El gráfico acumulado que infla las muertes por drogas en EEUU
El gráfico que circula sobre las muertes por sobredosis en Estados Unidos no dice lo que muchos creen leer. No muestra una mortalidad anual disparada: muestra una suma. Cada punto añade los fallecidos de todos los ejercicios anteriores, de modo que la línea solo puede subir, siempre, por pura construcción. La visualización, difundida por Kykeon Analytics con datos de The Data Boys, arranca en 1999 y termina por encima del millón de muertos acumulados. Suficiente para que cada cual saque la conclusión que ya traía de casa.
La primera objeción llegó pronto y es la más elemental: si la serie empieza en 1999 y va sumando, es normal que cada año sea peor que el anterior. Un dato anual, o directamente una tasa mensual, contaría otra película. A partir de ahí el desacuerdo se bifurca. Unos leen la curva como prueba del desplome social del país; otros avisan de que el formato exagera la sensación de descontrol y de que conviene mirar los incrementos, no el total.
Por qué un gráfico acumulado nunca baja
El mecanismo es contraintuitivo y explica casi todo el ruido posterior. Al apilar los fallecimientos año tras año, las sustancias con más tradición —cocaína, heroína, benzodiacepinas— arrastran décadas de registro y engordan su porción del total. El fentanilo, mucho más reciente, aparece con una pendiente brutal en la última parte de la serie pero sin el colchón de años previos. De ahí que haya quien pida leer la evolución anual: la foto fija de un ejercicio concreto dice bastante más que la montaña acumulada.
Ese doble efecto óptico —el peso histórico frente al momento presente— es el que convierte una herramienta descriptiva en un arma arrojadiza. La misma imagen sirve para sostener que el problema es terminal y para demostrar que el aumento se concentra en la última etapa de la serie.
¿Culpa del fentanilo chino o de las recetas propias?
Aquí el debate se calienta. Un sector del análisis apunta a que el fentanilo llega desde China a través de los cárteles mexicanos, y subraya que el auge de la sustancia coincide con el despegue económico del gigante asiático. Se cita incluso un informe del Congressional Research Service que describe la cooperación entre Washington y Pekín en la materia, con una respuesta china en mayo de 2019 tras una petición estadounidense.
La tesis contraria no se queda corta: sostiene que el opioide lo encargan las farmacéuticas estadounidenses, lo distribuyen empresas estadounidenses y lo recetan médicos estadounidenses, y que culpar a China es una maniobra de distracción. El fiscal general de Estados Unidos ha acusado a varias empresas chinas de facilitar la producción, lo que algunos leen como antesala de un conflicto comercial de mayor calado. La línea entre problema de salud pública y «casus belli» se difumina rápido.
Del Valium al Oxycontin: cinco décadas de recetas
La parte que menos se discute es la génesis doméstica. Según los datos que cita un participante, el diazepam, comercializado por Roche como Valium, se sintetizó en 1959, salió al mercado en 1963 y fue el fármaco más vendido en Estados Unidos entre 1968 y 1982, con un pico de 2.300 millones de comprimidos en 1978. Se recetaba como tratamiento crónico. Después llegaron los antidepresivos y otra vuelta de tuerca.
Hay quien recuerda que una parte de los médicos estadounidenses se negaba a recetar Oxycontin porque sabía lo que contenía, mientras que otros priorizaban el entendimiento con el laboratorio. La conclusión que se repite: buena parte de los enganchados a opioides lo están por receta, no por vía callejera. La crisis no empieza en una fábrica extranjera, sino en una consulta.
Un millón en 24 años: ¿mucho o poco?
La cifra impresiona hasta que se pone en contexto. En un país de unos 350 millones de habitantes, donde se registran aproximadamente tres millones de fallecimientos al año según las cifras que maneja el debate, las alrededor de 50.000 muertes anuales por sobredosis suponen en torno al 1,6% del total. Para una parte del análisis, es el chocolate del loro elevado a drama nacional por pura capacidad de socializar el dolor ajeno. Para otra, un millón de muertos evitables no admite relativización de ningún tipo. Aquí el gráfico ya no ayuda: se ha convertido en un campo de batalla moral.
A lo largo de la serie han aparecido también derivadas más sórdidas: teorías sobre eliminación de población improductiva, referencias a un darwinismo social que no se sostiene, y comparaciones históricas traídas por los pelos. Conviene separar el dato del exabrupto.
Lo que queda tras desmontar el gráfico es un problema que ninguna línea acumulada puede resolver. Si el fentanilo mantiene su pendiente y las recetas siguen alimentando la puerta de entrada, la serie de los próximos años subirá igual, se dibuje como se dibuje. Con una salvedad: el formato importa, y quien mire solo la montaña seguirá confundiendo la suma con la velocidad.