Mazón, tres días después de la DANA: ni limpieza ni máquinas
Tres días son demasiados. En las zonas anegadas por la DANA seguía sin haber limpieza, sin recogida y sin la maquinaria pesada que hace falta para retirar escombros. La queja no admite matices: apunta a
Carlos Mazón, presidente de la Generalitat Valenciana, y a la secuencia de decisiones que mantuvo la actividad normal mientras
AEMET tenía activo el nivel máximo rojo sobre la Comunitat Valenciana.
La gestión de la emergencia se juzga aquí con un reloj en la mano, no con un comunicado. La advertencia que más inquieta es la meteorológica: un participante habla de
otros 100-150 litros en menos de diez días sobre un territorio que sigue sin despejar. Con ese escenario, la petición que se repite es reclamar al ejército y a maquinaria de otras comunidades «que el tiempo apremia».
¿Qué decía AEMET y qué decía Mazón el 29 de octubre?
El aviso estaba publicado. AEMET actualizó su mapa el 29 de octubre a las 21:30 con
nivel máximo rojo activo «HOY y MAÑANA» en la Comunitat Valenciana, junto al enlace a la tabla de avisos. Es el escalón más alto de la escala y no admite lectura ambigua.
Frente a ese papel, la acusación más repetida señala una declaración del mediodía: que a las 18:00 ya no iba a llover y que la nube se marchaba hacia Cuenca. Ese contraste —aviso rojo por un lado, mensaje tranquilizador por otro— es el eje de la bronca. Y hay un participante que sostiene que
la AEMET y la delegada del Gobierno dieron el 29 de octubre la misma previsión climática que Mazón.
Las alertas que sí llegaron y quién las ignoró
Hubo instituciones que no esperaron a nadie. La Universidad de Valencia suspendió las clases el día anterior. La Diputación de Valencia cerró esa misma mañana, entre las 9:00 y las 9:30, y mandó a todo el personal a casa. La A-7 ya estaba cortada en la Ribera desde primera hora. Quien quiso enterarse, se enteró.
De ahí sale la tesis más dura contra la Generalitat: no hubo un fallo de información, sino una apuesta a que la actividad económica aguantara el tirón. Una apuesta a cara o cruz que, cuando salió mal, derivó en una cascada de reproches cruzados. A eso se suma el cierre previo del organismo de emergencias autonómico, que algunos participantes señalan como la causa de fondo de que no existiera un mando único ágil.
¿Por qué no se pidió el ejército antes?
Porque nadie dio la orden, responden los críticos, y esa es la pregunta que estos días se lanza sin que aparezca una explicación convincente. El reproche se concreta: se reclamaba
estado de alarma en la provincia esa misma noche, todos los medios del Estado —incluida la ayuda internacional ofrecida— y el despliegue militar desde el minuto cero.
Tres días después seguía faltando lo esencial. El material acumulado es explícito:
sin bombas de achique ni retroexcavadoras no se pueden levantar decenas de cuerpos atrapados, y sin camiones no hay forma de evacuar escombros. Hacen falta cientos de excavadoras, grúas y palas, y una o dos zonas centralizadas donde acumular la chatarra. Organizar eso lleva tiempo, sí, pero el reloj empezó a correr mucho antes.
Las cifras de los primeros recuentos
Los números disponibles son provisionales y, precisamente por eso, incómodos. Los médicos forenses habían realizado
162 autopsias e identificado a
39 fallecidos, y el teléfono habilitado para las familias había recibido
2.500 llamadas de posibles desaparecidos. Las informaciones que se difundían apuntaban además a la llegada de camiones con fallecidos a la feria de Valencia, a la espera de una logística que no terminaba de montarse.
En paralelo, Manos Limpias presentó una denuncia contra responsables de AEMET y de Emergencias por las muertes de la DANA. Ninguno de esos movimientos cierra una cifra definitiva.
La bronca política y las trincheras
El desastre se ha convertido en campo de batalla. Hay quien sostiene que una parte del espectro político está más cómoda contando muertos para rentabilizarlos en las urnas que exigiendo responsabilidades; la réplica llega rápido y recuerda otras catástrofes sanitarias donde el recuento de víctimas se usó con la misma ligereza. Nadie gana ese intercambio.
Más difícil de sostener es la lectura conspirativa que atribuye el desastre a una hoja de ruta global de ingeniería social. No hay una sola prueba que la respalde, y sirve sobre todo para no hablar de lo que importa: quién decidió qué, cuándo y con qué medios. La política profesional —gente que lleva toda la vida dentro del aparato del partido— vuelve a quedar retratada cuando llega la hora de gestionar de verdad.
De la corbata al chaleco rojo
La imagen pública de Mazón tampoco ayuda. Se le vio sin corbata pero con la camisa sin arremangar; con chaleco rojo, gesto que algunos leyeron como prueba de actividad y otros como puro atrezzo. Su comparecencia junto a Sánchez se percibió como la de alguien sobrepasado, y una visita de media hora a Valencia sin pisar la zona afectada alimentó la sensación de que el problema se gestionaba desde la distancia.
Hubo además quien puso el foco en lo digital: según un participante, un primer día más pendiente de desmentir bulos en redes que de mover máquinas, con el 112 sin responder llamadas. Conviene no perder de vista que, mientras se discutía si el mensaje de alerta al móvil había llegado a tiempo, la emergencia sobre el terreno seguía sin medios.
La secuencia que reclaman miles de valencianos —mando único, ejército en la calle y maquinaria pesada trabajando de noche— acabará llegando, casi con seguridad, cuando ya no sirva para rescatar a nadie. Si esa llegada tardía se convierte en dimisión, en reproche político o en nada, depende de factores que no se resuelven con un chaleco de color vivo. Conviene no apostar demasiado a que la rendición de cuentas llegue antes que la próxima lluvia.