Quién cobra realmente la deuda de EEUU: el 126,3% que nadie explica
En el año fiscal de 2021 el techo de gasto de Estados Unidos se situó en su máximo histórico: alrededor del
126,3% del PIB, según se afirma en el debate. La cifra circula, se repite y nadie la discute. Lo que no aparece por ningún lado es la respuesta a una pregunta elemental: si esa montaña es impagable, ¿quién es el acreedor que la sostiene? ¿Por qué a un particular que debe mil euros le embargan el coche y a la primera potencia mundial no le tocan ni los puertos?
La discusión arranca con esa paradoja y se ramifica hacia territorios que rara vez entran en el mismo artículo: la creación del Banco de Inglaterra, la especulación posterior a Waterloo, la Reserva Federal como entidad privada, el papel moneda chino del siglo VII y la banca veneciana. Todo cabe, porque el objeto de estudio —el dinero— se resiste a cualquier definición cerrada.
Por qué una nación puede vivir con deuda impagable
La explicación más repetida tiene que ver con la condición del dólar como
moneda de reserva mundial. Quien quiera comerciar con cualquier país necesita primero dólares, y eso convierte al billete verde en una suerte de prima de financiación global. Estados Unidos emite, el resto del mundo acumula, y la inflación derivada de esa emisión se reparte entre todos los tenedores. Es el mecanismo que algunos resumen como
el problema lo tiene el banco cuando la cifra es lo bastante grande.
Hay quien añade un segundo factor: la deuda soberana no se paga, se refinancia. Los intereses se cubren, el principal se renueva y la inflación erosiona el valor real del montante mientras el PIB nominal crece. El ciclo funciona mientras la confianza aguante. Cuando el crecimiento se atasca —y la competencia industrial de terceros países aprieta—, el equilibrio se vuelve más frágil.
Quiénes son los acreedores: la pregunta sin respuesta cerrada
Aquí es donde el análisis se divide. Una corriente señala a un puñado de
familias y fondos de inversión —BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity— como tenedores últimos de la deuda a través de carteras institucionales. Otra apunta al propio banco central y a los bancos nacionales, que absorben buena parte de la emisión en cada ronda de compras. Una tercera sostiene que la pregunta está mal planteada: en un sistema fiat, el acreedor y el deudor son la misma cosa vista desde ángulos distintos.
El dato que sí se puede acotar: en el caso español, la deuda pública en manos de no residentes ronda el
40%, mientras el BCE ha llegado a poseer entre el 25% y el 30% en determinados momentos, según datos del Banco de España citados en el debate. El resto se reparte entre bancos nacionales, aseguradoras y otros actores internos. Es un mapa aproximado, no una fotografía exacta.
El dinero que no vale nada y por qué lo aceptamos
La pregunta de fondo es otra: ¿a quién se le ocurrió confiar la riqueza a papelitos de colores? La respuesta canónica pasa por el Estado. El valor del dinero no viene de la confianza espontánea, sino de la
imposición legal: hay que pagar impuestos en esa moneda, y quien no lo hace acaba en el juzgado. La confianza es el efecto, no la causa.
El recorrido histórico es más largo de lo que parece. El papel moneda aparece en China en el siglo VII y no se oficializa hasta el 812. Marco Polo lo describe en el siglo XIII y Occidente tarda siglos en entender el invento. La banca moderna nace en Venecia, y Fibonacci introduce en 1200 los números arábigos y la aritmética mercantil que hacen posible la contabilidad tal y como la conocemos. Sin esa infraestructura matemática, el sistema financiero actual sería impensable.
La deuda como mecanismo de extracción
Una lectura más incómoda sostiene que la deuda no busca devolverse. Busca
extraer recursos reales: casas, tierras, infraestructuras, energía. El dinero sería el instrumento para la plebe; lo que se acumula de verdad son bienes tangibles. Desde esa óptica, la condonación no interesa al acreedor, y el impago se castiga con más deuda o con algo peor.
El corolario es que los impuestos funcionan como una transferencia desde el sector productivo —agricultura, industria, comercio, servicios— hacia el sector extractivo: élites, redes clientelares y compra de paz social. La inflación actúa como el impuesto silencioso que completa el circuito.
El sistema incita al abuso
Queda la pregunta que sobrevuela toda la discusión: ¿es el propio diseño del sistema el que facilita el abuso? La respuesta que se impone es que sí, que las herramientas están puestas para que el que puede aprovecharlas lo haga, y que sanear el tinglado exigiría un consenso político que hoy no existe. La banca de reserva fraccionaria —los bancos prestan más de lo que tienen depositado— está tan aceptada que cualquier alternativa, como el modelo de reserva 100%, suena a ciencia ficción.
Con estos mimbres, la pregunta inicial sigue sin cerrarse. ¿Quién cobra la deuda de Estados Unidos? La respuesta honesta es que nadie lo sabe del todo, y que esa incertidumbre es, probablemente, la característica más estable del sistema.