los datos disponibles, es que no hay umbral. Se muere gente joven cada fin de semana, los servicios de urgencias lo saben, los forenses lo firman, y el asunto se archiva en la sección de sucesos de algún diario local. Mientras tanto, la única información fiable que circula es la que se pasan los propios consumidores entre ellos, que es como preguntar al enfermo por el diagnóstico.
Este artículo no constituye consejo médico. Ante cualquier consumo de sustancias, consultar con un profesional sanitario.