Un forero sostiene que los bulos entorpecen el rescate en la DANA de Valencia
¿Hasta qué punto un mensaje reenviado por WhatsApp puede costar una vida? La DANA que arrasó la provincia de Valencia dejó decenas de desaparecidos, pueblos sin luz ni agua y equipos de emergencia desbordados. En medio del caos, un usuario del foro sostuvo que la difusión masiva de bulos «ha interrumpido notablemente la labor de los equipos de emergencia». No es una excusa: es un patrón que se repite en cada catástrofe y que esta vez tiene nombres, fechas y desmentidos oficiales.
Qué bulos circularon durante la DANA
El primero y más extendido fue un supuesto corte de agua en Valencia. Un mensaje viral de WhatsApp aseguraba que Aguas de Valencia iba a cortar el suministro o que el agua dejaría de ser potable.
Global Omnium lo desmintió: no se preveía ningún corte en la ciudad, aunque sí había problemas en algunas áreas de la provincia. La paradoja es cruel: mientras se garantizaba el suministro en la capital, en
Chiva o Paiporta —la zona cero— no tenían ni luz.
El segundo gran bulo fue la rotura del embalse de
Forata. La Confederación Hidrográfica del Júcar confirmó que era «completamente falso» y pidió verificar solo en canales oficiales. El tercero: que el
112 había caído. Emergencias de la Comunidad Valenciana aclaró que el teléfono seguía operativo; el único problema era el altísimo volumen de llamadas. El cuarto: un desalojo inminente en Paiporta, que
Carlos Mazón desmintió. El quinto: que el radar de
AEMET había dejado de funcionar, cuando llevaba operativo desde el 28 de octubre.
Por qué los bulos son un problema operativo, no solo informativo
Cada desmentido consume recursos. Un equipo de emergencia que atiende llamadas sobre un embalse que no ha colapsado no está rescatando a quien sí está atrapado. El usuario del foro lo dijo sin rodeos: la desinformación les obliga a parar, verificar y responder. Hay quien sostiene que el problema no es el bulo en sí, sino la falta de canales oficiales rápidos y creíbles. En contra pesa el argumento de que ningún canal oficial evita que un mensaje de WhatsApp llegue a diez mil personas en diez minutos.
La discusión derivó hacia otro terreno: si los equipos de emergencia son eficientes o no. Una parte del análisis sostiene que los cuerpos de bomberos pasan la mayor parte del año en turnos de oficina y que las catástrofes los desbordan. Otra corriente recuerda que en el incendio del barrio del
Campanar ya se cuestionó su coordinación. Y una tercera apunta a algo más incómodo: que estas catástrofes generan horas extra que algunos ven como un pastel.
La palabra «bulo» como campo de batalla política
Aquí el debate se envenena. Hay quien afirma que cada vez que se habla de bulo se está encubriendo una verdad incómoda: que sí se evacuaron pueblos, que sí hay cortes de suministro, que sí hay gente sin asistencia. Otros responden que confundir un rumor con un hecho verificado es exactamente lo que permite que los bulos se propaguen. La discusión sobre qué es un bulo y quién lo decide se ha convertido en un frente más de la polarización.
Mientras tanto, el dato que nadie discute:
decenas de desaparecidos y pueblos enteros sin servicios básicos. Los bulos no matan directamente, pero consumen el tiempo de quien podría estar salvando a alguien. Y eso, en una emergencia, es lo más parecido a un daño real.
Al final, la conclusión es la de siempre: los bulos son el impuesto que pagamos por tener WhatsApp gratis. Un impuesto que, por desgracia, se cobra en horas de rescate.