El empleo de 35 a 55 años pierde peso: 2,2 puntos menos de activos
BBVA Research lanzó el aviso: la tasa de participación de los españoles de entre 35 y 54 años lleva tiempo cayendo de forma «sorprendente» y esa tendencia amenaza con tocar techo al crecimiento del
empleo. El número que sostiene la advertencia es este: la proporción de activos de 35 a 55 años sobre el total ha pasado del
55,2% al 53%. Dos coma dos puntos de peso relativo esfumados en un mercado que, sobre el papel, sigue creando puestos de trabajo.
Quién está desapareciendo de las estadísticas de actividad
Parte de la caída no tiene nada de misterioso. La población envejece y eso reduce la disponibilidad de trabajadores en edad de trabajar: los activos de más de 55 años han pasado del
13% al 20,5% del total en apenas una década. El grupo que debería estar en la parte central de su vida laboral pierde cuota mientras el tramo final la gana a un ritmo muy superior.
Ahí está el matiz que desmonta media docena de titulares. El peso relativo del tramo 35-55 cae 2,2 puntos, sí, pero el de los mayores de 55 sube
7,5 puntos en el mismo periodo. Se trata más de un trasvase interno de la pirámide que de una fuga masiva. La pregunta interesante no es cuánta gente se ha ido, sino cuánta ha dejado de contar.
El desánimo: formación que no encaja con lo que piden las empresas
BBVA Research señala algo menos mecánico que la demografía: el desánimo. Existe un desajuste entre lo que saben hacer quienes abandonan el mercado y las capacidades que demandan las empresas, y ese hueco empuja a parte de esa población a dejar directamente de buscar empleo. No es un problema de aptitud; es de encaje.
El circuito se describe a menudo en tres pasos. Sin titulación no hay experiencia acreditable. Sin experiencia no hay contrato. Y el reciclaje formativo, cuando aparece, lo paga el propio candidato de su bolsillo, porque la inversión de la empresa en formar a quien ya tiene en nómina brilla por su ausencia. Cuando ese círculo se cierra, la salida lógica es bajarse del mercado.
Los residentes extranjeros se apuntan al mercado mucho más que los nativos
Los datos de actividad dibujan una brecha difícil de ignorar. La tasa de actividad de la población extranjera residente en España se sitúa en el
69,4%: siete de cada diez mayores de 16 años trabaja o quiere hacerlo. Entre los residentes con nacionalidad española, esa tasa baja al
56,7%. El grupo con la cifra más alta es el de la doble nacionalidad, que asciende al
76,8%.
La explicación que dan los expertos es sencilla: quien llega a España suele hacerlo, precisamente, con la intención de trabajar. De ahí que el descenso de participación en la franja de 35 a 54 años se concentre sobre todo entre los nativos. La lectura interesante, sin embargo, no es quién trabaja más, sino qué se está haciendo con el hueco que dejan los que se retiran del mercado a mitad de camino.
Las salidas: oposición, subsidio de mayores de 52 y emigrar
Porque las puertas de salida son muy concretas. La primera es la oposición: un participante del debate asegura que en determinados entornos conoce ya a más gente preparando una plaza que cambiando de empresa. La segunda es el escalón administrativo. Un forero describe el itinerario paso a paso: a los 49 años, con 13 cotizados, dos años de paro y la ayuda de acompañamiento bastan para aterrizar en los 52 con 15 años de cotización y enganchar la ayuda para mayores de 52 hasta los 65. Y añade que el salario más habitual en España son 800 euros al mes, así que la aritmética sale sola.
La tercera puerta es la geográfica. Hay quienes relatan que siguen cotizando y viviendo fuera, en países europeos o norteamericanos, pero mantienen el empadronamiento en casa de un familiar o un amigo para conservar el acceso a la sanidad pública. Otros cifran en más de 1,5 millones los españoles que han salido del país en la última década. Ninguna de esas cifras cuadra con las estadísticas de actividad, y ahí está justo el agujero.
Hogares sin hijos y sin incentivo: la variable que no sale en los cuadros
Se sostiene una tesis doméstica que la estadística no mide: hay quien rema porque tiene hijos pequeños, y quien no tiene cargas familiares se baja del barco en cuanto la cuenta le cuadra. Si eso es cierto, la caída de participación tiene menos que ver con la pereza y más con la desaparición del motivo por el que uno aguantaba jornadas penosas a cambio de 300 euros más al mes.
A eso se suma el desgaste de trayectorias personales rotas, separaciones y hogares reconstruidos, que empujan a rehacer la vida con la calculadora en la mano en vez de con la carrera profesional. Es la parte del fenómeno que se intuye y no se cuantifica.
El desánimo no cotiza, la jubilación anticipada no hace campaña y quien se va de España sin darse de baja sigue figurando donde no está. Con estos mimbres, la anomalía no es que 2,2 puntos de activos se hayan esfumado. Es que nadie haya conseguido todavía repartir esa caída entre lo que es envejecimiento puro, lo que es desánimo y lo que es, simplemente, gente que ha dejado de contar en este país.