El recuento de víctimas de la DANA que dejó de sumar
La gestión de las cifras de la catástrofe de Valencia tiene un patrón reconocible: durante los días de emergencia el número de fallecidos y desaparecidos se movió a golpe de goteo y, en más de un tramo, se congeló sin explicación. El dato central es ese. El recuento dejó de publicarse cuando más se necesitaba, y eso abrió la puerta a todo lo demás. Que la cifra real no se estaba contando entera dejó de ser una sospecha y pasó a ser la hipótesis de trabajo de buena parte de los afectados y de los propios equipos sobre el terreno.
No hay consigna única ni una mano negra documentada. Hay algo menos cinematográfico y más difícil de rebatir: un cuello de botella material —pocos buzos, garajes inundados, accesos cortados— que funciona como dosificador natural de las cifras. Los muertos no se cuentan cuando se encuentran, se cuentan cuando alguien puede llegar hasta ellos y certificarlos.
Por qué dejaron de actualizar el número de fallecidos
Lo llamativo no fue el tamaño de la cifra, sino su silencio. Durante una tarde y la mañana siguiente no hubo actualización de fallecidos, y de ahí nació la lectura más repetida: si en 24 horas no aparece ni un cuerpo más, o no se está buscando o no se está diciendo. La queja no venía de un solo sitio. Hubo quien comparó el comportamiento del recuento con el de otras emergencias sanitarias, donde la cifra se refrescaba varias veces al día según convenía al relato. Aquí no. Aquí se paró.
El salto siguiente fue brusco: de una cifra de **160** se pasó de golpe a **202** confirmados. Ese tipo de pelotazo estadístico —nada durante horas y luego un puñado de golpe— es la firma típica del recuento que se administra, no del que se descubre. La cifra que llega en tromba no siempre está ordenada; la que aparece de una en una, sí.
El cuello de botella de los garajes
Aquí está la explicación que menos conspiraciones necesita. En los garajes inundados solo entran buzos, y los buzos no se multiplican por decreto. Con un número limitado de especialistas, los cuerpos que esperan bajo el agua tardan semanas en cuantificarse. No es que se oculten: es que nadie ha llegado todavía. Si se triplicara el operativo de buceo, la cifra afloraría mucho más deprisa. Ese es el punto exacto donde el déficit de medios se convierte en sospecha de censura.
A esto se suma el terreno. Zonas aún encharcadas, sótanos, barro y escombros obligan a ir prácticamente garaje por garaje, y la maquinaria pesada entra con dificultad. La instrucción sobre el mando único y la competencia para dar la cifra —con el juez teniendo que personarse en cada levantamiento— añade una capa burocrática a un escenario que pedía velocidad quirúrgica.
La cifra fantasma de los desaparecidos
El número de desaparecidos es el gran ausente. No hay cifra oficial, y esa ausencia es la que sostiene la indignación. Se filtró, eso sí, que una lista manejada por una cadena de televisión superaba los **800** nombres. Si a esos desaparecidos se les suma el hecho de que, pasados los primeros días, difícilmente aparecería con vida un porcentaje alto de ellos, la proyección se dispara hacia el millar de fallecidos. Nadie lo confirma con documento. Tampoco lo desmiente con datos.
La lógica del sentido común aprieta: en la era del teléfono móvil, un desaparecido que no ha llamado a nadie tras tres días es, con altísima probabilidad, un fallecido que aún no tiene nombre en el listado. Esa ecuación —desaparecidos igual a muertos sin certificar— es la que explica por qué el recuento va tan despacio.
Sin despedida: el veto a ver a los fallecidos
Uno de los puntos que más ha crispado es la decisión de no permitir a las familias ver el cuerpo de los suyos en la morgue. La justificación oficial nunca se ha detallado del todo. El efecto práctico sí: familias enteras privadas de un duelo normal, y un trasiego constante de furgonetas y ambulancias reconvertidas en coches fúnebres que alimenta la sensación de opacidad. Cuando el acceso a los cuerpos se restringe y el acceso a las zonas se limita incluso para quien va a ayudar, la palabra que aparece es una: oscurantismo.
Cuerpos saqueados: la acusación que falta por probar
Circula la versión de que algunos cadáveres han aparecido sin reloj, sin alianzas, sin móvil y sin cartera. Conviene ser preciso: es una acusación repetida entre afectados, no un hecho establecido. Si fuera cierta a gran escala, el silencio sobre los datos sería doblemente grave. Si no, sigue siendo un recordatorio de que la desinformación campa igual de rápido entre el barro que la ayuda. Lo único verificable es que el recuento no ha vuelto a su ritmo y que, **mes y medio** después, siguen apareciendo cuerpos que no mueven la cifra oficial.
Qué puede pasar ahora
Dos caminos. Uno es que la cifra se cierre con retraso, cuando acaben de vaciarse garajes y sótanos, y quede un número alto pero asumible. Otro es que nunca se cierre, porque hay cuerpos enterrados en el barro, arrastrados al mar o simplemente sin nadie que los reclame. En ese escenario, la cifra dejaría de ser un dato para convertirse en una confesión de lo que no se quiso contar.
Con este ritmo, es previsible que el número definitivo no llegue nunca de golpe, sino por goteo, meses después, cuando ya no sea noticia. Si ocurre, la lección será incómoda: la transparencia, en una catástrofe, no se mide por los muertos que se confirman, sino por los que se dejan de confesar.