10.000 calorías al día para demostrar que podía adelgazar: muere a los 30
¿Se puede morir por comer? El entrenador y creador de contenido ruso Dmitry Nuyanzin, graduado en la Escuela de Reserva Olímpica de Orenburg y en la Universidad Nacional de Fitness de San Petersburgo, se propuso engordar 25 kilos para demostrar lo rápido que podía perderlos con su propio programa. Ingería unas
10.000 calorías diarias a base de bollería, dumplings con mayonesa, pizzas, hamburguesas y patatas fritas. En un mes ganó 13 kilos y a mediados de noviembre superó los 100. Su corazón falló mientras dormía. Tenía 30 años.
La noticia, publicada por
Antena 3 citando a
Daily Mail y al canal ruso
Ostorozhno Novosti, ha reabierto el debate sobre los retos extremos de cambio de peso en muy poco tiempo. Y ha dejado un reguero de reacciones que van del chiste fácil a la duda razonable sobre la causa real de la muerte.
Qué decía el reto y qué se sabe de la muerte
El propio Nuyanzin fijó las reglas: daría
10.000 rublos (unos 110 euros) a quien pesara más de 100 kilos y lograra perder el 10% de su peso corporal para Año Nuevo. «Voy a bajar de peso con mis seguidores, ¡así que esto será el doble de emocionante!», escribió. Documentó el proceso en redes: desayunos de pasteles, almuerzos con dumplings cubiertos de mayonesa, cenas de comida rápida.
En los últimos días de subida de peso empezó a sentirse mal, suspendió sus entrenamientos y dijo a los suyos que iría al médico. No llegó a concretarlo. Los primeros informes médicos apuntan a un paro cardíaco mientras dormía, posiblemente por el esfuerzo extremo al que sometió a su corazón. Tres días después fue enterrado en Orenburg.
El corazón que no da abasto: la explicación más repetida
La hipótesis que más circula es mecánica: un corazón que funciona bien en un cuerpo de 75 kilos pasa en un mes a mover 100 kilos, y encima cargado de grasas que obstruyen las venas. El esfuerzo es brutal y sin tiempo de adaptación. Quienes pesan más de 100 kilos suelen llegar ahí tras años de malos hábitos; emularlo en meses es otra cosa.
Hay quien añade el factor glucémico: hamburguesas, tartas ultraprocesadas, bollería y refrescos azucarados disparan la glucosa. Una muerte mientras se duerme es compatible con una hiperglucemia severa. También se apunta a una hipertensión no diagnosticada, que no avisa.
«No cuela que se muriera por engordar 13 kilos»
La corriente escéptica no compra el relato. Engordar 13 kilos no mata a nadie, sostienen; detrás habrá patología coronaria previa, drogas, esteroides de
gimnasio o simple casualidad. Algunos recuerdan que este tipo de retos ya se hicieron hace más de una década sin desenlace fatal. Y avisan de que la noticia se presta al sensacionalismo.
En el lado opuesto, la defensa del vínculo causal es directa: si no hubiera hecho el reto, seguiría vivo. Pasar de comer normal a 10.000 calorías es como ponerse a correr maratones de la nada. El cuerpo no está preparado. Y el refranero, que nunca falla, lo tenía avisado: de grandes cenas están las tumbas llenas.
El negocio de la atención y la educación que falta
Más allá del caso concreto, el episodio deja dos ideas. La primera, que las redes premian el exceso: morir haciendo lo que más gustaba, llamar la atención, es un resumen cruel pero certero. La segunda, que nadie nos enseñó a comer. Es una de las cosas verdaderamente esenciales que faltan en la educación, y el ejercicio, por sí solo, adelgaza poco: casi todo es dieta.
Queda la pregunta incómoda. ¿Cuántos de los que vieron el reto se han puesto las pilas con su propio peso? Alguno habrá. El método, desde luego, ha demostrado acabar para siempre con los antojos. Y el finado ya no pillará más kilos. Eso seguro.