Japón reclama cuatro islas Kuriles y agita el mapa del petróleo
Japón no ha reclamado Sajalín. El titular que ha circulado estos días mezcla dos cosas muy distintas: Tokio sostiene desde hace décadas una reclamación sobre
cuatro islas de las Kuriles del Sur —Iturup, Kunashir, Shikotan y Habomai— y nunca ha puesto en esa lista la gran isla petrolera de Sajalín. El papel que invoca la parte japonesa es el
Tratado bilateral de 1855 sobre comercio y fronteras; la respuesta rusa es el control efectivo del terreno desde 1945. Entre medias hubo una declaración soviético-japonesa en
1956 por la que Moscú se avino a estudiar la cesión de dos de esos islotes. Nunca se ejecutó.
La chispa inmediata no fue territorial, sino financiera. Lo que abrió la conversación fue el anuncio de
sanciones adicionales de Japón sobre Rusia y Bielorrusia, que incluyen el bloqueo de activos de una treintena de altos cargos gubernamentales y empresarios.
Qué reclama Japón exactamente (y qué no)
Las cuatro islas quedaron fuera del acuerdo que cerró la Segunda Guerra Mundial, y ahí está el núcleo jurídico del asunto. Tokio se apoya en el tratado de 1855; Moscú, en que administra el territorio desde la derrota japonesa. La declaración de 1956 abrió una puerta —transferir Shikotan y Habomai— que se cerró sin que nadie la atravesara. De Sajalín no hay reclamación alguna: es otra isla, mucho mayor, con su propia historia y su propio subsuelo. La confusión circula con más fuerza que el dato correcto, y conviene fijarla antes de seguir.
Un país ocupado o un socio con margen propio
Aquí aparece la línea de análisis más repetida: que Japón no decide, obedece. Se sostiene que el país funciona como un
protectorado estadounidense desde 1945 y que sus movimientos en política exterior son, en la práctica, órdenes con membrete ajeno, igual que se aplica a la Unión Europea o a Ucrania. Se añade un argumento incómodo: que quien hoy pide gestos contra Moscú es el mismo Estado que lanzó las bombas de Hiroshima y Nagasaki, con
más de 100.000 muertos.
Enfrente hay una lectura menos conspirativa. Tokio lleva décadas reclamando esas islas en cada cumbre y lo que hace ahora es recordarlo con el Kremlin distraído en otros frentes. No sería una orden, sino oportunismo: rédito diplomático y algo de ruido para consumo interno cuando la agenda doméstica aprieta.
Rusia, dos flancos y un aliado en Pekín
El asunto se plantea también como aritmética militar. Abrir un segundo frente en el extremo oriental mientras se sostiene otro en Europa es caro, y Moscú ya tiene bastante. Otros recuerdan que Rusia se apoya en China y que el equilibrio de fuerzas no invita a Tokio a nada parecido a un desembarco. Los islotes tampoco ofrecen playas cómodas: poca cosa para una operación anfibia, y sin población que la justifique.
Petróleo y gas bajo esas aguas
El interés económico estaría en el fondo marino, no en el censo. Allí, básicamente, no vive nadie; el valor es la plataforma continental. La secuencia que se recuerda es larga: prospecciones japonesas en Sajalín hacia
1975, expropiación de lo encontrado cuando apareció crudo, y ya a finales de los noventa y principios de los 2000, negocios conjuntos de compañías como
Shell o BP con empresas rusas.
Circula una afirmación sin verificación pública: que bajo esas aguas hay reservas mayores que las de Arabia Saudí. Se atribuye a un ingeniero ruso del sector. Sin auditoría a la vista, es una hipótesis, no un dato. La isla tiene, eso sí, literatura: Antón Chéjov viajó a Sajalín y publicó su crónica del penal.
Un ejército que no parece tan débil y una deuda que no asusta
Los números que se manejan dibujan un país que no necesita declarar una guerra para ser relevante:
125 millones de habitantes, tercer PIB del mundo por detrás de EEUU y China, 53 destructores y fragatas, 20 submarinos, 150 cazas F-35 y tres portaeronaves capaces de embarcar F-35B. La ausencia de portaaviones puros se explica por un marco constitucional de fuerza nominalmente defensiva.
Su fotografía financiera sorprende a quien solo mira el ratio: una deuda en torno al
250% del PIB, sí, pero con el Banco de Japón como propietario de buena parte de la bolsa nacional y con un billón de deuda estadounidense en cartera. Deuda consigo mismo, resume la tesis. Con el control ruso sobre el terreno intacto, la declaración de 1956 sin ejecutar y el subsuelo sin auditar, la pregunta sigue siendo la de hace siete décadas: ¿qué se negocia aquí, soberanía o barriles?