El oro ya pesa más que el bono y el dólar en las reservas mundiales
En algún punto de 2026, el oro ha dejado de ser ese activo refugio del que se acordaba uno en las crisis para convertirse en la mayor reserva de valor del planeta. Según los datos que manejan los inversores más metódicos, el metal amarillo representa ya el
27% de las reservas globales, por delante del 22% de los bonos del Tesoro estadounidense y del 15% del euro. La cifra no es una boutade de tertulia: es el resultado de una huida silenciosa del papel hacia el metal que llevan años ejecutando los bancos centrales, y que Basilea III no ha hecho más que institucionalizar al equiparar el oro a la
deuda soberana como activo de reserva.
Mientras tanto, el mercado de bonos vive su propio infierno. Los rendimientos del Tesoro a 30 años tocaron su nivel más alto desde 2007, el bono francés a 10 años escaló hasta el
4,13% —máximo en 17 años—, el alemán subió al 3,26% y el italiano se quedó a dos puntos básicos del pico de noviembre. En España, el 10 años ganó siete puntos básicos hasta el 3,71%. La pregunta que sobrevuela cada mesa de trading es la misma: ¿quién está vendiendo toda esta deuda? Y la respuesta, incómoda, apunta a los mismos que la compraron durante una década.
El petróleo y el estrecho que nadie quiere mirar
El crudo Brent se disparó un 13,6% en una sola semana, con la gasolina sin plomo cayendo un 12,7% y el cobre perdiendo un 3,4%. El detonante no es otro que la
guerra con Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde el tráfico marítimo se ha desplomado:
seis buques de mercancías cruzaron el estrecho en una jornada, frente a los nueve del día anterior y los once de media en los últimos diez días. Las refinerías de Rusia y Oriente Medio están destruidas a gran escala, lo que sobrecarga a las del resto del mundo y obliga a posponer paradas de mantenimiento. El resultado es un cuello de botella que amenaza con dejarnos un otoño-invierno de precios calientes.
Hay quien sostiene que el oro y la plata actuaron según lo esperado en este contexto, y que los que quieran cargar tienen su oportunidad. El cálculo más optimista asume que el metal mantendrá el soporte de los
4.000 dólares y rebotará desde ahí; el escenario pesimista parte de una liquidación de fondos de cobertura que arrastre varios cientos de dólares abajo. La plata, mientras tanto, sigue esperando que alguien la declare oficialmente metal monetario, algo que siempre lo ha sido de facto.
La burbuja de la IA y el desplome que aún no llega
El sector tecnológico vive en una contradicción permanente. Los cinco grandes proveedores de servicios en la nube —Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle— han invertido colectivamente cientos de miles de millones de dólares en 2026 y acumulan aproximadamente
3,2 billones de dólares en compromisos que no figuran en sus balances, según Goldman Sachs. Michael Burry advirtió en octubre que el mercado bursátil se encuentra en la primera fase de duelo, la negación, y que esta fase dura entre seis y nueve meses. El Nasdaq ha caído un 4% en treinta minutos en alguna sesión reciente. Y sin embargo, el índice sigue resistiendo.
La tesis de Henrik Zeberg es que el S&P 500 podría irse hasta los
8.000 puntos antes de desplomarse hasta el entorno de 800-2.000. Una locura, sí, pero encaja con la idea de que la burbuja aún no ha estallado y de que el rally masivo está por llegar. Hay quien ya ha vendido todo lo que tenía en bolsa, con pérdidas asumibles, y quien prefiere comprar opciones de venta contra el ETF de semiconductores. Las dos posturas conviven en el mismo mercado que ayer volatilizó
tres billones de dólares en Wall Street.
Trump, el hombre que mueve los mercados con un tuit
La capacidad del presidente estadounidense para manipular los mercados un día sí y otro también ha dejado de ser una sospecha para convertirse en una observación cotidiana. La razón principal que ha dado para los ataques a Irán es el derribo de un helicóptero Apache, y ha incidido en que el único escollo real con Teherán es el programa nuclear. Sin reconocerlo, ha venido a decir que el arsenal estadounidense ha menguado mucho: Biden entregó mucho a Ucrania y él ahora lo vende a Europa para que lo entreguen a los ucranianos. El resultado es una campaña bélica que ha incumplido la promesa central de su campaña: «No voy a empezar una guerra».
Los votantes no se lo han perdonado. La victoria demócrata en las legislativas de 2026 se ha leído como un castigo a la guerra y al encarecimiento de la vida. Y mientras tanto, el oro sigue subiendo. Los bancos centrales han seguido comprando en la caída. China ha comenzado a trasladar parte de sus reservas de Londres a Hong Kong, sumándose a la repatriación global del metal. La revaluación de las reservas estadounidenses a precios de mercado añadiría
1,13 billones de dólares a un balance que lleva sin auditarse décadas.
La crisis de infraestructuras que nadie quiere ver
La demanda del AVE se hunde harta de incidencias y retrasos derivados de la falta crónica de inversión. Los medios se golpean el pecho con el crecimiento económico español superior a otros países europeos, pero la realidad es tozuda: la red ferroviaria no aguanta el ritmo y los usuarios han empezado a bajarse. Es la misma crisis de infraestructuras que afecta a carreteras, agua y energía, y que se disfraza de éxito macroeconómico gracias a la incorporación acelerada de mano de obra migrante.
En Ceuta, la llegada masiva de migrantes ha desbordado todas las previsiones. Hay quien sostiene que Marruecos no necesita armas para quedarse con Ceuta y Melilla, solo paciencia e ir introduciendo población marroquí hasta que en un par de generaciones pidan la independencia. Otros recuerdan que el rearme marroquí es real y que desde la Marcha Verde el patrón se repite. La discusión sobre la militarización de fronteras está sobre la mesa, y nadie parece tener una respuesta que no pase por el conflicto.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el mismo de siempre: los datos apuntan a una
crisis de deuda sin precedentes, a una burbuja tecnológica que no termina de pinchar y a un oro que se ha convertido en el activo de reserva por excelencia. Pero los mercados siguen subiendo. Hasta que dejen de hacerlo. Y entonces nadie sabrá decir si el desplome fue el detonante o la consecuencia.