Las represalias económicas a Marruecos que Sánchez no aplica
Casi ningún español vería con disgusto que Marruecos pagara de alguna manera. La frase circula como un mantra tras la última crisis, pero el Gobierno de Pedro Sánchez se mueve en dirección contraria: gracias públicas a Rabat, ninguna medida concreta y un silencio que contrasta con la demanda social. La paradoja es difícil de sostener.
El arsenal de medidas que espera en el cajón
En términos comerciales, las opciones existen y no son menores. Poner aranceles a los productos marroquíes, cerrar la frontera a las mercancías, prohibir las remesas o revisar los procesos de nacionalización son algunas de las palancas que se citan con insistencia. También las más simbólicas: visados de 5.000 euros para el paso del Estrecho, apoyo explícito a la causa saharaui o un acercamiento estratégico a Argelia. Hasta el boicot tiene diana clara: los arándanos marroquíes y el Dacia Sandero fabricado en la planta de Tánger, que surte buena parte del mercado europeo.
El argumento económico detrás de esta batería es simple: Marruecos depende de las remesas que llegan de España y Francia. Cortar ese flujo, sostienen algunas lecturas, provocaría un problema interno en semanas. La debilidad estructural del vecino del sur es evidente para cualquiera que haya recorrido Marrakech.
Pegasus, el móvil y el gobierno que no mueve ficha
Pero hay una razón que explicaría el inmovilismo y no es la buena voluntad. El espionaje del teléfono de Sánchez con Pegasus copa la discusión pública. Hay quien sostiene que el presidente tiene cuentas pendientes con Rabat desde antes de llegar a Moncloa y que eso anula cualquier capacidad de respuesta. La existencia de un “móvil honeypot”, un dispositivo señuelo infectado deliberadamente, añade otra capa: el material sensible estaría en terminales críticos blindados, no en el que se vio comprometido.
Lo más llamativo es el mutismo institucional. Ni PSOE, ni PP, ni Vox señalan al agresor en sede oficial. Solo Ione Belarra ha apuntado con el dedo a Marruecos. En el otro extremo, una corriente de análisis va más allá: el Ejecutivo no estaría chantajeado, sino directamente alineado con los intereses marroquíes.
La pregunta incómoda del final
El contexto internacional tampoco ayuda. La alianza entre Washington y Rabat, sellada bajo los Acuerdos de Abraham, deja a España con poco margen para gestos unilaterales. Las referencias al 11-M o a la crisis de Perejil operan como avisos de lo que pasa cuando Madrid reta a su vecino.
Con tantas herramientas sobre la mesa, la pregunta no es cómo responder, sino por qué no se responde. Y quizá la respuesta esté en los contenedores que nunca se abren en la aduana.