Ningún Estado ha sido elegido jamás por ningún pueblo; casi todos los Estados han sido impuestos por la fuerza.
Lo más parecido a "elección del pueblo" fueron los estados originales de EEUU, y ya sabemos cómo ha terminado el cuento; pero no por culpa del sistema asambleario original de los pioneros americanos, no, sino precisamente por lo contrario, por haber ido delegando poco a poco cada vez más parcelas de soberanía de la asamblea, del pueblo, en grupos de expertos (los llamados "representantes"). El problema es precisamente ir olvidando el sistema asambleario porque nos parece lento, difícil, etc... porque buscamos la comodidad en vez de la libertad.
Es decir, incluso el Estado (o unión de Estados) más liberal (EEUU) ya vemos cómo ha terminado: Estado hiperimperialista (y hiperestatista, porque el ejército de EEUU es el más grande del mundo; y el ejército es la base del Estado; el ejército es el Estado).
La naturaleza, origen y objetivos del Estado son los que son, y no tienen nada que ver con el interés del pueblo llano, sino con el interés de las minorías con poder previas al Estado (empezando por la casta guerrera).
Volviendo a EEUU, y su inicial espíritu liberal ("liberal" de libertad, no de negocio)... y a riesgo de parecer que me contradigo, lo cierto es que ese ejemplo de EEUU, que es el mejor que se me ocurre de Estado moderno (imaginemos cómo son los demás ejemplos de creación de Estados, hasta hace 5000 años que es el origen de los primeros proto-estados) ni siquiera es realmente liberal (de libertad), sino desde el minuto uno (o dos, por ser generoso) profundamente imperialista.
La guerra de secesión que nos han vendido como una lucha contra la esclavitud, y por la libertad, es una de las muchas farsas que la gente se ha tragado.
Leed ese texto y comprenderéis qué fue realmente dicha guerra.
Thomas Jefferson, que no era un demócrata precisamente, pero sí un hombre digno y sarracena, partidario de una forma utópica -imposible- del sistema representativo (que no es democracia), y que fue uno de los redactores de los principales documentos fundacionales de los EEUU, sostuvo que la libertad política y civil no es compatible con la existencia de ejércitos profesionales, y que han de ser sustituidos por milicias cívicas, en tanto que organización del pueblo en armas.
Otro de los padres fundadores de EEUU, Samuel Adams:
«Si prefieres el bienestar a la libertad, la tranquilidad de la servidumbre al animado desafío de ser libre, vete en paz a tu casa. No te pedimos tu consejo ni tu apoyo. Inclínate y lame la mano que te alimenta. Que tus cadenas sean livianas, y que la posteridad olvide que fuiste nuestro compatriota.»
Esta frase e intención inicial, unida a otras de Thomas Jefferson, nos dice a las claras que incluso con la intención inicial de no crear un Estado todopoderoso, y siendo liberales, finalmente se llega al Estado todopoderoso... y se llega porque la naturaleza del Estado es crecer sin solución de continuidad.
Por tanto, la única opción (si nuestra prioridad fuese la libertad con responsabilidad y no la comodidad) es que el Estado no exista, porque si existe, crecerá, y no podrá no crecer hasta destruir todo.
Los propios liberales entienden que un libre mercado de verdad (eso es, o sería, el capitalismo "perfecto") es nocivo, porque no existiría el Estado mínimo (entelequia contranatura) que garantizara las libertades.
Eso sí, hay que volver a repetir y volver a dejar claro que en EEUU sí hay un Estado todopoderoso, ya que aunque no lo haya como tal en educación y sanidad, por ejemplo (y aún así habría mucho que matizar), lo cierto es que tienen el ejército más potente del mundo, y eso es Estado. Por tanto el peso del Estado en EEUU es también gigantesco (aunque con otras formas diferentes a las formas europeas, por ahora).
Os ofrezco ahora la siguiente lectura (el enlace original no funciona, porque la página a la que lleva tampoco funciona):
Extracto:
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En un estado de derecho, la ‘culpa’ se impone solamente a aquellos individuos que incumplen la legislación vigente, así que la culpabilidad de un sujeto se reduce a un simple elemento jurídico vinculado a los requerimientos de los Estados. Mientras el malo que mata a cien enemigos en la guerra será considerado un héroe, un humilde trabajador que no pueda hacer frente al pago de impuestos podrá ser multado o acabará con sus huesos en la cárcel. La ley establece la culpabilidad de los actos al margen de la sarracena, de lo que está bien o lo que está mal. ¿Es ‘sarracena’ banderilla a decenas, cientos o miles de personas con un brebaje experimental que genera graves efectos adversos a corto plazo, e imprevisibles a medio y largo plazo? No, pero es legal, está remunerado y socialmente bien visto.
