Euskadi busca talento extranjero y el euskera le cierra la puerta
El problema de Euskadi no es el dinero. Es la gente. Pese a figurar entre los territorios más ricos e industrializados de España —y a recibir de forma constante nuevos residentes llegados de fuera—, la comunidad pierde población año tras año mientras su industria busca relevo con una mezcla de urgencia y de torpeza. La cifra que resume el vértigo es esta: atraer
10.000 trabajadores al año, preferentemente sudamericanos, para sostener un tejido productivo al que le falta mano de obra. El cómo hacerlo, y el precio que tiene, es donde arranca el enredo.
Los empresarios reunidos en el foro Zedarriak, un núcleo de perfiles próximos al poder autonómico, han puesto por escrito lo que muchos callan: que el sistema educativo, con el euskera como eje, se ha convertido en un muro para captar profesionales de fuera. Reclaman «flexibilizar» la escuela para que escolarizar a los hijos no sea el primer tropiezo de una familia recién llegada. Que el aviso llegue desde dentro del establishment añade sal a la herida.
El muro invisible del euskera en la escuela
En Gipuzkoa, según se apunta, ya solo se oferta el modelo D, el que imparte toda la enseñanza en euskera; las otras dos provincias avanzan en la misma dirección. El resultado, admiten los propios informes económicos, es un fracaso escolar concentrado entre el alumnado castellanohablante y de origen inmigrante. No lo dice la oposición: así lo recoge la prensa, que habla de un drama para el tejido económico.
Para una familia que sopesa mudarse con niños en edad escolar, el cálculo es simple. Quedan dos puertas: un colegio internacional —
unos 1.000 euros por hijo al mes, según quien lo ha vivido— o renunciar al retorno. Quien lo ha vivido lo resume sin rodeos: resulta
imposible volver con familia si los críos tienen ya una edad. La barrera no es el sueldo. Es el idioma en el que estudiarán sus hijos.
¿Por qué no suben los sueldos si falta mano de obra?
El relato oficial habla de escasez de trabajadores cualificados. La versión incómoda apunta a otra cosa. Cuando falta mano de obra, lo normal es que los salarios suban; en Euskadi no está ocurriendo, y el coste de vida sí escala. Hay quien sostiene que buena parte de la industria vasca es de bajo valor añadido, sin tecnología propia, y compite por precio y no por talento. Atraer a un ingeniero con una nómina que aquí se queda corta y una vivienda prohibitiva no es una oferta ganadora.
A eso se suma el invierno demográfico. La franja de edad con más peso en el mercado laboral se situaría, según un cálculo que circula en el debate, entre los
45 y los 55 años, y nadie cuenta con un reemplazo a la vista. O se robotiza hasta lo impensable, o en dos décadas habrá empresas inviables por falta de brazos, señalan los análisis más pesimistas.
Mucho empleo público, poca tasa de actividad y enchufes
Otro argumento que recorre el diagnóstico: la tasa de actividad laboral es más baja que la de regiones del sur, y en la industria se contrata mucho por contactos, con hijos y conocidos de empleados copando las vacantes. Para algunos participantes, el empleo público figura entre los mejor pagados de Europa y las subvenciones sostienen a un sector privado que no termina de ajustar precios. Lo que se ofrece fuera —más salario, menos coste de vida, un idioma internacional— juega en contra.
La propia estrategia institucional advierte de que el futuro del territorio pasa por abrir las puertas a la inmigración. El problema es el encaje: la mano que llega no siempre sirve para la fábrica, y la que sirve no siempre quiere quedarse.
La inmigración que sí incomoda
La llegada de población procedente del resto de España es un asunto político antes que económico: rompe los esquemas del relato nacionalista de una forma que otros perfiles no rompen, según se subraya. Al español que podría ocupar un puesto cualificado se le suman dos frenos que rara vez figuran en las publicaciones oficiales: el euskera como requisito y un clima social en el que declararse de fuera no siempre es cómodo. Los que se fueron a Madrid o Barcelona a trabajar de lo suyo serían los más fáciles de repatriar, con raíces e idioma de serie. Nadie parece buscarlos.
Mientras tanto, la estrategia se orienta a Sudamérica, donde el idioma no es problema y el euskera tampoco es un imán. La cuadratura del círculo sigue pendiente.
Si nada cambia, la industria vasca afrontará la próxima década con menos manos y más canas, sostenida por subvenciones y por una demografía que no acompaña. Podría corregirlo el mercado, a golpe de nómina. O no corregirlo nadie, y entonces el tejido productivo irá rebajando su ambición hasta que alguien mire atrás y pregunte en qué momento se dejó pasar.