Muere a los 68 años Akira Toriyama, el creador de Dragon Ball
El 1 de marzo fallecía Akira Toriyama. La noticia no se conoció hasta días después y, cuando llegó, lo hizo envuelta en confusión: el autor murió por un
hematoma subdural agudo provocado por un traumatismo craneal grave, pero buena parte del público tardó en encontrar el comunicado oficial y hubo quien lo confundió con un problema cardiaco o con un simple derrame. «¿Se ha caído o cómo tiene un traumatismo en la cabeza?», se preguntaba más de uno al leer el aviso.
En ese hueco entraron a la vez el duelo auténtico y las teorías de siempre. Una corriente minoritaria intentó endosar la muerte a una vacuna, sin ninguna prueba que lo respalde. El resto se quedó con lo esencial: se ha muerto el hombre con el que creció más de una generación, dentro y fuera de Japón.
Qué pasó: hematoma subdural agudo y un comunicado difícil de encontrar
Toriyama tenía 68 años. La causa: hematoma subdural agudo secundario a un
traumatismo craneal grave. La diferencia entre el golpe y la hemorragia no es menor, y ahí arrancó el desconcierto. Un hematoma subdural no es un ictus ni un infarto: es una acumulación de sangre entre el cráneo y el cerebro que suele aparecer detrás de un traumatismo, aunque a veces surja sin uno evidente.
En los mensajes que circularon, unos hablaban solo del hematoma y otros del traumatismo. La fecha de la muerte, el
1 de marzo, se supo antes que la causa, y el anuncio llegó con retraso respecto al fallecimiento. Ese doble desfase —qué mató al autor y cuándo se dijo— alimentó las dudas sobre si hubo una caída, un accidente doméstico o algo más.
¿Es raro morir a los 68 años en Japón?
Menos de lo que sugiere la leyenda del país longevo. La esperanza de vida al nacer para los hombres japoneses ronda los
81 años, pero esa cifra es un promedio, no una promesa, y esconde una dispersión enorme. Uno de cada
cinco hombres de 30 años no llega a los 70. De cada cinco varones que hoy cumplen los 30, uno no llegará a los 70.
La estadística se entiende mejor con otro ejemplo que se manejó: una mujer australiana que ya ha alcanzado los 65 años tiene por delante una esperanza de vida cercana a los 89, y aun así un 5% de ellas no llegará a los siete años siguientes. Morir a los 68 no es una anomalía japonesa ni un síntoma de nada raro. Es mala suerte repartida, y las tablas actuariales lo saben desde hace décadas.
Del mono borracho a Chrono Trigger: mucho más que dibujos
Reducir a Toriyama a una sola serie es quedarse corto. Firmó
Dr. Slump, diseñó los personajes de Dragon Quest y de Chrono Trigger, y dejó en Dragon Ball un catálogo de referencias que desborda el manga japonés. Goku bebe directamente del
Rey Mono de «Viaje al Oeste», una novela clásica china de hace más de mil años, y el propio Genio Tortuga aparece en una escena haciendo de mono borracho, dentro de ese trasiego de referencias a la cultura china y de Hong Kong que señalaban algunos seguidores.
De ahí que chirríe el mote de «dibujitos chinos» con el que a veces se despacha la serie. La escritura japonesa, el ramen o las gyozas vienen de China, y la primera etapa de Dragon Ball es una adaptación libre de un texto chino. Toriyama jugaba con esa mezcla. Los dibujos, en todo caso, eran japoneses.
Una serie que en España se vio antes en las autonómicas que en Antena 3
Para varias generaciones españolas, Dragon Ball no fue solo un anime: fue un reparto desigual de horarios. Hubo quien la descubrió en
Canal Sur, quien la persiguió en Telemadrid a las 20:30 y quien esperó años para ver el final de Dragon Ball Z en
Antena 3. Por Telecinco habían pasado antes Caballeros del Zodiaco, City Hunter o «Bésame Licia».
Y no todas las etapas fueron suyas. Dragon Ball GT fue un invento de
Toei, mientras que en Dragon Ball Super sí estuvo implicado. El matiz importa más de lo que parece: buena parte del rechazo a lo que vino después de Z tiene que ver con quién estaba detrás de cada producto, no solo con la nostalgia.
La letra pequeña de la nostalgia: quién cobra de tu infancia
Detrás del homenaje asoma el modelo de negocio. La industria del manga está copada por un puñado de editoriales que controlan la distribución —cuatro o cinco, según el recuento que circula—, así que un autor que quiera montar su propio sello choca con el mismo muro: sin distribución no hay ventas. Muchos empiezan como ayudantes, cobran poco y controlan mal los derechos de su obra.
El detalle que se pierde casi siempre: el porcentaje del autor se limita al papel, y del merchandising —camisetas, muñecos, tazas, cualquier cosa con su dibujo— apenas ve una parte mínima. El desglose completo de cómo se reparte ese dinero da para una conversación aparte, y es la parte menos romántica de un legado que se celebra a golpe de tuit.
Queda el dato que descoloca. Toriyama llevaba años sin dibujar, casi retirado, y aun así su muerte generó una ola de duelo que atravesó fronteras, idiomas y edades. «Mi infancia se está muriendo», resumía uno. Y mientras tanto, el aviso sobre las vacunas sigue circulando sin una sola prueba que lo sostenga. La nostalgia, al parecer, también tiene lista de espera.