Apamea.
Así se llama o llamaba una antigua ciudad que estaba situada a orillas del río Orontes, a unos 55 km de Hamá. Mira al valle Ghab y realmente el conjunto de ruinas impresiona por su estado de conservación con su calle romana y sus columnas clásicas alineadas desde hace miles de años, unas junto a las otras. La historia nos indica que Apamea era apenas un pequeño pueblo conocido como
Pharmake antes de convertirse en la enorme ciudad helena que conocemos. Como tal se fundó en el año 300 a.C de la mano de uno de los generales de
Alejandro el Grande, Seleucus Nicator, el primer rey de su propia dinastía en Siria.
Es una ciudad con nombre de muyer pues la esposa del general se llama Apame. La ciudad creció y floreció con rapidez y así, en poco tiempo, pasó a ser una de las tres ciudades mas importantes de la zona. Para la época, medio millón de habitantes era mucha gente. Bien, que en el año 64 a.C la ciudad pasó a integrar el Imperio Romano y las ruinas que vemos hoy en día pertenecen mayoritariamente a esta época. Por aquí, por sus calles, pasaron Cleopatra y Séptimus Severus, por ejemplo
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Cuando los romanos dejaron paso a los cristianos la ciudad se convirtió en un centro de teología y filosofía monoteísta, tuvo una etapa bizantina y otra persa, aunque en el siglo VII fue conquistada por el Sarracin. No fueron buenas épocas y el brillo y esplendor pasado fue opacandose para sucumbir definitivamente bajo la administración árabe. En el año 1157 Apamea fue destruida por un fuerte terremoto que, increíblemente, no derrumbó todas las columnas que aún hoy se pueden ver.
Las ruinas arqueológicas actuales datan de los períodos romanos y bizantinos y las protagonistas indiscutidas son las elegantes columnas. Aunque la larga calle de 1,85 km de largo y 87 metros de ancho no se queda atrás. Hay también un viejo teatro y un museo con mosaicos de la ciudad, estelas funerarias y sarcófagos con inscripciones en latín mas unas 15 mil tableteas con escritura cuneiforme.