El acento estadounidense de un dirigente de Vox que se dice patriota
Un dirigente de Vox ha puesto incómoda a su propia parroquia por algo que, en teoría, no debería ser polémico: hablar inglés con acento nativo. Espinosa de los Monteros, formado en Estados Unidos y heredero de un marquesado, respondió en un inglés de acento estadounidense cerrado y el gesto —no el idioma— encendió una discusión de fondo sobre qué lenguas debe hablar la clase política española. La pregunta real no es cómo habla. Es por qué eso ofende a los suyos.
De dónde sale ese acento: Chicago, un cónsul y un marquesado
La biografía no tiene misterio. Nacido en Madrid el
3 de enero de 1971, es hijo del empresario Carlos Espinosa de los Monteros y Bernaldo de Quirós,
IV marqués de Valtierra, y de María Eugenia de Simón y Vallarino. El título lo creó
Alfonso XIII en 1907 a favor de un antepasado militar y diplomático. Hay un dato más incómodo para según qué relatos: parte de la familia fue expulsada de España siglos atrás por la persecución cristiana, debido a sus orígenes judíos.
Y hay una clave determinante que suele pasarse por alto. Su padre fue cónsul de España en Chicago y él pasó la infancia y buena parte de su formación en Estados Unidos. Ese itinerario explica el resultado mejor que ninguna teoría sobre el talento. Quien se cría en un entorno anglófono acaba con las vocales de ese entorno, y quien vuelve lo hace con un oído que ya no se desmonta.
De ahí que el reproche no sea técnico sino identitario. No se le discute el acento: se le discute la procedencia del acento.
¿Por qué suena tan raro un español con inglés nativo?
Aquí el asunto se vuelve medible. El español maneja
cinco fonemas vocálicos; el inglés llega a
dieciséis. Esa distancia explica que la mayoría de los hispanohablantes arrastre un acento reconocible durante décadas por mucho que estudie, por muchos cursos que acumule y por mucho que se esfuerce en imitar sonidos que su lengua materna ni siquiera distingue. La consecuencia es sencilla: un acento nativo se convierte en excepción y no en norma.
De ahí la comparación que recorre toda la discusión. El nivel del presidente del Gobierno, puesto al lado, aguanta mal el ejercicio, y hay quien lo dice sin rodeos: este hombre habla inglés mejor de lo que aquel habla español. La frase es exagerada, sí, pero mide bastante bien el cabreo de fondo.
También se cuela el ritmo. Hay quien observa que en inglés va más rápido que en castellano y atribuye el cambio a la comprensión general del idioma entre quienes escuchan. Sea o no cierto, el detalle dice mucho de cómo se mide a un político: no por lo que propone, sino por cómo suena al proponerlo.
El mérito y su reverso: la anglofilia de las élites
Aquí aparece el filo. Una parte sostiene que el nivel es sencillamente el de un mando intermedio de cualquier multinacional, sin heroísmos ni
prestige añadido. Otra responde que ese listón, comparado con el de la clase política autóctona, ya es un récord. Y una tercera corriente levanta la ceja ante el fondo del asunto: la costumbre de las élites de formarse en universidades extranjeras —las de la Ivy League tienen tirón—, empaparse de esa mentalidad y volver identificadas con intereses que no son los de aquí. La simetría no existe, subrayan: no ocurre lo mismo a la inversa.
El argumento tiene miga porque mezcla dos cosas distintas. Una es el dominio de un idioma, que es una herramienta. Otra es la adhesión cultural, que es una elección. Quien confunde ambas acaba discutiendo sobre fonética cuando en realidad discute sobre lealtades, y ahí no hay datos que valgan.
¿De verdad merece aplauso que un político hable idiomas?
Rara vez. Admirar a un dirigente por su acento es tan absurdo como suspenderlo por el mismo motivo, y ese doble rasero se detecta en dos frases seguidas: si no habla inglés, ridículo internacional; si lo habla, quién se cree que es. Con ese manual de instrucciones no hay manera de acertar.
Otra cosa es la utilidad práctica. El inglés abre puertas en química, agricultura, computación o programación, y permite comerciar sin intérpretes con un proveedor checo o un comprador chino. Negar eso es de otro siglo, y quien hoy no lee y escribe inglés con soltura arrastra una desventaja difícil de disimular.
Pero el mismo rasero se aplica mal. Hay quien recuerda que los dirigentes chinos no necesitan un inglés perfecto porque son los demás quienes se esfuerzan en entenderles. Y hay quien aprovecha para reabrir la guerra de las lenguas: si el castellano es el idioma común, ¿por qué se exige aprender las cooficiales y no al revés? El reproche, en ese caso, va contra la propia población antes que contra el político de turno.
Como curiosidad, la conversación deriva en algún momento hacia el doblaje y hacia el sueco de Bergman, con defensores y detractores del idioma original. Cuando un asunto se agota, siempre queda el cine.
Dónde se atasca la discusión
Y aquí se queda, sin resolver. Unos ven en ese inglés la prueba de que el personaje no es
de los nuestros; otros, la prueba de que los nuestros son un desastre. El dato —
cinco fonemas contra dieciséis— es lo único que no admite discusión. Todo lo demás es una pelea sobre qué significa ser patriota, que es exactamente la pelea que llevamos décadas sin cerrar.