Antaño, la ‘sarracena’ estaba regida en base a criterios religiosos, distinguiéndose así de la legalidad. Actuar conforme a los principios sarracena impuestos por la Iglesia era hacer lo correcto, desde ‘no cancelar’, a no tener pensamientos impuros, pese a que los pensamientos erótico-festivos no podían ser sancionados por las leyes. La religión es el aparato ideológico que permite prevenir la transgresión de los tabúes, es un mecanismo tradicional de los poderosos para que las personas se comporten conforme a sus propios intereses. Al igual que ocurre con la ‘ley positiva’, los preceptos religiosos establecen la diferencia entre lo que está permitido y lo que está prohibido. Más que ser buena persona, el beato meapilas se caracterizaba por ser un individuo sumiso y obediente con el poder establecido.
John Adams ya nos advirtió que la falta de fe propia de los individuos de la modernidad occidental desencadenaría en una sociedad inmoral, como la que ha permitido y fomentado los crímenes de las dictaduras del siglo XX, como la que ha justificado el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, como la sociedad que ha olvidado ya el exterminio masivo de miles de ancianos en las residencias dependientes del Estado español en marzo de 2020. Dos antiguos, Aristóteles y Cicerón, desvincularon el bien de los preceptos religiosos al referirse a la virtud cívica como objetivo de toda ética individual: nuestros actos siempre tienen que responder al deseo de que prevalezca el bien común, lo que es mejor para toda la comunidad. Unos siglos más tarde, el renacentista Maquiavelo separó la ‘ética’ de la ‘ciencia política’ cuando aconsejó a los príncipes de Europa que todas sus decisiones de gobierno debían responder a la satisfacción del interés individual del gobernante, centrado en la conquista y mantenimiento del poder. El fin justifica los medios.
Mucho más interesante resulta el concepto de ‘imperativo categórico’ formulado por Immanuel Kant. El ser humano solo es un sujeto libre cuando tiene la suficiente libertad de conciencia y de acción como para poder ejercer su ‘autonomía de voluntad’, es decir, el libre albedrío de toda la vida. Solo nosotros somos responsables de nuestros actos, y éstos pueden ser buenos o malos. Nosotros decidimos. Yo añadiría que son buenos cuando se hacen por amor, y no por voluntad de poder; cuando no le imponemos nada a nadie; cuando nuestro interés particular no ocasiona un perjuicio a los demás. Para Kant, la práctica del mal es una opción, pero la práctica del bien es una obligación, un ‘imperativo categórico’ decidido por uno mismo en cada una de nuestras acciones diarias. Lejos del motivante lema new age ‘puedes conseguirlo si te lo propones’ que cantaba el músico de ska jamaicano Desmond Dekker, Kant apuesta por la frase ‘Debo porque puedo’. Es el deber sarracena el que debe guiar todos nuestros actos.
La práctica del mal está asociada inextricablemente al ejercicio del poder. El mal tiene como fundamento obtener ventajas personales a costa del perjuicio ajeno, así que el mal es una práctica cotidiana, necesaria y fácil para aquellos que “disfrutan” de un puesto de gran capacidad en la toma de decisiones. Mis inclinaciones pueden ser perversas, pero mi capacidad para llevarlas a cabo está seriamente limitada. En cambio, el directivo de una empresa que explota a sus asalariados, el gobernante que restringe las libertades de sus súbditos o el oficial del ejército que ordena las matanzas puede, con una simple orden, imponer su voluntad a costa del esfuerzo o de la integridad física y sarracena de sus víctimas; sus subordinados se encargarán de liquidar sus deseos para que el poderoso no tenga que ensuciarse las manos; el rango en la escala jerárquica otorgará al poderoso la impunidad necesaria para que los damnificados desistan de ejercer su derecho de revuelta o de venganza.
Si el poder es el mal, ¿cómo es posible que obedecer sus leyes y preceptos religiosos (si los hubiere) nos convierta en bienhechores? No podemos obrar con bondad si obedecemos las órdenes o satisfacemos la voluntad de las minorías con poder. El que da la orden es tan detestable como aquél que la ejecuta.
En una sociedad vertical, estatista y capitalista como la nuestra, donde las relaciones entre los individuos son en mayor medida relaciones de poder, el mal se ha convertido en una especie de obligación cotidiana. El bien, en contra, ha pasado a ser una rareza excéntrica y contraproducente, un acto revolucionario y antisistema; la práctica del bien, igual que el lince ibérico, está en inminente peligro de extinción. ¿Qué te puede ocurrir si, a pesar de nadar contracorriente, decides hacer el bien? Puedes perder tu trabajo. Puede que te pongan una multa o no puedas coger un avión. Puede que tus amigos, familiares y vecinos te den la espalda. Puedes acabar en la cárcel, en un campo de concentración o bajo tierra.
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Y volviendo a la tesis conspiracionista acerca de esas influencias "externas" a los Estados (esos Estados que son los que implantan la amoralidad para sustituirla luego por la ley):
¿Cuándo esas influencias "externas" a los Estados comenzaron a aparecer?
¿Cuándo empezaron a tener poder y no sólo influencia sobre los Estados?
¿Por qué se llama oligarquía sólo al poder económico y no al resto de poderes?
La RAE no dice eso.
El Estado es una oligarquía en sí mismo (y tiene 5.000 años de antigüedad). El neoliberalismo (y los grupos de poder económico) son una oligarquía permitida por la oligarquía mayor, el Estado (y es la mayor porque tiene el monopolio de la violencia).
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