Españoles en Irlanda: el consejo de no hablar para no ser reconocidos
¿Hasta qué punto un acento delata y expone? La discusión arranca de un consejo que, según se relata, dio la policía irlandesa a un joven español:
no hablar en la calle para no ser identificado como extranjero y evitar agresiones. El dato que se cita es el caso del hijo de Marc Vidal, que estaba en Irlanda cuando ocurrió. La pregunta que sobrevuela el asunto no es menor: ¿de verdad basta con callarse para dejar de ser un objetivo?
La respuesta que da el material es incómoda. No se trata de un episodio aislado ni de una leyenda urbana: se describe un patrón de violencia nocturna en pueblos irlandeses, con peleas en la playa de piedras cuando cierran los pubs, y un festejo veraniego en el que, según un testimonio de intercambio, los chavales salen a la calle a pegar a italianos, portugueses, griegos y españoles. El relato incluye un ingreso hospitalario por pedrada y una pelea de cinco contra veinte.
Cosas de la multiculturalidad, ironiza el material.
¿Por qué se confunde a un español con un magrebí?
El meollo del asunto es el fenotipo. Una parte del material sostiene que para un irlandés un magrebí no es muy distinto de un español, del mismo modo que aquí no se distingue a un alemán de un holandés o a un ecuatoriano de un boliviano. La conclusión que extraen es que, si no hablas, no te reconocen; si hablas, te delatas.
Frente a esa tesis, otra corriente la califica de
leyenda de los años noventa, una mentira repetida para que la población aceptase la inmigración masiva. El argumento es que el idioma y el acento diferencian perfectamente al español del magrebí, y que en inglés el acento es inconfundible. Se añade que la mayoría de españoles no se parecen fenotípicamente a los magrebíes, y que un grupo de españoles es muy distinto de un grupo de marroquíes.
El intercambio sube de tono cuando se discute si los españoles son blancos, morenos o algo intermedio. Aparecen comparaciones con Chenoa, Nuria Roca, Begoña Villacís, Julio Iglesias o Alejandro Sanz, y se llega a una definición que hace fortuna en el material:
aceitunados. Ni morenos, ni marronidos, ni negros. Aceitunados.
El pelo, la piel y el moreno de julio
La discusión deriva hacia la pigmentación. Se afirma que los españoles se broncean con rapidez, mientras que los irlandeses se queman como cangrejos, y se propone una prueba casera: ¿se pondrían morenos en la playa de la Malvarrosa en julio? ¿O saldrían escocidos? El argumento es que la producción rápida de melatonina marca la diferencia.
Se discute también el pelo. Se sostiene que un pelirrojo es atípico en cualquier lugar del planeta, que los porcentajes de pelirrojos son mínimos en todas las poblaciones y que los más altos apenas superan el
10%. Se mencionan picos de entre el
1% y el 3% en el norte de la península ibérica, frente a más del
10% en ciertas zonas de Irlanda y Gran Bretaña. La contraargumentación es que los rasgos no se reducen al color de pelo y que el fenotipo irlandés moreno, tipo Colin Farrell, no es raro.
El material se enreda en si Tucker Carlson es moreno, si Cary Grant, Gregory Peck, George Clooney o Kate Middleton representan el fenotipo anglosajón, y si los españoles son mulatos light. La discusión se vuelve circular y, en algún punto, abiertamente hostil.
El consejo policial y la respuesta social
El origen del consejo es concreto: la policía irlandesa recomendó a un joven español no hablar en público para no ser identificado. No es una medida oficial ni una campaña, sino una advertencia práctica ante un riesgo percibido. El material no aporta estadísticas oficiales de agresiones, solo experiencias personales y relatos de intercambio.
La evolución del asunto en el material es clara: se pasa de la anécdota al diagnóstico social. Se menciona el Brexit como el momento en que muchos españoles emparejados con británicos se dieron de bruces con la realidad. Se afirma que a la clase media acomodada los españoles les hacen gracia, pero que a la chusma no. Y se concluye que el
racismo que la familia de la pareja irlandesa disimulaba ahora se restriega por la cara.
¿Es España un país racista o lo es el resto de Europa?
La conversación gira hacia la comparación con otros países. Se sostiene que los únicos europeos que comparan a magrebíes con españoles son los españoles de izquierdas, y que los europeos con años de convivencia multicultural distinguen perfectamente a un mediterráneo europeo por la forma de vestir y de comportarse. Se añade que en Francia saben perfectamente la diferencia.
Otra corriente sostiene que el peligro en Europa es el mismo que dentro de España, y que el riesgo real no viene de los ultras, sino de la delincuencia común. Se menciona el caso de un hombre al que dejaron malherido por parecer sirio o afgano. El material no cierra el asunto: se queda en la tensión entre quienes creen que el problema es el racismo europeo y quienes creen que es la inmigración.
Al final, la discusión no resuelve nada. Unos dicen que basta con callarse; otros, que el acento no engaña a nadie. Y entre medias, un consejo policial que suena a rendición:
no hables, que te reconocen.