Los bares cierran y el país pierde su último refugio
¿Por qué cierran los bares si las terrazas están llenas? La contradicción recorre un debate que arranca con una noticia de
ABC sobre el goteo de cierres en la hostelería y termina convertido en un ajuste de cuentas sobre quién sostiene el país. Las terrazas llenas no son el termómetro de nada: son las pocas que quedan, según uno de los participantes. Mientras unos celebran que el sector se purgue solo, otros avisan de que el bar era el último espacio donde un jubilado podía sentarse sin cita previa.
El bar como servicio público de facto
Hay consenso en algo: el bar no era solo un negocio. Era el lugar de reunión, el refugio de los trabajadores en el descanso, el punto donde los jubilados se juntan los días de lluvia. En Navidad, muchas familias se citan en un bar para verse sin tener que limpiar nada. Ese papel social no sale en ninguna estadística de hostelería, pero explica por qué su cierre deja un hueco que no llena ninguna aplicación de reparto.
El problema es que ese servicio se prestaba con una economía que ya no existe. El bar abría a las seis de la mañana para los cafés y los
sol y sombra de los jornaleros. La esposa en la cocina, el marido en la barra y un chaval sacando platos. El fin de semana, los hijos echaban un cable. Ese modelo familiar, con costes hundidos y horarios imposibles, es el que se ha roto.
¿Por qué cierran los bares si las terrazas están llenas?
Porque las terrazas llenas son la excepción, no la norma. En Madrid no cabe ni una persona más en cada terraza, hasta el punto de que hace falta cita previa para sentarse, según la escena que se describe. Pero en los pueblos rurales los bares cierran y en los barrios el goteo es constante: tres bares, un kiosco y dos tiendas de alimentación cerrados en menos de un año en una misma zona, mientras a quinientos metros abrían tres locales nuevos.
El relevo generacional no llega. Los nacidos a finales de los noventa y principios de los dos mil no van a un bar a diario a tomarse un par de cañas, ni mucho menos salen de copas un martes. Prefieren una plataforma de retransmisión en directo antes que meterse en un garito. Y cuando ven que hay público mayor, se dan la vuelta. Los traspasos acaban en manos de gestores sin oficio, y muchos no sobreviven al primer año.
El precio del café y la cuenta que ya no sale
El café a 1,50 euros es el símbolo de todo. Quien antes iba a diario al bar ahora se lo toma en casa con cápsula, se lleva el almuerzo en fiambrera y se bebe la cerveza comprada en el supermercado. El menú del día se ha vuelto prohibitivo. El tercio a tres euros lo paga otro. La cultura del alcohol se resquebraja y con ella el negocio entero, porque el bar vive de eso.
A eso se suma la asfixia regulatoria. El fútbol pirateado desapareció, ya no se puede fumar, los perros no entran y los camareros del fin de semana tienen contrato. Todo lo que era extra se ha regularizado y con ello se ha ido el margen. El cálculo completo de lo que cuesta mantener un bar abierto, partida a partida, da un resultado que explica más cierres que cualquier discurso sobre la vagancia.
Funcionarios, impuestos y la bronca de fondo
La discusión deriva pronto hacia el gasto público. Una parte sostiene que el problema no son los bares, sino los vividores del dinero público a los que hay que mantener. Se compara: el bar no te obliga a nada; el funcionario sí, y mucho. Otros replican que siempre ha habido vividores y que la diferencia es que antes había manga ancha para manejar cualquier negocio.
El dato que se lanza en la refriega: en 1980 había 50.000 policías en toda España y ahora hay 300.000 como mínimo. La conclusión que se extrae es que sobran estructuras y faltan incentivos. La contrarréplica es que sobran bares y no funcionarios. Nadie mueve la cifra.
Lo que se pierde cuando cierra el último bar
El mundo que se va no es solo hostelería. Sin bares, sin cines, sin kioscos, sin discotecas, sin salones recreativos, sin mercados de pequeños locales, la calle un viernes por la noche se queda vacía. El bar era el último sitio donde un cuñado podía tener razón sin que nadie le pidiera la fuente. Ahora esa función la cumple una pantalla.
Quedan los que aguantan mientras el dueño no tenga nada mejor que hacer o le compense cotizar. Y quedan las terrazas llenas, que son las de siempre, las que nunca cerraron. El resto es la cuenta que ya no sale. Ironía final: el país que presumía de camareros se queda sin barra donde apoyarse.