La CHJ envió 198 correos a Emergencias el día de la riada
¿Cómo se pierde una catástrofe entre 198 correos electrónicos? Es la pregunta que sobrevuela cada reconstrucción de aquella jornada. La Confederación Hidrográfica del Júcar remitió ese volumen de mensajes al Centro de Coordinación de Emergencias de l'Eliana entre las
5:33 de la mañana y las 23:18 de la noche. Y hay un dato que se repite como desmontaje de cualquier coartada burocrática: según el relato recogido en el hilo, el propio presidente de la CHJ planteó
dos horas antes de que se lanzara el aviso masivo a los móviles que había que enviarlo.
Ciento noventa y ocho avisos no son diligencia. Son, en la lectura más extendida, la prueba de que el sistema midió lo que venía y nadie lo escaló.
Qué revela el volumen de 198 avisos
Gana peso una tesis incómoda: el correo electrónico es un canal inadecuado para infraestructuras críticas. Vale para dejar constancia, no para garantizar que alguien lea a tiempo. La comparación que se repite es la del aviso comercial: la comunicación de una presa o de un barranco no puede viajar por el mismo circuito que las ofertas de un supermercado. Un dato de seguridad no es una promoción.
El argumento inverso es todavía más duro. Si los sistemas generaron casi doscientos avisos, es porque detectaron crecidas reales. El fallo no fue de detección, sino de escalado: había datos de peligro sobre la mesa y nadie los convirtió en una llamada, en una orden o en un mensaje a la población.
Se sabía.
Falta un detalle de cronología que se cita estos días: entre las 16:00 y las 18:45 no salió ningún correo. Justo la franja en la que el barranco se fue. Por la mañana el tráfico de mensajes era constante; a media tarde, silencio administrativo.
El barranco del Poyo y un único correo a las 18:43
Desde las 17:30 había mediciones que apuntaban a que aquello se iba a salir de madre. La respuesta documentada fue un único correo, calificado de anodino, a las 18:43. Sin llamada, sin acuse de recibo, sin consecuencia. Una parte del análisis sostiene que los organismos competentes en caudales se obcecaron con la presa de Forata y desatendieron el barranco; la presa, además, tampoco sirvió para avisar como es debido del desembalse a los pueblos de la ribera del Magro. Por ahí se fue otra vía de agua y otra oportunidad de alerta.
Hay quien lo resume sin diplomacia: si el cauce que importaba era el del Poyo, un correo enviado por la mañana solo confirmaba lo que ya estaba pasando. Servía para el expediente, no para salvar a nadie.
El SMS de alerta y las dos horas perdidas
A las 18:00 se puso sobre la mesa la posibilidad de lanzar el aviso a los móviles. El mensaje no salió hasta dos horas después. En medio, según el relato más repetido, la cadena de mando aguardó una decisión que no llegaba. En esas dos horas es donde muchos sitúan la diferencia entre una catástrofe y una catástrofe mayor.
Se ha señalado, con retintín, que el órgano de coordinación celebraba sus reuniones en un lugar sin cobertura. Y sobrevuela una pregunta que nadie contesta con comodidad: si el máximo responsable autonómico no estaba disponible, ¿no había ninguna otra persona facultada para firmar la alerta? La ventana entre las 18:00 y las 20:00 concentra los reproches.
Correo sí, llamada no: el debate sobre el canal
La lógica de enviar un correo en una emergencia es procesal: queda constancia de que se avisó, por si mañana hay que discutir responsabilidades. La lógica de coger el teléfono es operativa: alguien tiene que descolgar al otro lado. Nadie descolgó, o nadie marcó, o las dos cosas a la vez. Si no hay respuesta tras cincuenta avisos, ¿por qué se mandan otros ciento cuarenta?
Hay quien resume la paradoja con sorna: para qué llamar por teléfono si se puede mandar un correo. El reproche serio, sin embargo, va al diseño. Un sistema que depende de que un empleado público revise una bandeja de entrada en vísperas de un puente, cuando no se esperan muchos funcionarios activos, no es un sistema de emergencias. Es una oficina con moqueta.
La comparación con las riadas del siglo XX
La riada de 1957 en Valencia dejó
81 muertos y se encauzó, en buena parte, con el nuevo cauce del Turia. La del Vallés, en 1962, superó los
600, según las cifras que manejan los participantes. La de Cádiz de 1947, según el dato que se cita en el hilo, se llevó
150 vidas. La comparación que más se repite no es la del número, sino la de la superficie: un área de unos 20 por 10 kilómetros quedó anegada de forma simultánea bajo dos metros de agua, con
73 poblaciones afectadas a la vez.
La curiosidad histórica que se rescata tiene su guasa. En los años cincuenta el aviso se daba a toque de campana, de pueblo en pueblo, y la gente sabía a qué atenerse. Varias voces sostienen que aquel sistema rudimentario era más eficaz que 198 correos y un mensaje que llegó tarde.
Queda la cifra, que no admite interpretación:
220 muertos oficiales. Y queda el registro de que el agua venía escrito en un servidor de correo, a las 18:43, mientras en la sala de al lado se seguía discutiendo. La constancia, al menos, quedó.