El topless de Itziar Castro activa la factura pública de la obesidad
Un pecho descubierto en el Orgullo de Madrid no le cuesta un euro al contribuyente. Lo que sí tiene precio —y alto— es la conversación que se monta detrás. La actriz
Itziar Castro, que se define como «gorda, feminista y lesbiana», protagonizó un topless en el Orgullo en homenaje a Rocío Saiz y lo acompañó de una pregunta:
«¿Por qué dan tanto miedo nuestras tetas?». La respuesta que llegó no hablaba de miedo, sino de salud, de dinero público y de lo que se considera ejemplarizante.
Ahí el asunto deja de ser una anécdota de verbena y se convierte en un problema de cuentas. Porque si algo dejó claro el cruce es que casi nadie discute un cuerpo por lo que es, sino por lo que, según cada cual, representa.
Cuánto cuesta la obesidad al sistema sanitario
El cálculo que más se repite no es estético, es presupuestario. Un participante cita un informe de la
OCDE de 2019 según el cual la obesidad costaría a cada español alrededor de
250 euros al año, cifra que él mismo considera «bastante conservadora», y añade que las asociaciones médicas elevan hasta un
20% el gasto sanitario atribuible a esta causa. Son los dos números que sostienen el argumento más duro: que un cuerpo no se mide solo en la báscula, sino en la nómina de todos.
Conviene separar el dato de la soflama. Que la obesidad tenga un coste agregado para el sistema no imputa nada a una persona concreta. Tratarlo como una factura individual es un salto que se da sin demasiada modestia. Pero el dato, sea exacto o no, es la razón por la que un gesto deja de ser un gesto y pasa a ser un cargo.
Del cuerpo a la conducta: dónde se cruza la línea
Buena parte de las respuestas no atacan la grasa, atacan lo que perciben como un sermón.
«Una cosa es que todos merezcamos el mismo respeto, otra que el trato sea distinto según te comportes», resume una intervención que marca la frontera. El reproche no sería el físico, sino el supuesto mensaje de que cualquier estado del cuerpo es igual de deseable y que no hay nada que corregir. Es un matiz que se pierde entre el ruido.
Ahí está el hueso del asunto. La crítica al activismo se mezcla con la crítica a la persona, y la línea se cruza en cuanto se pasa de discutir una idea a discutir un físico. Una parte de las respuestas deslizó incluso el origen geográfico como arma arrojadiza, un recurso que no aporta nada al fondo y que confirma lo mismo: cuando el argumento se queda corto, se tira de lo fácil.
¿Es dinero público o es solo un escaparate?
El otro eje es la financiación. Hay quien sostiene que buena parte de este activismo vive de subvenciones y de la atención que genera:
«Vive del dinero público. Todo el que distraiga a la población con problemas imaginarios es regado con dinero público». Es una tesis difícil de comprobar con lo que ofrece el propio intercambio, pero explica por qué el enfado no se queda en lo estético. Se discute, en el fondo, quién paga la fiesta y quién decide el guion.
De «wokismo» a factura: el relato que se da por impuesto
Parte del rechazo no va contra la actriz, sino contra una etiqueta: la de un activismo que, según sus críticos, exige aprobación y no solo tolerancia. En ese marco, cualquier gesto se lee como imposición, y la respuesta se vuelve defensiva. Lo que se disputa no es tanto un cuerpo como un derecho: quién puede ocupar el espacio público sin pedir permiso y a qué precio simbólico.
El Amberverse: el caso que se usa como espejo
En medio del cruce aparece un fenómeno que muchos desconocían y que se convirtió en ejemplo recurrente: el
Amberverse, la vida en internet de
Amberlynn Reid, una creadora de contenido de 250 kilos cuyas relaciones y conflictos se siguen como una serie en un circuito propio. Se trae a colación para sostener que lo que aquí se ve como gesto puntual es, en otros entornos, un modo de vida convertido en espectáculo y en negocio.
La analogía es discutible —salta de un país y un contexto a otro— pero funciona como anzuelo: quien quiera comprobar hasta dónde llega el género tiene ahí material para rato.
Rocío Saiz, Azúcar Moreno y el lío de las alianzas
El detalle que más descoloca es que la propia actriz cargara contra
Azúcar Moreno por actuar en el Orgullo y votar al PP, según el comentario que circula y su respuesta pública. Es decir, la misma lógica de coherencia entre lo que uno hace y lo que apoya que se le exige a ella se la exige ella a otros. El reproche de la contradicción es un arma de doble filo, y el rifirrafe lo demuestra sin darse cuenta.
Lo previsible es que la polémica se apague como se encendió, sin que nadie haya movido un solo número de la factura sanitaria. Lo que quizá cambie, con suerte, es la costumbre de responder a un cuerpo con una cifra y a una cifra con un cuerpo. Se puede discutir el gasto y el relato sin pasar por el físico; eso exige más esfuerzo que un titular. No apostaría a que ocurra.