Madrid retira el inglés de las troncales tras 20 años de bilingüismo
Un profesor con filología inglesa —de Albacete, apunta la broma más repetida— intenta explicar en inglés las partes de una planta a niños de once años que aún pelean con su propia lengua. El desenlace de esa escena resume dos décadas. Según los críticos, los chavales salen del colegio sin entender la fotosíntesis, el tallo y las raíces, y tampoco saben inglés. Madrid, sostienen, rectifica ahora y saca el inglés de las materias de contenido, precisamente la comunidad que en
2003 fue pionera en imponerlo con Esperanza Aguirre al frente. Llega la rectificación. Llega, sostienen, con veinte años de retraso.
Qué cambia en Madrid: el inglés deja de ser el vehículo
La propuesta consiste en sacar la lengua extranjera de las asignaturas de contenido —Historia, Ciencias Naturales y compañía— y devolver esas materias al español. El inglés se mantiene, pero como asignatura propia, no como el idioma en el que se aprenden otras cosas. El argumento que se abre paso es el que llevan años repitiendo docentes y familias: no se aprende Historia por explicarla en inglés, y el contenido se recorta hasta la mínima expresión cuando el alumnado apenas entiende el idioma en que se imparte.
El programa no nació en Madrid por casualidad. En 2003 la Comunidad fue la primera en extender la enseñanza bilingüe a la red pública, un modelo que después copiaron otras autonomías. Solo
España y Malta coincidían en algo así dentro de su entorno. Veinte años después, el balance que se impone es que se entregó una hora de clase a un idioma que no se aprendió y que se le quitó a contenidos que sí se perdieron.
Profesores que no saben inglés dando clases en inglés
El punto más incómodo es el claustro. La implantación se apoyó en reciclar al profesorado existente: los mismos docentes de siempre, con un cursillo de adaptación, intentando dar en inglés lo que antes daban en español. Que el sistema estaba condenado desde el arranque es la conclusión más repetida. Para que funcionara habrían hecho falta especialistas nativos o con un dominio real de la lengua, y eso no ocurrió ni se preparó. En un centro con recursos —docentes competentes, varias horas, equipo volcado— el modelo puede sostenerse. Replicarlo en clave general, con quien había, produce el efecto contrario.
El doble rasero: bilingüe de élite y bilingüe de a pie
Hay una crítica que atraviesa toda la conversación: el bilingüismo funciona como marcador de clase. La élite sigue llevando a sus hijos a centros con bachillerato internacional en inglés, con profesorado y medios. La clase media lo intentó en la pública y salió escaldada. Volver al bilingüismo de los noventa —el que separaba a unos alumnos de otros por el idioma— no es un escenario deseable, y menos para las familias que ya habían interiorizado la aspiración contraria: que sus hijos manejaran el inglés que a ellos les faltó.
¿Merece la pena el coste para lo que se gana?
El contrapunto llega desde la empleabilidad. Una parte del análisis defiende que en el siglo XXI los sectores que compiten de verdad —tecnología, aeronáutica, ciencia— se mueven en inglés y que renunciar a él es renunciar a la carrera técnica. En oposiciones de nivel alto, recuerdan, ya se exige. Frente a eso, otra corriente sostiene que
el inglés avanzado se usa poco y que, cuando se usa, casi siempre basta un nivel elemental. Para alcanzarlo no hacen falta catorce años, sino unos meses de inmersión o de trabajo intensivo, como sostienen quienes emigran o hacen un Erasmus. La ventaja de hablar bien inglés se concentra en sectores minoritarios y las oportunidades buenas suelen estar fuera. Formar al cien por cien de los trabajadores para un puñado de puestos sale caro.
Por qué Finlandia no da inglés hasta los nueve años
El modelo finlandés aparece como contraejemplo. Allí no hay asignatura de inglés hasta los
nueve años y el país se maneja en inglés. La lectura es que la clave no está en la inmersión temprana, sino en horas de inglés bien dadas y profesores competentes, añadidas sobre una formación sólida en la lengua materna. Los países con lenguas pequeñas necesitan el inglés para salir de su ámbito; quien tiene un idioma de alcance global arriesga desprestigiarlo cuando lo arrincona en su propio sistema educativo.
El deterioro del español en el aula
Un último efecto del experimento, y el más difícil de reparar: para una parte del debate, de tanto aprender materias en inglés se dejó de manejar el español con precisión. Cada asignatura en la lengua materna no solo enseña la materia: obliga a pensar, discutir y expresarse en ella. Cuando el aula deja de exigir eso, el dominio del idioma cae. Y sin dominio del idioma, el resto de aprendizajes se tambalea. Lo resume una posición del debate con crudeza: se puede ser un ignorante en varias lenguas y un sabio en una sola.
Queda el dato que descoloca. La rectificación llega cuando el mercado laboral español apenas paga un plus por ese inglés avanzado: según los cálculos que se manejan en el propio debate, solo el
25% de los asalariados supera los 32.000 euros brutos al año, y la mayoría de los puestos no exige más que un nivel medio. Dos décadas de inmersión forzada para un idioma que, en la mayoría de las carreras profesionales de este país, no se llega a cobrar.