Libros digitales: pagas la licencia, no el libro
Una familia desembolsó
810 euros en septiembre entre el ordenador del colegio y las licencias de los libros de texto. Cuando pidió el PDF para imprimirlo y que su hijo con miopía no siguiera destrozándose la vista frente a la pantalla, la respuesta de la tutora fue un no rotundo. El libro no es suyo. Nunca lo fue. Lo que compró fue un derecho de uso temporal, atado a un dispositivo concreto y con fecha de caducidad.
El caso, contado por la madre de un alumno de 3º de la ESO en una ikastola vasca, destapa un modelo de negocio que, según los participantes en el debate, se ha extendido por toda España sin que nadie haya preguntado demasiado. El centro «se encarga» de comprar los libros. Las familias pagan. Y cuando quieren el material en papel, toca rascarse el bolsillo otra vez.
Qué se compra exactamente cuando se compra un libro digital
La licencia electrónica de un libro de texto de Secundaria ronda
entre 25 y 30 euros. No es una compra. Es un alquiler encubierto: el alumno puede descargarlo cuantas veces quiera, pero solo en el dispositivo del colegio, solo durante el curso vigente y sin posibilidad de trasladarlo a un ordenador con pantalla más grande. Al año siguiente, licencia nueva. Si hay un hermano detrás, otra licencia. El libro físico, en cambio, se hereda.
Ahí está la trampa. La editorial Santillana, en el caso concreto que se relata, vende el mismo temario de Matemáticas de 3º de la ESO bajo la serie «construyendo mundos». La familia acabó comprando el ejemplar en papel por Amazon, en castellano, para que el chaval pudiera estudiar sin pantalla.
Unos 40 euros por libro. Y lo mismo con Física. La broma se repite asignatura a asignatura.
Hay quien sostiene que el problema es de la familia por no haber elegido bien la modalidad de compra. En contra pesa un dato: en muchos centros la modalidad digital no es una opción, es la única. El proyecto de aula digital está implantado en todos los colegios de la zona, así que cambiar de centro no resuelve nada.
El negocio del Chromebook cautivo
El ordenador es otro capítulo. La familia acumula
cinco Chromebooks en casa: dos del hijo pequeño, tres del mayor. Cada uno pagado a precio de caviar ruso y ya inservible para el curso siguiente. El del primer año de la ESO estaba en perfectas condiciones tras dos años de uso. Daba igual. En tercero, dispositivo nuevo.
El patrón se repite en colegios de media España, según los participantes en el debate. El centro elige el hardware, la familia lo paga, y el aparato queda capado para que el alumno no pueda descargar los contenidos ni llevárselos a otro equipo. La licencia vive y muere dentro de ese ordenador. Cuando el curso termina, el libro desaparece y el ordenador se queda obsoleto en un cajón.
La queja de fondo no es solo económica. Es de salud. El hijo de la protagonista es miope y pasa horas frente a una pantalla que, según señalan algunos participantes en el debate, parpadea decenas de veces por segundo. La madre pidió el PDF para imprimirlo. La tutora dijo que no. Y ahí se acabó la conversación.
Por qué no puedes descargar el libro que has pagado
La respuesta técnica es sencilla: el archivo no está en el dispositivo del alumno. Está en un servidor de la editorial, y el alumno accede a él mediante una aplicación que no permite exportar nada. Ni copiar, ni imprimir, ni transferir. El DRM hace su trabajo.
La respuesta comercial es más incómoda. Si el libro se pudiera descargar, imprimir o reutilizar, la editorial vendería una vez y cobraría una vez. Con la licencia anual, cobra cada curso. Con el dispositivo atado al centro, cobra también el hardware. Y con el PDF inaccesible, la familia que quiere papel paga dos veces por el mismo contenido.
Algunos centros ofrecen la opción de comprar el libro físico además de las licencias digitales. Otros ni lo plantean. En el caso que nos ocupa, la familia ha optado por comprar los libros de Matemáticas y Física por su cuenta, en castellano, y que el chaval estudie como pueda. La factura sigue creciendo.
La alternativa que nadie quiere poner encima de la mesa
Hay una pregunta que sobrevuela toda esta discusión: si el temario de Matemáticas, Lengua o Historia apenas cambia de un año para otro, ¿por qué no se usan materiales libres de derechos, fotocopias o apuntes, como se ha hecho siempre en la universidad? La respuesta oficial es la calidad editorial. La respuesta no oficial, según algunos participantes, es que ahí no hay negocio.
Las editoriales escolares facturan en España miles de millones al año, según algunos participantes. El libro de texto es un mercado cautivo: el centro prescribe, la familia paga, y no hay competencia real porque el contenido está atado al currículo. Digitalizar el libro no ha abaratado nada. Ha añadido una capa más de coste: el dispositivo, la licencia y, si quieres papel, el libro físico.
Mientras tanto, los alumnos estudian con ventanas abiertas, saltando del libro al Moodle y del Moodle al Classroom, con los apuntes a medias y la vista castigada. Algunos padres han empezado a organizarse. Otros han tirado la toalla y compran en papel lo que ya pagaron en digital. La pregunta ya no es si el modelo funciona. Es cuánto más van a aguantar las familias antes de mandarlo todo al carajo.