El consumo de carne de ternera cae un 40% con los precios por las nubes
¿Cuánto ha subido la ternera para que los hogares hayan dejado de comprarla? El dato que abre la discusión es contundente: el consumo de carne de ternera ha caído un 40%. No es una campaña de concienciación ni un giro vegano de la población. Es el precio. La carne de vacuno se ha convertido en un producto de lujo para una parte creciente de las neveras españolas, y el hueco lo han ocupado el pollo y el cerdo, cuyas subidas han sido mucho más suaves.
La explicación oficial habla de un cambio de hábitos hacia algas e insectos como nuevas fuentes de proteína. La explicación real que se lee en los carritos es otra: cuando el kilo de lomo de añojo pasa de 17-18 euros a 24-25, y las ofertas escasean, la proteína animal de calidad sale de la cesta. El fenómeno no es una rareza española.
El precio del lomo de añojo se come el presupuesto
Los números que se manejan en la conversación son de compra diaria, no de estadística. Un consumidor describe cómo el lomo de añojo que antes compraba a 17-18 euros el kilo está ahora en 24-25, y que las ofertas a 19 euros son escasas. Otro apunta que el entrecot y el chuletón solo aparecen a 14 euros en momentos puntuales, y que cuando eso ocurre compra dos o tres kilos para congelar. La estrategia del
banquetón es la respuesta racional a un mercado que castiga al que compra al día.
Hay quien sostiene que la carne no es tan cara todavía y que el problema real está en el pescado, con anisakis y mercurio como compañeros de bandeja. El argumento tiene su lógica: si el pollo y el cerdo suben menos, la sustitución es natural. Pero el dato del 40% en ternera no se explica por una moda, sino por una resta de precios que ya no cuadra.
¿Por qué se habla de algas e insectos si nadie los compra?
La tesis de que el consumo de algas e insectos está en auge se recibe con escepticismo. Se argumenta que es una operación de marketing para instalar en el imaginario que la proteína tradicional es cara y prescindible. La carne cultivada en laboratorio aparece en la conversación con una empresa vasca a la cabeza, BioTech Foods, que obtuvo financiación de la Comisión Europea, y un objetivo declarado: que para 2040 al menos el 30% del consumo de carne provenga de laboratorios.
Ese horizonte convive con una realidad más prosaica. En el mismo carrito, el consumidor compara filetes de ternera austriacos a 11-12 euros el kilo con los precios españoles y no entiende la diferencia. El diferencial de precio entre países para el mismo corte descoloca a quien compra fuera y vuelve.
El consumo de carne como termómetro de la renta
La caída del 40% en ternera se lee también como un indicador de renta disponible. Cuando el gasto en alimentación se contrae, lo primero que desaparece del ticket es la proteína animal más cara. La comparación con otros países se cuela en la conversación: en la India, con una dieta mayoritariamente vegetariana, el PIB per cápita no se parece al de Suiza o Singapur, que están entre los mayores consumidores de carne. La correlación entre consumo de proteína animal y renta no es una opinión, es una regularidad histórica.
Frente a eso, aparece el argumento de la racionalización: comer carne a diario no es una necesidad, es una costumbre reciente. El descenso del consumo, visto así, no sería alarmante, sino una vuelta a patrones más moderados. El problema es que la moderación forzada por precio no es una elección, es una resta.
La cesta que se llena con 40 euros y la que no
El debate deriva hacia el reparto del gasto. Hay quien sostiene que con 40 euros a la semana se llena la nevera de huevos, pollo, cerdo y hamburguesas, y que el problema no es el precio de la ternera sino la prioridad que se da al gasto. La crítica apunta a quien paga 35.000 euros por un SUV, bebe gin-tonics o fuma, y luego mira al céntimo el precio del kilo de carne.
El contraargumento es que la carne procesada no es carne: las hamburguesas y los jamones de york llevan féculas de patata para abaratar. La proteína barata es, en buena parte, proteína estirada. Y ahí el ahorro se paga en calidad nutricional.
Con estos diferenciales, la sustitución de ternera por pollo y cerdo debería seguir su curso. Y seguirá. Lo que no está claro es si alguien echará de menos el chuletón cuando solo aparezca en las ofertas.