La tesis de Finkelstein sobre la industria del Holocausto
Norman Finkelstein publicó en 2000 «La Industria del Holocausto», un libro que sostiene que la memoria del exterminio nazi se convirtió en un negocio a partir de 1967. La paradoja que rodea al autor es difícil de exagerar: es hijo de supervivientes y nunca ha negado el Holocausto, y aun así fue tachado de antisemita y apartado de la docencia.
De qué habla el libro, entonces. No de si el exterminio ocurrió, sino de que el dolor se ha explotado por vía
económica y política. Su tesis es que buena parte de las indemnizaciones, los litigios y el relato público han acabado en organizaciones, abogados y plataformas que no pisaron un campo.
Qué cifras maneja La Industria del Holocausto
Finkelstein calcula en unos
100.000 los supervivientes que al final de la guerra habían pasado por guetos, campos de concentración y campos de trabajo, y estima que en 2000, fecha de publicación, no quedaba más que una cuarta parte de ellos. De ahí el punto incómodo: mientras los supervivientes reales envejecen y desaparecen, los beneficiarios institucionales de su sufrimiento no dejan de multiplicarse.
El mecanismo que describe no tiene nada de místico ni de secreto. Indemnizaciones alemanas, demandas, fundaciones, cuotas de representación y un relato que con el tiempo se vuelve
moneda de cambio político. Quien padeció el campo recibe poco. Quien administra su memoria, no siempre.
Por qué 1967 marca el punto de inflexión
La tesis central sitúa el arranque del fenómeno en la guerra árabe-israelí de junio de 1967. Antes de esa fecha, sostiene el autor, Israel y el exterminio ocupaban un lugar secundario en la vida de la comunidad judía estadounidense. Un análisis de 1957 del sociólogo
Nathan Glazer ya señalaba que la Solución Final tenía «notoriamente poca influencia en la vida interior» de esa comunidad.
En esos años las principales organizaciones se alinearon con Washington en el apoyo a una Alemania rearmada y apenas desnazificada. El Congreso Judío Mundial dejó de oponerse tras firmar un acuerdo de indemnizaciones a principios de los cincuenta, y una de las grandes ligas contra la difamación envió su primera delegación oficial a Alemania en 1954. El objetivo, según esta lectura, era contener la ola de sentimiento antialemán.
Después de 1967, siempre según el libro, todo cambia: el Holocausto pasa a ser pieza central del discurso público. La tesis oficialista lo discute con dureza, y el autor insiste en que los dos grandes dogmas que sostienen la estructura —la unicidad absoluta del hecho y la idea de un odio eterno e irracional— no aparecen en los trabajos académicos serios sobre el exterminio.
El coste profesional de sostener esta tesis
Finkelstein era profesor en la
DePaul University de Chicago. En junio de 2007 fue apartado de la docencia y trasladado a cargos administrativos para el curso 2007-2008. En septiembre de ese mismo año abandonó la universidad. La secuencia, para sus defensores, confirma el propio argumento del libro: quien toca el relato, paga.
El negacionismo es otra cosa, y no tiene pruebas
Conviene no mezclar dos discusiones. Una es económica y política. Otra, distinta, es la de quienes usan este terreno para negar el exterminio o poner en duda las cifras. Esas posiciones —repetidas en torno a los recuentos de víctimas, la viabilidad técnica de las cámaras de gas o las condiciones de los campos— no están respaldadas por pruebas, y la propia tesis de Finkelstein las rechaza.
Lo que sí se discute con números es la proporción. Las víctimas judías, sobre el total de muertos de la Segunda Guerra Mundial, rondan el
8%. Que una sola cifra concentre casi toda la memoria pública y las demás queden en penumbra merece una explicación. Que el hecho no ocurriera no es esa explicación.
Churchill, la ley y las fechas que no cuadran
Un apunte que se repite en este asunto:
Winston Churchill murió en 1965 y, según se sostiene, no mencionó el Holocausto en su extensa obra. El despegue del relato llegaría después, con la guerra de junio de 1967. En esa contienda, Estados Unidos envió su VI Flota a la zona y un buque estadounidense, el
Liberty, fue atacado con un saldo de
34 muertos y 173 heridos; trece comisiones oficiales lo atribuyeron a un error de identificación.
Y un detalle legal que se repite: en España, dudar del Holocausto dejó de ser delito en 2007, según el planteamiento que se maneja. ¿Desde cuándo una verdad necesita que la proteja una ley?
Con esto sobre la mesa, la cuestión sigue abierta. Si el problema de fondo es el negocio montado sobre la memoria, ¿por qué el terreno se llena de negacionistas que no aportan una sola prueba? Y al revés: ¿por qué quien denuncia ese negocio sin negar nada acaba fuera de su cátedra?