La FAO propone en la COP28 reducir el consumo de carne a 15,7 kilos por persona al año
¿Cuánta carne come usted al año? Si es estadounidense, unos 127 kilos. Si es nigeriano, siete. Si es congoleño, tres. La FAO, la agencia de la ONU para la agricultura y la
alimentación, pretende aprobar en la cumbre climática que se celebra en Dubái del 30 de noviembre al 12 de diciembre una hoja de ruta que fije las prioridades para los próximos años, entre ellas la reducción del consumo de carne, según el material que ha circulado estos días. La cifra objetivo que se menciona es
15,7 kilos por persona y año, lo que equivale a unos 40 gramos diarios. La justificación que se cita es que los sistemas alimentarios generan casi un tercio de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. En algunos análisis se presenta la medida como una limitación de la libertad.
¿Qué dice exactamente el plan de la FAO?
La hoja de ruta que la FAO pretende aprobar en la COP28 fija las prioridades para los próximos años. Entre ellas, la reducción del consumo de carne. No se trata de una prohibición, sino de una transición ecológica en la industria cárnica que, en la práctica, se traduciría en menos carne en el plato. La cifra objetivo que se maneja es
15,7 kilogramos anuales por persona. Para un estadounidense, eso supondría un recorte muy severo. Para un europeo medio, también implicaría un ajuste notable. El fundador de Clim-Eat, Dhanush Dinesh, lo resumía así: «La ganadería es políticamente delicada, pero tenemos que abordar cuestiones delicadas para resolver el problema. Si no abordamos el problema de la ganadería, no vamos a resolver el cambio climático. El problema clave es el consumo excesivo».
El choque con la realidad: lo que se comía antes y lo que se come ahora
La propuesta ha reabierto un debate recurrente: ¿de verdad comíamos menos carne antes? En España, hasta los años sesenta, la carne que se consumía era la de la matanza, según se ha señalado en la conversación. Un cerdo de 150 kilos para una familia numerosa, algún conejo, un pollo capón en Navidad. El cálculo que se maneja en la conversación es que eso daba para unos
16 kilos por persona y año. Es decir, casi exactamente lo que ahora se propone. La diferencia es que entonces no había supermercados con bandejas de animales ni capacidad económica para comprar vaca todas las semanas. La nevera no ayudaba. Y la gente medía, de media, 1,65 metros, según se ha comentado. Hoy, la generación que creció comiendo carne para desarrollarse mide diez centímetros más, según se ha afirmado. La correlación no es necesariamente causal.
¿Solo afecta a Occidente?
Esa es la pregunta que más ha circulado. El plan, tal como se ha difundido, se centraría en los países occidentales. En Argentina, por ejemplo, un participante afirma que el consumo medio ronda los
400 o 500 gramos diarios por persona, y no parece que una inflación del 600% anual vaya a frenarlo. En Nigeria o Congo, las cifras son de 7 y 3 kilos al año respectivamente. Algunos participantes señalan la paradoja de que se pida un esfuerzo a quienes ya comen mucho y no se aborde el crecimiento demográfico de regiones donde el consumo es mínimo. Como se ha señalado con sorna, los millones de ñues, gacelas, cebras y elefantes que campan por África no parecen entrar en el cálculo de emisiones. Ellos no usan petróleo, ni coches eléctricos, ni ropa que se agujerea al quinto lavado.
El impacto económico: la carne como artículo de lujo
Si el plan sale adelante, el efecto más inmediato podría ser el precio. La carne ya está subiendo. Algunos carniceros, según un participante, notan que se vende menos solomillo y más cerdo y pollo. La tendencia apuntaría, según esa opinión, a que la carne se convierta en un producto de lujo, al nivel del jamón de bellota o el caviar. No haría falta prohibirla: bastaría con que fuera inasequible para el ciudadano medio. Mientras tanto, las élites seguirían comiendo lo que les venga en gana, según ese mismo comentario. La hipocresía sería la misma que la de las piñas peladas en tarrina de plástico o las camisetas de algodón que duran menos que un caramelo. Para unas cosas, barra libre; para otras, recortes.
La resistencia: «Comeré el doble»
La reacción en los sectores que se sienten señalados no se ha hecho esperar. Hay quien sostiene que, si se aprueba el límite, consumirá el doble o el triple, por vía legal o ilegal. Otros apuntan a que la solución no es reducir la cantidad, sino mejorar la eficiencia: no es lo mismo una ganadería extensiva que una macrogranja, ni un chuletón de vaca vieja que una hamburguesa de soja. La crítica más repetida es que se fija el foco en el consumo y no en la contaminación por unidad producida. Como si todas las formas de producir carne fueran iguales. Como si el problema fuera el filete y no el modelo industrial que lo pone en el plato.
Al final, la pregunta no es si la FAO tiene razón o no. La pregunta es quién va a pagar la factura. Y, como siempre, no serán los que redactan la hoja de ruta.