Halloween se cae en plena DANA y el disfraz sigue en el armario
Hay una paradoja que se repite cada vez que España entierra a sus muertos: la fiesta no se cancela, se aplaza. El planteamiento que abrió esta discusión era tajante —suspender Halloween en solidaridad con las víctimas de las inundaciones del Levante— y la respuesta mayoritaria fue un encogimiento de hombros. No por insensibilidad, sino por una razón más incómoda:
la mayoría no tenía nada que suspender. Nunca lo celebró. El disfraz de furcia, como lo llamó una de las participantes, seguía en el armario desde hace semanas y no pensaba moverse de ahí.
La discusión derivó rápido hacia un terreno más áspero. ¿Tiene sentido cancelar una fiesta infantil cuando los colegios y universidades de la zona afectada ya estaban clausurados? ¿Y cuando los niños, según varios mensajes, son los que menos entienden el luto y los que más lo necesitan?
Qué culpa tendrán los críos, resumió uno. Frente a eso, el argumento contrario: no se puede poner a los niños a burlarse de los muertos por la noche cuando por la mañana han estado llorando por los fallecidos.
¿Se suspende Halloween en España por la DANA?
La respuesta corta es que no hay una suspensión general. Lo que hay es un goteo de decisiones locales, colegios que cierran, ayuntamientos que cancelan pasacalles y familias que improvisan. En la zona cero, la cosa ni se plantea: hay quien confirma que en Valencia los colegios y universidades están clausurados, con lo que la fiesta se cae por pura logística. En otros puntos, la suspensión ha llegado por miedo, no por luto:
pueblos que han cancelado por temor a que se repita lo de Valencia y por la sensación de que las autoridades no avisaron a tiempo.
El resultado es un mapa desigual. Hay quien sostiene que en Valencia hubo gente disfrazada y celebrando, incluida gente que había perdido el coche y el trabajo. Ese dato, si se confirma, dice más del país que cualquier editorial:
los españoles antes se suicidan que privarse de fiestas, amigos y drojas, zanjó un mensaje con más retranca que análisis.
El luto selectivo y la doble vara de medir
Aquí es donde la discusión se vuelve incómoda. Varios mensajes sacaron el historial: tras el 11M se jugaron los partidos de Liga y Copa, no fuera a perderse dinero. Los Sanfermines no se suspendieron jamás, matara quien matara. La conclusión que se extrae no es que Halloween sea sagrado, sino que
en España no se suspende ningún evento festivo relevante pase lo que pase. La peseta es la peseta.
Ese cinismo tiene su reverso. Si la fiesta no se suspende nunca, ¿por qué iba a suspenderse ahora? La pregunta se la hicieron varios, y la respuesta que dieron fue la misma: porque el luto, cuando es reciente y televisado, obliga a fingir. Y fingir, en un país que lleva décadas fingiendo duelo, cansa.
La fiesta como campo de batalla cultural
Debajo del asunto del luto hay otra guerra, más vieja. Halloween es una fiesta importada, y eso no se perdona.
Es el reguetón de las fiestas, sentenció uno. Otro fue más lejos: es una fiesta del infierno, con muertos horrorosos que vuelven a la vida, lo peor que se puede enseñar a un niño sobre la muerte. Y una tercera vía, la más pragmática: nunca lo he celebrado, así que seguiré igual que siempre.
En paralelo, la discusión derivó hacia el calendario religioso. Hay quien reivindica el Día de Todos los Santos con vela encendida y misa tridentina, y quien recuerda que el 1 de noviembre suele traer segunda oleada de la catástrofe, con el suelo enfangado impidiendo que absorba más agua. La fiesta y el duelo, en España, siempre acaban compartiendo semana.
Qué dicen los que sí iban a celebrar
No todos se lavan las manos. Hay quien reconoce que en su casa se había organizado algo y que se ha cancelado por respeto, y hay quien directamente ha convocado un Halloween extraordinario para disfrazarse y salir a celebrar como se debe. La justificación es tan retorcida como coherente:
disfrazarse y beber para honrar a los muertos, y si alguien pregunta, responder que está usando una catástrofe con fines políticos. Es la lógica del que no piensa renunciar a nada y necesita un argumento para no sentirse mal.
En el otro extremo, el que nunca celebró y ahora tiene excusa perfecta para prohibirlo para siempre. La fiesta se ha convertido en un test de coherencia que nadie pasa: los que la defendían ayer la cancelan hoy, y los que la detestaban ayer encuentran en las víctimas un argumento nuevo para lo mismo de siempre.
El negocio de la solidaridad
Hay un detalle que casi nadie menciona y que explica mucho: la solidaridad real no se hace con un like ni con un mensaje de duelo en redes. Se hace cogiendo el coche, yendo a Valencia y ayudando en lo que haga falta. Varios mensajes lo apuntaron, y varios reconocieron el problema:
si lo haces, seguro que las autoridades se ponen en medio. La solidaridad se topa con la burocracia, y la burocracia gana.
Mientras tanto, el saqueo. Hay quien denuncia que se están saqueando bolsos, televisiones, videoconsolas, joyas y herramientas en las zonas afectadas. Eso, más que ninguna fiesta, es lo que retrata el momento. La discusión sobre si suspender Halloween se queda pequeña al lado de eso.
La pregunta que queda abierta
Al final, la cuestión no es si se suspende Halloween. La cuestión es si alguien se lo va a preguntar de verdad a los niños de Paiporta, o si el luto se ha convertido en otro trámite administrativo que se resuelve con un comunicado y una vela encendida. Porque la fiesta, con o sin suspensión, va a seguir celebrándose el año que viene. Los muertos, no.